Luna Carmesí

Capítulo 2: Entre la Vida y el Infierno

Sin perder un solo segundo, el Maestro del Gremio se agachó y cargó el cuerpo inerte y ensangrentado del joven sobre su espalda.

—¡Corramos! —ordenó con rotundidad, echándose a andar a toda prisa entre las ruinas.

La joven alquimista, apretando el paso a su lado con una mezcla de desconcierto y leve preocupación, lo miró fijamente.

—Maestro... ¿por qué corres? Está muerto —dijo ella, forzando una sonrisa helada que traicionaba la inquietud en su mirada—. Como alquimista, conozco los límites de la carne. La cantidad de sangre derramada y esa profunda incisión directo en el corazón hacen que cualquier intento sea científicamente imposible.

—¡Solo corre! —la interrumpió el hombre, acelerando la zancada sin soltar al muchacho—. Tengo el firme presentimiento de que aún no todo está perdido.

El Estruendo en el Roble Sonriente

Tras varios minutos de una carrera desenfrenada que los dejó casi sin aliento, las masivas puertas de madera reforzada del gran gremio Roble Sonriente fueron abiertas de golpe. El impacto resonó como un trueno en el vestíbulo principal.

Las conversaciones, risas y cánticos del lugar murieron al instante. Decenas de aventureros, alquimistas y sanadores se giraron, horrorizados. El pánico se apoderó de la sala al ver a su imponente y legendario Maestro —siempre invencible e impoluto— repleto de sangre de pies a cabeza. Era la primera vez en la historia que lo contemplaban en semejantes condiciones.

El silencio resultaba sepulcral; nadie sabía cómo reaccionar ante semejante pesadilla.

Fue entonces cuando la voz del Maestro rasgó la quietud en un grito imperioso:

—¡Necesito a todos los alquimistas y sanadores del gremio ahora mismo! Serán recompensados generosamente por sus servicios. ¡Síganme!

Treinta Horas de Agonía

El Maestro avanzó irrumpiendo en la sala médica más cercana y depositó con cuidado el cuerpo del joven sobre la mesa central. Antes de salir, se giró hacia la joven alquimista, apretando su hombro firmemente mientras le susurraba al oído con una intensidad desesperada:

—Por lo que más quieras... si es necesario, tráelo de vuelta de la mismísima muerte. Baja al mismísimo infierno si hace falta, pero no dejes que se vaya. Él es nuestra única esperanza.

Ella lo miró con sus profundos ojos verde esmeralda, estupefacta.

—¿Qué tiene de especial este sujeto para que me pidas un imposible, Maestro? —murmuró.

Sin esperar respuesta, se recogió el cabello castaño en un moño improvisado y asumió el mando. Un grupo de veinte personas, entre médicos y eruditos de la alquimia, desplegaron todos los recursos, pócimas, sellos y ungüentos a su alcance.

Pasaron veinte horas. Tras un despliegue sobrehumano, lograron suturar y regenerar las heridas mortales, pero el joven no daba señal alguna de conciencia. El esfuerzo místico y físico comenzó a cobrar factura; uno a uno, los sanadores fueron cayendo abatidos por el agotamiento extremo hasta que la sala quedó en penumbras, reducida a solo tres personas.

Treinta horas después del ingreso, la causa se dio por perdida. Todos abandonaron la habitación, dejando a la joven alquimista sola en pie, al borde del colapso total.

Con los brazos temblorosos y la visión borrosa tras haber agotado hasta la última gota de su energía, se tambaleó a punto de caer sobre el suelo helado. Pero justo cuando la oscuridad amenazaba con cubrirla, un pulso imperceptible rompió el silencio.

Tik... tak...

Era un sonido tan leve, tan insignificante, que en su aturdimiento pensó que se trataba de una alucinación provocada por el cansancio. Presa de la extenuación, sus rodillas cedieron finalmente. Antes de perder el conocimiento al lado de la camilla, susurró en un último aliento:

—Te he fallado... Maestro...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.