Luna: Escritura de Pesadilla

Historia 17: El Titiritero

La Biblioteca recuperaba lentamente su aspecto habitual. Bueno… más o menos. Después del desastre que Luna había prometido ordenar y convenientemente olvidar durante dos días enteros, los pasillos volvían a estar despejados, aunque todavía quedaban rincones donde se amontonaban libros que parecían haber intentado escapar.

Luna caminaba con las manos detrás de la espalda, la cabeza ladeada como si estuviera juzgando la existencia de cada estante, mientras Haruka avanzaba a su lado sosteniendo una lista que cada vez parecía más condenada a la inutilidad.

—A ver… —leyó Haruka—. ¿Qué tal El hombre que nunca pudo mentir?

—Aburrido —respondió Luna sin apartar la vista de los lomos.

—La mujer que vivió mil años.

—Demasiado llanto y poca acción.

—El rey sin reino.

—Ya tenemos demasiados reyes quejándose por aquí.

Haruka bajó la hoja y la miró.

—Luna, llevamos media hora.

—Las buenas historias no se encuentran de prisa, se merecen —dijo ella con la seriedad de quien proclama una ley universal.

—Eso dijiste hace media hora.

—¡Porque sigue siendo verdad! —afirmó, indignada, como si la lógica misma estuviera de su lado.

Unos metros más atrás, el Lector recorría su propio tramo de estanterías, en silencio. A su lado, el Libro Viejo leía títulos en voz alta con la paciencia de quien ha visto pasar siglos.

—El último sueño del emperador.

El Lector negó con la cabeza.

—La mujer que perdió su sombra.

Otra negación.

—El niño que jamás envejeció.

El Lector volvió a menear la cabeza.

El Libro Nuevo asomó por encima del hombro del Viejo, con esa expresión de resignación que empezaba a formar parte de su cara.

—¿En serio estamos haciendo esto otra vez?

—Estamos buscando una historia —respondió el Viejo, sin levantar la vista.

—Ya lo sé.

—Entonces no veo el problema.

Nuevo señaló los estantes interminables.

—El problema es que la señorita Luna tiene tantos condenados que me pregunto cómo queda espacio para los libros normales. ¿Acaso la mitad de la Biblioteca es un registro de castigos?

Desde una escalera cercana, la voz de Luna bajó hasta ellos:

—Probablemente tenemos un escritor con mucha imaginación.

Los tres levantaron la vista. Luna estaba subida en lo alto de una escalera de madera, inclinada tan peligrosamente hacia un lado que parecía sostener el equilibrio solo por pura terquedad, sacando un libro, mirándolo y devolviéndolo como si le hubiera ofendido.

—¿Probablemente? —repitió Nuevo, escéptico.

—Sí —dijo ella, sacando otro volumen y frunciendo el ceño antes de volver a colocarlo—. Aunque quizá también tenga un poquito de problemas.

Haruka levantó una ceja.

—¿Un poquito?

Luna bajó la mirada desde lo alto.

—Bueno… bastante.

—Probablemente también sea un poco psicópata —soltó Haruka.

Luna se quedó quieta un instante.

—…

Miró hacia abajo.

—Eso ha sido innecesario.

—¿He mentido?

Luna volvió a mirar los lomos de los libros.

—No.

—Entonces.

—Pero podrías haber dicho perturbadoramente creativo.

—Eso es la forma elegante de decir lo mismo.

—¡Exactamente! —sonrió como si hubieran llegado a un acuerdo.

Nuevo miró al Viejo.

—¿Ven? ¡Eso es lo que digo! ¡Lo disfruta!

—La capacidad de imaginar un castigo no implica necesariamente disfrutarlo —explicó el Viejo con calma.

—¡Ella sí parece disfrutarlo! —insistió Nuevo.

Luna asomó la cabeza por encima del borde de la escalera.

—¡Yo no disfruto el sufrimiento ajeno! —dijo, ofendida.

Todos la miraron.

Luna sonrió.

—Disfruto que tenga sentido.

Haruka suspiró, pero esta vez con un rastro de sonrisa.

—Mucho mejor.

—Además, no es tan sencillo —continuó Luna, bajando un par de escalones—. No quiero simplemente mostrar a alguien sufriendo porque sí. Cualquiera puede inventar dolor sin motivo. Eso no tiene gracia, ni enseñanza, ni nada. Quiero algo que tenga lógica. Algo que diga: hiciste esto, y por eso ahora estás aquí.

Se detuvo en un escalón intermedio, apoyando la barbilla en la mano.

—Un castigo sin propósito es solo crueldad. Y yo… —hizo una mueca de fingida modestia— yo soy mucho más elegante que eso.

—Ahí lo dijo —murmuró Nuevo.

—Quiero que la persona termine entendiendo por sí misma por qué está donde está —continuó ella—. Que descubra su propia culpa antes de que se la muestren. Eso duele más, ¿verdad?

Nuevo tragó saliva.

—Eso suena peor que el fuego eterno.

Luna sonrió con dulzura peligrosa.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo tomaré como uno.

Volvió a subir y a recorrer los estantes.

—Y tampoco soy como esos demonios que los mortales inventan, todo llamas y cuernos. Qué falta de imaginación.

—¿Ah, no? —preguntó Haruka.

—No. Siempre lo mismo: fuego eterno, cadenas, tronos de huesos, lagos de sangre… —los enumeraba con los dedos, con cara de aburrimiento—. Muy teatral, muy vistoso, pero tan… exagerado. Como si el dolor necesitara decoración.

—Estás criticando a los demonios por tener mal gusto estético —concluyó Haruka.

—¡Claro que sí! —bajó otro escalón—. Yo prefiero algo más sencillo. Algo que no se pueda mirar y decir “qué bonito infierno”. Algo que se mire y se diga “eso podría pasarme a mí”.

Sonrió, y esta vez no había nada inocente en esa sonrisa.

—Que la persona se dé cuenta de que se ha construido su propia prisión ladrillo a ladrillo. Eso no se apaga. No se rompe. Se queda ahí, doliendo para siempre.

Nuevo se cruzó de brazos, incómodo.

—De verdad suenas mucho más aterradora que ellos.

—Es porque no uso disfraz —encogió los hombros—. Menos fuego, más verdad. Así duele de verdad.

Siguió buscando. Libro tras libro, estante tras estante, hasta que su dedo se detuvo sobre un volumen de cubierta oscura, sin adornos, sin títulos brillantes. No llamaba la atención… y precisamente por eso lo hizo.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 20.10.2026

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