El aire del amanecer en el campamento se sentía distinto, cargado de anticipación y una tensa calma antes de la batalla. Aelina apareció en el punto exacto donde Marieth había marcado, su llegada silenciosa y sin acompañantes. El eco de la noche anterior aún palpitaba en su pecho, la última celebración de un pueblo que había sufrido demasiado.
A su alrededor, las banderas de los cuatro palacios ondeaban suavemente con la brisa matutina. Los campamentos ya estaban establecidos, con grandes tiendas de tela reforzada y pequeños fuegos encendidos para mantener el calor. Todos habían llegado dos noches antes, preparándose para el enfrentamiento final, pero ella… ella llegaba sola.
Apenas había movimiento a esa hora. Los vigilantes, envueltos en capas oscuras, fueron los primeros en notar su presencia. Se acercaron con cautela, observándola con desconfianza.
—Emisaria de Palacio Oscuro —dijo uno de ellos, con una leve reverencia. —¿Dónde está su comitiva?
Aelina sonrió con suavidad, ocultando el peso de su decisión detrás de una mirada tranquila.
—No quise interrumpir la celebración en Palacio Oscuro —respondió simplemente.
Antes de que pudieran insistir, una figura se acercó con paso firme. El Príncipe de Luz.
Aelina parpadeó con sorpresa al ver que no venía solo. A su lado estaba Elandor.
Su mentor. Su guía. Su constante en todo este viaje.
Al llegar a ella, Elandor no dudó en estrecharla entre sus brazos, transmitiéndole un calor y una seguridad que no sabía cuánto necesitaba hasta ese momento.
—Estoy orgulloso de ti, Aelina —murmuró contra su cabello. —Sé lo que has sacrificado, lo que has dejado atrás… pero aún no puedes derrumbarte. Mantente fuerte.
Aelina sintió cómo su cuerpo cedía un poco en ese abrazo. Toda la adrenalina de la noche anterior, toda la emoción contenida, la alegría fugaz, comenzaron a disiparse en su interior, dejando solo el miedo latente.
Elandor se apartó suavemente, sin soltar del todo su hombro, como si supiera que aún necesitaba apoyo.
El Príncipe de Luz, con su postura imponente y su mirada aguda, sacó algo de su cinturón y lo extendió hacia ella.
Era una daga plateada, con el emblema de su palacio grabado en el mango. Cuatro piedras incrustadas en su superficie brillaban con la luz tenue del amanecer, representando a cada uno de los palacios.
—Este es el objeto más sagrado de Palacio de Luz —dijo con solemnidad. —Y te lo entrego libremente, en nombre de mi reino, para que cumplas tu misión. Espero que cuando todo esto termine, puedas regresármelo personalmente.
Aelina tomó la daga con delicadeza, sintiendo el peso de su significado. Pero Elander y ella sabían que ese reencuentro era poco probable.
Su mirada se deslizó hacia Elandor, quien, en su silencio, compartía su conocimiento sobre el destino que la aguardaba.
El Príncipe de Luz notó el intercambio, su ceño se frunció levemente, pero no preguntó nada.
—¿Aún consideras a Vaelkar como un amigo? —preguntó de repente Aelina.
El príncipe endureció su expresión, meditando su respuesta.
—No lo sé —admitió. —Las pruebas apuntan a que sus acciones fueron las que condenaron a Zalther y ahora… ni siquiera sabemos dónde está.
Aelina sostuvo la daga con fuerza y, con un tono tranquilo pero seguro, respondió:
—Si ganamos esta batalla, si Lumirion sobrevive, aún podrías continuar el plan que tenías con Zalther. Podrías conocer a Vaelkar y juzgarlo tú mismo.
El príncipe la observó, entrecerrando los ojos.
—¿Cómo sabes sobre Zalther?
Aelina solo sonrió, encogiéndose de hombros.
—Eso no importa. Lo que importa es lo que decidas hacer después de hoy.
Él no respondió de inmediato. Su mirada se perdió en la lejanía, como si intentara resolver un dilema que llevaba demasiado tiempo en su corazón.
Pero al final, rompió el silencio con una sonrisa irónica.
—Vaelkar no te merece. Zalther habría sido mejor para ti.
Aelina se sorprendió por el comentario y estuvo a punto de responder, pero él continuó hablando.
—¿Sabías que en Lumirion, los gemelos son vistos como una historia trágica? —preguntó. —Al compartir alma, solo hay una pareja de alma para ambos. Pero incluso en eso, Vaelkar tuvo suerte… Zalther nunca tuvo oportunidad de conocerte y de luchar por ti.
El destino de los tres ya estaba marcado desde el inicio.
Aelina no dijo nada. Había aprendido que ciertas verdades no necesitaban ser dichas en voz alta.
El príncipe se despidió de ella con un leve asentimiento y se alejó, dejando solo el eco de sus palabras.
Elandor esperó a que él desapareciera entre las tiendas antes de sugerir:
—Deberías descansar.
—No tengo campamento —respondió con una sonrisa cansada.
Elandor no pareció sorprendido.
—Entonces descansa aquí.