Lunas de plata

CAPÍTULO 10

Lo más cercano que llegué a estar de la completa ebriedad fue en la fiesta de graduación de Alan, así que mi dolor de cabeza, de cuerpo y el mareo lo podía comprar con una resaca.

La boca la sentía seca cuando me desperté y me senté en la cama. Me mareé, el dolor de cabeza incrementándose. Estaba confundida y me sentía un tanto anestesiada mientras todo daba vueltas. No recordé nada de lo que había sucedido hasta que me fijé en mis manos cubiertas por una tela suave. Los guantes.

Me fijé a mi alrededor, pero estaba en mi habitación, en la cama que compartía con Alan.

—¿Alan? —pregunté con voz pastosa, pero no obtuve respuesta. Me deslicé hasta la orilla de la cama, aunque cuando intenté levantarme, mis piernas fallaron. Si Alan no hubiera entrado a la habitación en ese momento me hubiera caído.

—Wow, ve con cuidado, amor —susurró, besándome en la sien mientras me volvía a sentar en la cama.

Le toqué el pecho, desesperada por ver si algo lo había afectado lo que había sucedido conmigo y mi cuerpo.

—¿Estás bien? —Asintió, tomando mis manos para besarlas y luego besar mis labios.

—Esa es una pregunta que yo debería hacerte a ti, preciosa. —Se levantó de la cama, yendo al baño para rebuscar en los cajones. Regresó con una pastilla y luego se fue por un vaso de agua—. Has estado en ese estado por dos días, estás débil.

—No debí haberme tomado esa pastilla entonces —dije con una pizca de humor, sintiendo mi voz un poco mejor al haberme bebido el agua. Él me volvió a besar, con fuerza, antes de cargarme sorpresivamente.

—Te iré a hacer algo de comer mientras tú mueves tus lindas piernas y cuerpo un poco. No fue mucho tiempo, pero has estado muy quieta en las últimas cuarenta y ocho horas.

—¿Por qué estás en casa? —pregunté, al caer en cuenta de que no debería estar ahí, sino en la constructora. Alan me dejó en una butaca de la barra de la cocina, para que tuviera una vista de él. Me dio una mirada de reojo, mientras comenzaba a sacar las cosas que necesitaría.

—Mi esposa estaba en un mal estado, yo estaba preocupado y también sufrí las consecuencias de lo que estaba haciendo mi esposa: digamos que mi jefe se compadeció de mí y me dio algunos días libres, aunque he adelantado trabajo… no quisiera que mi padre piense que he descuidado la constructora.

Me sentí mal. Jugueteé con mis dedos entre ellos, sintiendo mis mejillas sonrojadas.

—Lo siento —susurré. Alan se acercó con rapidez a mí, levantando mi rostro hacia el suyo. La sinceridad en sus ojos me tranquilizó un poco.

—No tienes por qué disculparte por eso, Abril. Mi padre entiende que muchas veces mis responsabilidades se me salen de las manos, y tú eres mi prioridad, me criaron para que tuviera a mi compañera y a mi familia primero, antes que el dinero y antes que cualquier cosa… Tengo ahorros, por unos días que no esté trabajando no nos faltará la comida en la mesa. Tú eres mi esposa, Abril y sin ti no creo tener ni siquiera la motivación para hacer algo ¿Sí?

Asentí.

—Te amo —dije bajito.

—Y yo te amo a ti —respondió, besando mi nariz antes de volver a hacer la comida.

Nos quedamos en silencio por unos instantes, aunque sabía que él estaba requiriendo más información.

—Serene te trajo, desmayada.

—¿Qué pasó contigo cuando lo sentiste?... Siento eso, el guante se me deslizó.

—¿Para qué sirve? —preguntó, poniendo en la barra a mi lado los ingredientes que iba a picar y luego cocinar.

—Se supone que es un limitante… Dejaron de controlar el vínculo, pero me estaba consumiendo porque al parecer es muy fuerte… Estaba a punto de ser consumida por tu mente.

Se quedó pensativo.

—¿Por qué entonces no me pasa eso mismo contigo? —Me encogí de hombros.

—No lo sé, quizá tú sí lo sabes manejar, o quizá es otra cosa. En todo caso, los guantes sirven para eso, supuestamente. Y sé que quieres saber qué pasó, aunque yo no lo sé muy bien tampoco… Se supone que abrieron mi cuerpo a la magia, pero eso dolió. —Suspiró.

Siguió picando, en completo silencio, mientras pensaba. Volvió a suspirar luego de un rato.

—Sé que no quieres volver a escucharlo, pero eso solo fue una demostración de lo que vendrá… Todos los hechiceros que han recibido magia dicen que es algo doloroso, y eso que su cuerpo estaba adaptándose a ella desde que nacieron… No quisiera saber cómo será para ti, pero me preocupo por eso.

Alcancé su mano para apretarla.

—Pero en algún momento todo terminará… —Solo me dio un vistazo, pero sus ojos y expresión gritaban lo mismo que me había dicho incontables veces ya: las cosas terminarían, pero no sabíamos cómo.

Me tendió un cuenco de uvas cortadas, para que fuera picando mientras él preparaba lo demás. Lo agradecí, porque en realidad sí tenía hambre.

—Es curiosa la forma en la que la vida te hace comer tus propias palabras —dijo luego de un rato. Lo cuestioné, sin querer hablar mucho—. Me refiero a que hace días te dije que mi resistencia al dolor no se podía comparar con la tuya, pero el dolor que sentiste con la magia creo que sobrepasó cualquier dolor que haya sentido… Me siento orgulloso por eso.

Aunque casi sentí un tono burlesco y alegre en él, sus palabras no me gustaron: No quería hacerle daño a Alan, consciente o inconscientemente.

—¿Serene te dijo algo?

—¿Cuándo apareció contigo de la nada? No, solo que debía dejar descansar, que despertarías pronto… Claro, dos días para ella debe ser dos horas, pero para mí fue un martirio… Ni siquiera podía dormir a tu lado contigo así.

Metí otra uva a la boca, masticando con parsimonia.

—¿Dormiste en la otra habitación entonces? —Exhaló una risa que carecía de humor.

—Algo así… En realidad, casi no dormí, solo adelanté trabajo, te miré y me revolqué en la cama con insomnio.

Suspiré y aun con esfuerzo caminé donde él para abrazarlo.




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