Lumirion

Capítulo 27: Sombras en la noche

El sonido de la puerta cerrándose detrás de Aelina resonó en los pensamientos de Vaelkar mientras descendía los escalones de su palacio. Algo no estaba bien.

No debía sentirse así.

Había hecho lo correcto al rechazarla. No quería usarla, no sin estar seguro de lo que sentía. La respetaba demasiado como para dejarse llevar por el deseo sin amor de por medio. Y sin embargo…

El peso en su pecho no desaparecía.

El aire frío de la noche acarició su piel mientras caminaba en dirección al palacio, intentando sacudirse la inquietud que lo invadía. Algo no cuadraba.

Aelina se había mostrado herida, pero también lo estaba él.

No entendía por qué.

¿Por qué sentía que algo se le escapaba?

Los adoquines oscuros del camino brillaban tenuemente bajo la luz de la luna. A lo lejos, las antorchas del palacio iluminaban los jardines de la nobleza, pero Vaelkar apenas les prestaba atención. Todo en su mente giraba en torno a Aelina.

¿Desde cuándo se había convertido en el centro de sus pensamientos?

Mientras intentaba ordenar sus ideas, una figura familiar apareció a su lado. Galdrek.

El guerrero caminó junto a él en silencio durante unos minutos antes de hablar.

—No pareces de buen humor. —Vaelkar gruñó.

—No lo estoy.

Galdrek, siempre observador, no presionó más. Sin embargo, la duda carcomía la mente de Vaelkar y antes de que pudiera detenerse, dejó escapar la pregunta que lo atormentaba.

—Galdrek… como mi amigo, dime algo.

El guerrero lo miró con curiosidad.

—Dime qué ves cuando miras a Aelina y a mí.

Galdrek arqueó una ceja, sorprendido por la pregunta.

—¿Hablas en serio?

—Lo estoy. No sé qué pensar. Dime qué ves desde tu perspectiva.

Galdrek suspiró y cruzó los brazos.

—Lo haré, pero entiéndeme bien. Esto te lo diré como tu amigo, no como tu subordinado.

Vaelkar asintió y Galdrek comenzó a hablar.

—Cuando Aelina llegó a Palacio Oscuro, tú y yo nos mostrábamos recelosos. No confiábamos en que una niña pudiera hacer algo con la maldición.

Vaelkar recordó esa sensación. La primera vez que la vio, le pareció tan frágil, tan pequeña.

—Pero poco a poco nos demostró lo contrario —continuó Galdrek. —Yo lo acepté antes que tú, pero tú tardaste más. Te resististe a abrirle un lugar en tu círculo.

Vaelkar recordó cómo, al principio, había intentado ignorarla.

Había intentado mantener la distancia.

—Cuando supimos que tenía solo dieciséis años, te enojaste.

Vaelkar asintió.

—Por supuesto que me enojé. Nunca se supone que las emisarias sean menores de dieciocho. Si contaminan su energía antes de alcanzar su máximo potencial mágico, nunca llegan a desarrollarse completamente.

Ese era el conocimiento básico sobre hechiceros y brujas.

—Exacto —respondió Galdrek. —Y sin embargo, ella ha logrado más que cualquier emisaria antes que ella.

Vaelkar apretó la mandíbula.

—¿A dónde quieres llegar con esto?

—A que la atracción que sientes por ella te asustó tanto, que te alejaste.

Vaelkar se detuvo en seco.

—No digas tonterías.

Galdrek sonrió con burla.

—No son tonterías. Te conozco demasiado bien.

Vaelkar entrecerró los ojos.

—Si ese fuera el caso, ¿por qué la rechacé?

—Porque eres un idiota honorable.

Vaelkar gruñó.

—Si no estuviera tan confundido, te rompería la cara por eso.

Galdrek soltó una carcajada, pero su expresión pronto se volvió seria.

—Cuando llegó Aelina, tú cambiaste. Te volviste más accesible, menos… cerrado. La conexión que formaste con ella no la habías tenido con nadie más, ni siquiera con la princesa de Luz.

Vaelkar apretó los puños.

Hablar de la princesa de Luz le daba un sabor amargo en la boca.

Galdrek continuó.

—Estoy seguro de que la amabas. Más de lo que ella te amaba a ti.

Vaelkar sintió un nudo en el estómago.

—¿Y qué cambió?

El silencio que se formó entre ambos fue sofocante.

—Desapareció —dijo Galdrek finalmente. —Cuando estuvo en Palacio Naturaleza, algo cambió en ti. Pensé que era la poción que te dieron, pero no ha desaparecido con el tiempo. Ya no la miras con la misma intensidad.

Vaelkar sintió su estómago caer.

No recordaba mirarla así.

No recordaba sentir lo que Galdrek describía.




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