Las lunas habían pasado, pero Vaelkar no podía sentir paz.
Desde el día en que Aelina y los demás entraron en el domo, él había estado esperando. Tres lunas enteras.
Cada día observaba el cielo, esperando una señal. Cada noche escuchaba el silencio, temiendo lo peor.
Los otros palacios intentaban mantener el ánimo alto, pero su instinto le decía que algo estaba mal.
Y entonces, al tercer día, la explosión sacudió todo Lumirion.
Un destello de energía recorrió el cielo como un relámpago dorado y el suelo tembló con una intensidad abrumadora. El impacto fue tan fuerte que arrasó con los campamentos cercanos y derribó árboles enteros.
Vaelkar se mantuvo firme, su mirada clavada en el domo.
Algo estaba cambiando.
Las tinieblas que cubrían la colina comenzaron a disiparse. La tierra marchita reverdecía a un ritmo imposible.
Podía sentirlo.
Después de años de vacío, la energía de Lumirion volvía a fluir.
La maldición había sido derrotada.
Un grito de júbilo estalló entre los presentes. Los habitantes de Lumirion se abrazaban entre lágrimas de felicidad, sabiendo que su mundo había sido salvado.
Pero Vaelkar no se movió.
Apretó los puños, su corazón golpeaba contra su pecho. Galdrek se acercó con el rostro tenso.
—¿Aún no puedes sentirla?
Vaelkar negó con la cabeza.
El domo seguía intacto, impidiéndoles entrar. Los señores de los palacios intentaron abrirlo, pero el hechizo que lo protegía se mantenía firme.
El tiempo pasaba.
Y nadie salía.
La alegría inicial fue reemplazada por inquietud. Cada minuto que pasaba, el miedo se hacía más grande.
Entonces, cuando el sol comenzaba a descender en el horizonte, una silueta apareció en la entrada del domo.
Las personas contuvieron el aliento. Un grupo emergió del interior.
Cuando cruzaron la barrera, el júbilo se convirtió en silencio.
Lucien caminaba al frente, cargando a alguien en sus brazos.
Vaelkar sintió su estómago caer al ver la manta blanca manchada de sangre. Algo dentro de él se quebró.
Aelina no estaba con ellos.
No. Ella estaba ahí.
Pero no como él esperaba.
Con pasos lentos y pesados, Vaelkar se acercó a Lucien.
Sus manos temblaban cuando descubrió la manta de su rostro.
Dormía.
Eso quería decirse a sí mismo.
Dormía.
Pero su piel estaba fría.
Vaelkar intentó contactarla mentalmente, pero no encontró la conexión.
El vacío fue devastador. Era como si ella nunca hubiera existido en su mente.
Vaelkar sintió que su cuerpo no pesaba, pero el de Aelina sí.
Ella siempre había sido ligera, casi etérea en su caminar, como si la gravedad de Lumirion no tuviera el mismo efecto sobre ella que sobre los demás. Pero ahora, en sus brazos, se sentía más pesada que cualquier cosa que hubiera cargado jamás.
No, no era su peso real.
Era el peso del vacío que dejaba en él.
Tomó su cuerpo en brazos con desesperación, aferrándola como si así pudiera devolverle la vida.
Mientras caminaba hacia el campamento, su respiración era errática, su corazón golpeaba contra su pecho con una fuerza que casi dolía. Algo dentro de él se resistía a aceptar lo que sus ojos veían.
No podía ser.
No ella.
Se aferró a la mínima posibilidad, a la esperanza absurda de que tal vez… solo estaba inconsciente.
—Aelina… —su voz sonó rota, áspera, más un susurro que un llamado.
Ella no respondió.
—¿Qué estás haciendo?
Su tono intentó ser firme, pero se quebró en la última sílaba. Nunca había temido una respuesta silenciosa.
El aire frío de la noche se sentía más cortante contra su piel. Aelina estaba helada.
La sacudió ligeramente.
—Vamos, despierta…
Nada.
—No hagas esto.
Su mandíbula se tensó, su garganta ardía. El silencio de Aelina se sintió como un golpe directo a su pecho.
Los pasos de quienes lo rodeaban eran pesados y torpes. Nadie se atrevía a hablar. El aire estaba cargado de tensión y pena contenida.
Cuando llegó al campamento, no pudo soltarla.
La sostuvo contra su cuerpo unos segundos más, con la esperanza de sentir siquiera un latido, un soplo de vida.
Pero no encontró nada.
Nada.