El domo que los separaba del caos era imponente, una barrera translúcida que pulsaba con energía oscura, retorciéndose como si fuera un ente vivo. Apenas lo cruzaron, una oleada de energía densa y pesada cayó sobre ellos, haciéndolos estremecer.
Aelina sintió su estómago revolverse. El aire estaba impregnado de maldad.
El suelo bajo sus pies parecía temblar, las sombras se alargaban de forma antinatural y la naturaleza misma se deformaba como si estuviera viva.
—Tenemos que avanzar rápido. —La voz de Selene rompió el silencio, su tono era urgente. —Si nos quedamos demasiado tiempo, esta energía podría contaminarnos.
Aelina asintió. Sabía que lo que Selene decía era cierto. El caos no solo destruía, también se infiltraba en la mente y el alma, deformando la voluntad.
Los siete se pusieron en marcha, avanzando con cautela.
Los primeros minutos fueron un infierno.
Los árboles parecían moverse, las raíces brotaban del suelo atrapando sus tobillos, enredaderas espinosas intentaban sofocarlos. Era como si la propia tierra no quisiera dejarlos pasar.
Marieth, con su afinidad por la naturaleza, intentó hablar con el bosque, pero la corrupción era demasiado profunda.
—Ya no hay consciencia en estas plantas —susurró con tristeza. —Solo caos.
Entonces, un árbol gigantesco se interpuso en su camino.
Sus ramas eran negras como la obsidiana y se agitaban como látigos. Sus raíces se alzaron del suelo, formando un muro viviente que les impedía avanzar. Los observaba con un ojo carmesí incrustado en el tronco.
Elyra y su mago, Daerion, intercambiaron una mirada.
—Nosotros nos quedamos.
Aelina se giró con alarma.
—No, Elyra, debemos seguir juntos.
—Si no lo detenemos, no podrán avanzar. —La voz de Elyra era firme, pero tranquila. —Haremos que esto cuente.
Aelina sintió un nudo en la garganta, pero sabía que tenía razón.
Con un último vistazo, todos canalizaron su magia para abrir un camino entre las raíces.
Elyra y Daerion se quedaron atrás.
—Nos alcanzarán —dijo Selene, como si lo estuviera afirmando para convencerse a sí misma.
Aelina guardó silencio, pero su pecho se oprimía.
No había garantías.
Siguieron avanzando.
El tiempo dejó de tener sentido.
La colina no debía ser tan extensa, pero parecía infinita.
Cada vez que miraban hacia arriba, la cima se alejaba.
Algo estaba mal.
—Estamos atrapados en un bucle.
Los demás se giraron hacia Aelina.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo siento. —Aelina sacó una de sus pociones y la sostuvo entre sus manos. —La magia aquí nos está reteniendo.
Concentrándose, conjuró un sello en el suelo. El círculo brilló en un dorado tenue antes de teñirse de rojo.
Aelina contuvo el aliento. ¿Rojo?
Antes de que pudiera cuestionarlo, el aire a su alrededor vibró.
Un velo invisible cayó frente a ellos, como un cristal que se rompía en pedazos.
Un nuevo camino apareció.
Marieth exhaló con alivio.
—Gracias por notarlo. —Su rostro se veía más pálido. —Ya habíamos perdido demasiado tiempo.
Aelina notó que todos se veían agotados.
La magia del caos se alimentaba de ellos, drenando su energía.
Pero no podían detenerse.
El siguiente ataque llegó sin advertencia.
Un rugido desgarró el aire y una horda de Treiks corrompidos descendió sobre ellos.
Sus ojos estaban inyectados de un rojo incandescente y de sus bocas caía baba negra.
Los Treik demoníacos se lanzaron al ataque.
Todos se dispersaron y combatieron con lo que les quedaba de energía.
Rayos de magia impactaron contra las bestias, mientras el caos rugía a su alrededor.
Pero la batalla estaba desgastándolos.
Aelina vio que uno de los Treiks se deslizó por la retaguardia.
—¡Marieth, cuidado!
Era demasiado tarde.
El Treik saltó sobre Marieth, sus garras atravesaron su pierna.
Un grito de dolor se escapó de los labios de la emisaria.
—¡NO!
Lucien y Selene eliminaron al Treik de inmediato, pero la herida ya estaba hecha.
Aelina corrió hasta ella, sacando una poción.
—Bebe esto.
Marieth la tomó, con el rostro retorcido de dolor.
—Tardará en hacer efecto… —murmuró, sintiendo la energía oscura impidiéndole sanar rápido.