Narrador:
Pasaron unas cuantas semanas tras el primer interrogatorio. Semanas de charlas sin mayor trascendencia, discusiones ocasionales y sucesos que, sinceramente, no merecían un capítulo propio. Y justo cuando me disponía a explicarles que no había ocurrido nada digno de mención…
—¡¡¡TOMA ESTO!!!
¡PUM!
Una patada voladora impactó directamente contra mi rostro. Mi cuerpo salió despedido, rodé por el suelo y terminé chocando contra una hilera de estantes. Varios libros cayeron sobre mi cabeza. Por supuesto, hasta los objetos inanimados parecían haberse confabulado contra mí.
—¡AUUU! ¡¿PERO QUÉ DEMONIOS…?!
Me incorporé lentamente, sujetándome la cara, todavía aturdido. Entonces la vi. Allí, justo donde yo había estado un instante antes, estaba Luna. Brazos cruzados, mejillas infladas, una indignación tan profunda que habría hecho temblar a cualquier entidad con un mínimo instinto de supervivencia.
Por desgracia para mí, el mío llevaba tiempo pidiendo la jubilación anticipada.
—¡¿Pero qué te pasa ahora?! ¡¿Acaso vas a interrumpirme cada vez que intente presentar un capítulo?!
—¡Pues este sí te lo mereces!
—¡¿Cómo que me lo merezco?!
—¡Se supone que tras la primera parte del interrogatorio debías traer la segunda de inmediato! —Levantó un dedo acusador—. ¡Pero no! El señor escritor prefirió mandarme a una fiesta de dioses. —Su expresión se oscureció—. ¡Una fiesta que no me aportó nada! ¡Nada! Ni siquiera hubo algo interesante que traerme de vuelta a la Biblioteca.
—¡Oye, oye! ¡No es culpa mía! ¡Se suponía que era un especial por el año y medio que lleva escribiendo!
—¡Me da igual! —Respondió sin dudar un instante—. Al fin y al cabo, quien escribe esto no es tan importante como mis presentaciones.
Hubo un silencio. Yo la miré. Ella me miró. Y comprendí que la razón no iba a ganar esta discusión.
—A veces eres realmente insoportable…
La sonrisa de Luna desapareció. Giró la cabeza lentamente hacia mí.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
—¿Quieres pasar el resto de tu existencia convertido en una ameba, flotando en un planeta que apenas empieza a existir?
—¡NO, SEÑORA!
Mi respuesta fue tan rápida que hasta el eco pareció avergonzarse por mí. Luna asintió, satisfecha.
—Eso pensaba.
—¡¿PERO POR QUÉ TENGO QUE SOPORTAR ESTO?! ¡Yo solo quiero contar una historia!
—Luna, querida, no te pongas así. No es culpa del narrador.
Haruka los observaba desde unos metros de distancia. Con calma, cerró el libro que sostenía y se acercó.
—El especial ya está publicado. No puedes obligar a reescribirlo solo porque no te gustó.
—Entonces castigaré al escritor.
—¡¿QUÉ?!
—Podría convertirlo en una estrella a punto de estallar. Sería bastante divertido.
—¡ESO NO SERÍA NADA DIVERTIDO! —Me puse de pie de un salto, ignorando el dolor de la espalda—. ¡Si lo haces desaparecer, quién va a seguir contando tus aventuras! ¿Quién dará a conocer tus historias?
Luna parpadeó. Inclinó la cabeza, como si acabara de escuchar la pregunta más absurda del universo.
—¿Y?
—…¿Cómo que «y»?
—Hay millones de escritores en todos los mundos y universos. —Se encogió de hombros con total indiferencia—. Uno menos no hará ninguna diferencia.
—¡¿PERO QUÉ CLASE DE LÓGICA ES ESA?!
—Una bastante coherente, si consideramos quién es ella.
—¡HARUKA, NO ME AYUDES ASÍ!
Haruka soltó un suspiro suave.
—Luna… ¿no será que estás enfadada porque hace un momento te quejabas de que nadie conocía tus historias?
Luna se quedó inmóvil.
—…
—Por eso empezaste a buscar entidades de otros mundos, ¿verdad? Querías que más gente conociera la Biblioteca, que las historias que llegaran aquí fueran cada vez más ricas… que te conocieran a ti.
Luna apartó la mirada.
—Bueno…
—Entonces deja que el escritor haga su trabajo. Si lo amenazas cada vez que publique algo que no te guste, difícilmente conseguirás lo que quieres.
—¡Pero tardó demasiado en volver a mi historia!
—¡PORQUE TAMBIÉN TIENE OTRAS HISTORIAS QUE CONTAR!
—¡Excusas!
—¡¿CÓMO QUE EXCUSAS?!
—Luna…
—¡Está bien, está bien! —Suspiró y se dejó caer sobre un libro lo bastante grande como para servirle de asiento. Cruzó los brazos, infló las mejillas y desvió la mirada—. Pero si no logra que me conozcan más, lo convertiré en una estrella a punto de estallar.
—¡¿POR QUÉ SIGUES CON ESO?!
—Porque quiero.
—¡ESA NO ES UNA RAZÓN!
—Para mí lo es.
Me pasé las manos por el rostro. En ese momento comprendí por qué Haruka necesitaba tanta paciencia. Aunque, siendo sinceros, quizá ni siquiera la paciencia infinita bastaba. Respiré hondo, me sacudí el polvo y la miré.
—Mira… antes de que conviertas a nadie en nada, hay algo que deberías saber.
Luna dejó de hacer pucheros. Sus ojos dorados se fijaron en mí al instante.
—¿Qué cosa?
—Tras oír lo que voy a contarte, creo que se te quitarán las ganas de castigarlo.
Su indignación se desvaneció, sustituida por una curiosidad casi peligrosa. Se inclinó hacia delante.
—¿Ah, sí? —Una sonrisa empezó a crecer en sus labios—. Ahora sí quiero escuchar.
—Por supuesto que quieres… —Suspiré de nuevo. De alguna manera, había logrado algo peor que una amenaza de destrucción. Había despertado la curiosidad de Luna. Y cuando la Soberana de las Historias se interesaba por algo…
—¡Venga, venga! ¡Cuéntame! ¡¿Qué hizo?! ¡¿Cómo es?! ¡¿Por qué no debería hacerlo explotar?!
—¡UNA PREGUNTA A LA VEZ!
—¡NO QUIERO!
—¡PUES NO CUENTO NADA SI NO TE CALMAS!
Luna me observó en silencio dos segundos. Luego sonrió. Dulce. Inocente. Una sonrisa que me recordó que mi existencia dependía de quien podía reescribir la realidad con una frase.
—Narrador…
—¿Sí?
—¿Quieres convertirte en una ameba?
—¡LO CUENTO, LO CUENTO!