Lunas de plata

CAPÍTULO 14

Desperté llorando por no poder moverme sin que me doliera cada parte de mi cuerpo.

No encontraba fuerza para levantarme o moverme, ni siquiera sabiendo que podía ir a casa me dio el ánimo que necesitaba. Me sentía enferma y cansada, a pesar de haber dormido toda la noche. Solo pude ponerme de costado y encender la pantalla de mi teléfono. Tal como había dicho Serene: no tenía cobertura ahí. No podía quitarme los guantes para comunicarme con Alan porque sentiría mi dolor, sabría que no estaba bien. Aun en ese momento dudaba que ya no lo hubiera sentido.

La sangre parecía hervir dentro en mis venas. El calor se agolpaba en mi frente, mejillas y las puntas de los dedos de mis manos. Yo misma podía advertir que tenía fiebre y no solo por el calor, sino por los espasmos que estaba teniendo. Me sentía mal, muy mal.

Alguien llegó a la habitación, pero no quise abrir mis ojos de nuevo para ver quién era.

—Shh —dijo esa persona. El sonido me recordó a Serene, por lo que supuse que era ella. Acariciaron mi cabello, llevándolo fuera de mi frente y soplaron. El frío del aire me hizo un poco de bien entre el calor que me daba ganas de quitarme la ropa, aunque el dolor de mi cuerpo impidiera mi movimiento. Las manos sobre mi cuerpo me dieron un poco de tranquilidad y se llevaron un tanto el dolor, no del todo, pero sí menguó en gran medida.

Resoplé, sin querer moverme por miedo a que algo más doliera.

—Pensaba que mi cuerpo descansaría.

—La magia está haciendo efecto en ti, se está mezclando con tu sangre —explicó—. Te traje algo que te ayudará con eso, con el dolor.

—¿Podré ir a casa? ¿O el dolor será mucho para hacerlo?

—Podrás ir a casa siempre y cuando tú domines la magia dentro de ti. —Abrí los ojos. La hechicera estaba sentada a mi lado en la cama, aun tocando mi cabello con ternura. Parecía ausente, sus ojos llorosos y tristes. Parecía estar recordando algo, pero no iba a meterme en su intimidad.

—¿Eso es lo que pretendías? ¿Hacerme luchar contra la magia para poder ir con Alan? —Ella me miró, sin borrar la expresión de su rostro, aunque sí intentó regalarme una sonrisa.

—Todos necesitamos una motivación, tu hogar es la tuya.

—¿Y la tuya cuál es? —pregunté sin poder evitarlo. Su mirada se llenó de más tristeza.

—Aparte de salvar a los humanos, mi motivación es cumplir mis promesas y hacer justicia.

—¿Por tu hija?

—Por toda mi familia —aclaró. Suspiró—. Quitaré mi mano de ti, el dolor volverá por un segundo, pero la bebida te ayudará. ¿Está bien? —Tomé aire, asintiendo. Apreté mis dientes cuando pasó lo que ella había dicho, pero luego su mano había vuelto a mi cuerpo, esta vez en mi brazo. Logré sentarme con su ayuda y recibí el pocillo con el líquido adentro. Sabía muy bien, contrario a lo que había pensado.

Solo fue necesario que el líquido tibio tocara mi lengua para sentir un alivio, como si algo se uniera a mí o se pusiera en su lugar. Serene quitó su mano de mí, dubitativa, pero relajándose cuando notó que solo fue necesario del brebaje para que el dolor se calmara. Aun seguía latente, mucho más lejano que minutos atrás.

—¿Cuánto tiempo durará el efecto? —pregunté, aun con la taza entre mis manos. Serene suspiró.

—Deberá bastar hasta la noche, tienes todo el día para estar con tu esposo y quizá con tus amigos, aunque imagino que tu principal deseo es Alan. —Asentí. Ella se levantó y me fijé que iba vestida sin sus guantes y sin alguno de sus vestidos largos. Notó mi mirada sobre ella, entendiendo mi confusión.

—Usaba limitantes por el derroche de magia, para no llamar la atención con mi poder, pero ahora tienes esa magia en ti, por lo que el poder no está concentrado.

—¿O sea que ya puedes usar tu magia sin que te consuma usarla en algo grande? —Asintió.

Luego de un poco más de charla me dejó sola. Mis huesos estaban engarrotados, pero no dolían, por el momento. Al salir del baño recordé que debía vestirme con el vestido que había hecho Hem para mí. Estaba en la cama al salir, por supuesto, por eso lo logré recordar. Junto al vestido había una nota que me decía que debía de encontrar el camino a casa por mi propia cuenta, usando la magia que Serene me había dado.

¿Ya era una hechicera?

Me senté en la cama, concentrándome en el ambiente e intentando abrir un portal, así como Serene lo había hecho con anterioridad. Nada sucedió.

Gruñí, luego de haberlo intentando por minutos sin obtener un resultado satisfactorio. Pensé que podría ser a causa de los guantes, pero aun así no pude hacer nada más que sentir un pequeño cosquilleo en los dedos. Volví a ponérmelos cuando sentí que la mente de Alan me consumiría.

Serene había dicho que la magia respondía a mis deseos. Mi mayor deseo en ese momento era estar con Alan ¿Por qué no podía ir hasta donde él entonces?

Me tiré a la cama, exhausta. Se me acababa el tiempo para ir donde Alan y seguía sin poder encontrar la salida.

Una idea llegó a mi mente. Abrí los ojos y me levanté de un salto. Comencé a tantear la pared, en busca de la puerta escondida en ella. Quizá abrir un portal era algo que no podía hacer en ese instante, pero buscar las puertas escondidas sí. Serene había dejado la del baño a mi alcance, pero eso no significaba que no pudiera abrir las otras yo misma.

Casi grito de júbilo cuando la pintura pareció derretirse al igual que el muro y reveló la salida a la sala de la enorme casa. Yo había hecho eso. Tenía magia, podía usarla.

No sé muy bien cómo me sentí; por un lado, estaba feliz, pero por otro estaba temerosa. La magia dentro de mí se suponía que era buena, no debía de temerle, y no lo hacía. Lo que me asustaba era cuánto podría cambiar mi vida al tenerla. Ya no seríamos una pareja de un humano y un licántropo, seríamos una hechicera y un licántropo poderoso.

Me detuve al pensar en ello, la comprensión llenándome. Al enterarme de la profecía me había sentido menos, una humana insignificante dentro de todo ese mar de seres especiales, comenzando por Alan. No me había sentido importante y, de hecho, había pensado que no era yo quien debía de acabar la profecía, había sido una de las razones por las que había dudado de Alan, pero todo me estaba demostrando en ese momento que yo sí importaba tan solo por el hecho de ser descendiente de Serene.




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