Luna: Escritura de Pesadilla

Una invitación que debió quedarse en el sobre

La Biblioteca estaba tranquila.

Entre las interminables estanterías, el suave sonido de las páginas al pasar era prácticamente lo único que rompía el silencio.

Luna estaba sentada sobre el borde de un enorme mostrador de madera, moviendo los pies hacia delante y hacia atrás mientras leía un libro. De vez en cuando soltaba una risita breve, de esas que suenan cuando ves algo terriblemente gracioso porque le ocurre a alguien más.

Alrededor de su cuello descansaba Samla, la serpiente negra, con la cabeza apoyada sobre su hombro. Parecía la única allí que no tenía motivos para estar nerviosa.

A poca distancia, el Lector estaba sentado en una silla, con un libro entre las manos. A ambos lados, el Libro Viejo y el Libro Nuevo lo observaban, igual de absortos en la lectura.

—Vaya... —murmuró el Nuevo—. ¿Otra batalla?

El Viejo asintió lentamente.

—El héroe ha vivido muchas vidas. Sería extraño que su historia no estuviera llena de ellas.

El Nuevo frunció el ceño.

—Ya ha salvado el mundo... ¿cuántas veces necesita hacerlo para sentirse realizado?

—No lo hace por sentirse realizado —respondió el Viejo—. Lo hace porque hay gente que necesita que lo haga.

—Bueno... —el Nuevo hizo una mueca—. Suena agotador. Y además, ¿doce guerreras dispuestas a enfrentarse por él? ¿De verdad alguien inspira tanta devoción?

El Viejo lo miró de reojo.

—Tal vez porque salvó sus vidas.

El Nuevo se quedó callado.

—Bueno... eso explicaría algunas cosas.

A unos metros de ellos, Luna pasó otra página.

—Je... Qué enternecedor. Doce dispuestas a perderlo todo por alguien que ya no tiene nada que dar. —Sonrió con dulzura afilada—. Eso duele de una forma tan deliciosa.

Samla levantó la cabeza, curiosa. Luna le acarició suavemente la frente.

—Tranquila. Alguien va a romper corazones antes de que termine la historia. Ya lo verás.

Todo transcurría con normalidad. Hasta que unos pasos se escucharon por uno de los pasillos.

Haruka apareció caminando tranquilamente. Llevaba un sobre de papel blanco con bordes dorados y un sello que parecía contener una constelación entera. Su expresión era la misma de siempre: serena. Aunque el Libro Viejo tuvo la impresión de que esa calma no sobreviviría mucho tiempo.

Se detuvo frente a Luna.

—Luna.

—¿Mmm? —La niña no levantó la vista de su libro.

—Ha llegado otra invitación.

—Qué bien. Ponla con las demás.

—Es para la asamblea de los dioses.

Los pies de Luna siguieron balanceándose.

—Ajá. Que se diviertan sin mí.

Haruka esperó. Luna siguió leyendo. Finalmente la mujer suspiró.

—¿Ni siquiera vas a preguntar qué dicen?

—Ya sé lo que dicen —Luna hizo un gesto vago con la mano—. "Sería un inmenso honor contar con tu presencia", "tu sabiduría es indispensable", "los cielos enteros llorarían si faltaras"... —Soltó una risita seca—. Siempre escriben lo mismo. Como si no supieran que yo sé exactamente que lo único que quieren es que me quede muy, muy lejos.

—¿Y aun así te invitan?

—Por cortesía —cerró el libro con un golpe suave—. Porque si no invitan, parecería que les importo lo suficiente como para excluirme. Y eso sería reconocer que piensan en mí. ¡Qué horror!

—¿Y qué hago con ella?

—Lo mismo que con todas las anteriores.

—¿Tirarla?

—Exacto. Al montón de las "indispensables". Allí se llevan muy bien.

El Libro Nuevo inclinó la cabeza.

—¿No es extraño que la que sostiene todas las historias no tenga tiempo para una reunión de dioses?

—No es extraño —dijo el Viejo—. Es Luna.

—Cierto. Nadie la tolera tanto como para quererla sentada tres días seguidos.

Haruka cerró los ojos y respiró hondo. Luego volvió a mirar a la niña.

—Al menos deberías considerarlo.

Luna levantó la vista, con una ceja arqueada.

—¿Considerar pasar días escuchando a seres que crearon un océano y se lo pasan presumiéndolo cada mil años? —Hizo una mueca de asco fingido—. No, gracias. Ya tengo suficientes narcisos en mis estantes.

—Sabes que no es solo eso.

—Haruka, recuerda lo de la última vez. —Luna se inclinó hacia adelante con una sonrisa peligrosa—. ¿Recuerdas cómo terminó el dios que se puso a dar un discurso sobre su perfección durante siete horas seguidas?

Haruka guardó silencio.

—Exacto. Ahora es un libro. Y bastante entretenido, por cierto. Tiene un final inesperado.

—Él no era perfecto —dijo Haruka—. Y además, juraron que olvidarían lo ocurrido.

—Los dioses juran muchas cosas. Principalmente cuando tienen miedo de que los conviertas en literatura. —Luna se recostó sobre sus manos—. Tres dejaron de hablarme durante ochenta años. Uno cambió su nombre y su reino entero para que no lo encontrara. Y el organizador... bueno, creo que todavía tiene pesadillas.

—Eso fue hace un siglo.

—Cien años. Lo suficiente para que se les pase el susto y lo bastante poco para que no se les olvide quién les hizo callar. —Luna sonrió—. El equilibrio perfecto.

Haruka miró el sobre.

—Creo que esta vez deberías ir.

—¿Por qué? ¿Falta alguien a quien convertir?

—Porque han pasado cien años. Y porque sería bueno que vieran que sigues aquí.

—¿Tienen tan mala memoria?

—Porque necesitan recordar que no pueden ignorarte para siempre.

Luna la miró fijamente. Luego entrecerró los ojos.

—Estás pidiéndomelo de verdad.

—Sí.

—¿Y sabes que no puedo decirte que no cuando me lo pones así?

—Lo sé.

Luna soltó un suspiro dramático y dejó caer la cabeza hacia atrás.

—¡Injusticia! Tengo toda una pila de condenados que me esperan y me mandas a una fiesta donde nadie quiere que esté.

—Te divertirás.

—Me aburriré tanto que alguien va a salir llorando. O convertido en memorias. Aún no lo he decidido. —Se bajó del mostrador de un salto—. Está bien. Iré. Pero con condiciones.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 20.10.2026

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