Lunas de plata

CAPÍTULO 8

No puedo decir que no sentí cuando Alan se levantó a mitad de la noche porque sí lo hice. Yo tampoco podía dormir, pero no me levanté a seguirlo.

Suspiré por lo bajo, poniéndome bocarriba para mirar el techo en la oscuridad. No hice nada más que pensar y escuchar mi respiración en la soledad de la habitación por mucho tiempo. Alan no volvió, no al menos por lo que supe antes de quedarme dormida de nuevo. No lo busqué, porque sabía que necesitaba su tiempo a solas.

A la mañana siguiente, cuando volví a despertar, seguía sola. Suspiré, levantándome sin demora. Me restregué los ojos mientras mis pies descalzos hacían un recorrido para buscar a Alan. Paré en la habitación de visitas, pero todo estaba en orden ahí, así que Alan no había pasado su noche en otra cama ajena a la nuestra.

Lo encontré en su oficina, con los ojos pegados en la pantalla de su ordenador. Carraspeé para hacerme notar, pero solo me dio una mirada antes de volver a lo suyo.

—Saldremos en dos horas, estaba a punto de ir a despertarte —dijo con rapidez. Suspiré, aun en el marco de la puerta.

—¿Ahora no hay ni un saludo de buenos días para mí? —reclamé, con paciencia ante su actitud. Se quitó sus gafas de descanso, frotando sus ojos cansados. Fue su turno de suspirar cuando tendió un brazo hacia mí, como una invitación que no dudé en tomar.

—Lo siento —dijo en cuanto me senté en sus piernas. Intenté sonreírle y eché el cabello de su frente hacia atrás.

Lo analicé por unos segundos, llegando a la conclusión de que no había dormido en toda la noche.

—Me di cuenta del momento en el que te fuiste, pero me quedé dormida, aunque ahora veo que no dormiste nada. —Evitó mis ojos, dándome la razón. No dejé que dejara de mirarme, en cambio tomé su rostro y bajé mis labios a los suyos.

Metió su mano dentro de mi camiseta de pijama, dejándola reposar en mi espalda mientras me devolvía el beso. Cuando me alejé no quitó su mano de mi piel, solo me miró, con sus ojitos preocupados y tristes. Si se trataba de mí, Alan no era capaz de contener sus emociones, fueran buenas o malas.

Acaricié su mejilla, sonriéndole.

—Sabes que te amo ¿verdad? —susurré, metiéndome dentro de sí por medio de nuestras miradas. Asintió, abrazándome muy fuerte—. ¿A dónde iremos? —pregunté luego de un rato.

—Ya lo verás. No tienes que desayunar, podemos hacerlo allá.

Asentí, cogiendo la pista de que me llevaría a comer.

Dejé un piquito en su nariz antes de levantarme para ir a organizarme.

Tal como dijo, aproximadamente una hora y media después estábamos saliendo a un destino desconocido para mí, aunque solo resultó ser el café dentro de la protección en donde vendían las ricas magdalenas.

Ubicamos una mesa, pedí un desayuno para mí y Alan también pidió para sí. Pronto nos llevaron nuestros pedidos, así que me dediqué a comer en silencio, porque Alan estaba muy pensativo como para hablarme. Tampoco lo quería molestar: Alan era susceptible a enojarse cuando no había descansado y se encontraba estresado por algo, por lo que preferí darle su tiempo.

Le daba un mordisco a una magdalena que había pedido de postre mientras Alan le daba sorbos a su café y hablaba por mensajes con su padre. No había ido a la constructora ese día, así que imaginaba que estaba explicándole a Adrián la razón de su ausencia.

No esperé ver a Braham entrar al café y buscar una mesa que resultó ser la nuestra.

Por poco dejo ver el contenido de mi boca cuando comprendí lo que pasaba ahí. Alan no solo había querido llevarme a desayunar, la verdadera razón era que se iba —o íbamos— a reunir con el vampiro.

Cuando Braham se sentó en una silla frente a nosotros, Alan dejó su teléfono a un lado para darle su atención al vampiro. Copito alzó sus brazos cuando nos quedamos en silencio, yo sin comprender qué pasaba, Alan esperando que Braham hablara, y el último esperando alguna reacción.

Yo resoplé, desmenuzando mi magdalena con un poco de molestia e ira.

—¿Para qué soy bueno? —preguntó Braham a la vez que yo le lanzaba una mirada a Alan y comenzaba a hablar.

—¿Esta es tu gran idea? ¿Traer a Braham? ¿Con qué intención, Alan? ¿Esperas que se meta en mi mente para que me haga cambiar de opinión?

Mi esposo bajó los ojos a su café, jugando con la taza entre sus manos. Lo escruté, insistente, hasta que al final suspiró, pero siguió sin mirarme.

—Abril, yo solo quiero que estés bien, y aceptar lo que propone Serene es lo contrario a tenerte bien.

Quise llorar por el desespero y la desazón.

—No hay otra manera, Alan. Estamos envueltos en esto… No puedo solo negar las cosas que me propone sabiendo que podrían ser las definitivas para salir de toda esta profecía.

Braham llamó nuestra atención.

—Siendo sincero —habló—: no estoy entendiendo nada. Quisiera, si son tan amables, que me expliquen un poco lo que está sucediendo y la razón por la que se ven tan miserables.

—Tengo la sangre de Serene en mí, mi familia es su familia. Es una hechicera poderosa y es la única que sigue viva a pesar del tiempo de los años, que son miles de años, por cierto. Y me necesita, ella es la creadora de la profecía, no puede actuar directamente en ella, así que quiere pasarme sus dotes a mí, a la única persona que podría ayudarle.

—Pero una hechicera debe morir para que su magia pase a otra persona de su familia ¿Me equivoco?  —preguntó. Alan suspiró, echándose hacia atrás en su silla.

—No Serene. Ya te imaginarás cuánto poder tiene ella y estuvo escondida por años perfeccionándolo. Encontró la manera de pasarle su magia a Abril, para la supuesta guerra que se formará. —Resopló, inclinándose de nuevo en la mesa y girándose hacia mí, de nuevo—. Abril, apenas y sabes defenderte de uno de nosotros, ¿cómo piensas meterte en una pelea entre especies?

Necesitaba paciencia. Entendía el miedo de Alan, su insistencia, pero yo también necesitaba que me entendiera. Le sonreí, estirando mi mano para acariciar detrás de su oreja. Me alegré cuando se inclinó a mi toque e intentó devolverme la sonrisa.




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