No podía creer que el día había llegado. ¡Me iba a casar! Aquella mañana me había levantado de otra forma, porque de nuevo iba a haber un cambio en mi vida, uno demasiado grande.
Miré mi habitación mientras mamá terminaba de alizar mi vestido blanco. Era mi último día en aquella casa, rodeada de aquellas paredes y viendo a mis padres día y noche. El cambio era tan emocionante como aterrador. El día anterior había pasado de la risa al llanto más de una vez.
—Estás preciosa, hija mía —dijo mamá acariciando mi mejilla.
Sus ojos estaban rojos, pues no había parado de llorar desde la mañana, aunque mi caso no era diferente, no obstante, intentaba contener mi llanto por el bien de mi maquillaje.
Miré el vestido con un corte imperio y un escote de barco, en el que sobresalían adornos hechos con pequeñas piedras.
—Definitivamente no le daré mi hija a nadie —declaró papá entrando en la habitación. Él no había llorado, pero todos los días de la semana había dicho una frase parecida a aquella—. No te cases, mi pequeña —susurró con una súplica.
Otra vez mis ojos se llenaron de lágrimas. Rápidamente parpadeé intentando no llorar, aunque alguna gota se me escapó. Me acerqué a él para abrazarlo, mientras sentía como mamá organizaba mi velo, el cual llegaba hasta el suelo y colgaba de mi cabello semirrecogido.
—Te voy a extrañar, papá —murmuré con voz ahogada.
Desde hacía un mes había comenzado a prepararme para aquel día, pero llegar hasta allí no era tan sencillo como había creído. Era como la primera vez que caminaba sola o montar bicicleta por primera vez sin seguro.
—Y yo a ti, mi princesa —respondió dándome un beso en el hombro.
Me quedé un tiempo más abrazada a mi padre, como si no quisiera que el tiempo pasara, hasta que oí unos pasos a mis espaldas.
—El auto ya llegó —anunció Heydi entrando en la habitación.
Me separé de papá y di un paso atrás intentando no pisar mi velo.
Mi amiga llevaba un vestido azul que yo misma había escogido para que fuera mi dama de honor. Cuando había empezado a planear la boda, su nombre había sido el primero en mi mente.
—Vamos enseguida —contestó mamá al tiempo que me entregaba el ramo de rosas blancas. Respiré hondo, era el momento de ir a la Iglesia.
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Mientras recorría las calles de Winter Park no podía evitar que la emoción me llenará el corazón. Todo parecía un simple sueño. Recordaba algunas veces que había soñado con el día de mi boda, aún sin conocer a mi futuro esposo. Solo cuando vi la Iglesia frente a mí decorada, supe que era la realidad.
—Estás preciosa, Alli —dijo Alina cuando bajé del auto, ella llevaba un vestido igual al de Heydi y debía decir que el color le sentaba espectacularmente. A su lado se encontraba Danla que me miró embelesada.
—Eres la novia más bella que he visto —elogió dándome un abrazo.
Casi volví a llorar por las emociones que brotaban en mi interior.
La hermana que nos había ayudado a organizar la boda nos dirigió hacia el salón de la iglesia, dónde tuvimos que esperar un tiempo mientras terminaban de llegar los invitados y organizar todo. Cuando Heydi nos avisó bajamos hacia la entrada de la Iglesia.
La música comenzó a sonar y escuché la voz de Danla cantando mientras mis damas de honor entraban por el pasillo. A continuación, me anunciaron y me agarré fuertemente a mi padre mientras comenzaba mi camina hacia el altar.
La Iglesia estaba bastante llena, entre amigos y familiares. Mis ojos primeramente se fueron hacia quienes me recibían en los bancos y finalmente fijé mi vista en el altar, dónde me esperaba Jake. Llevaba un traje azul que lo hacía ver más apuesto de lo que era. Me agarré más fuertemente de mi padre mientras seguía avanzando. Me dolía el corazón de tanta felicidad. Cuando me acerqué más pude ver que los ojos de mi futuro esposo estaban llenos de lágrimas, que posiblemente estaban intentando contener, ya que a él no le gustaba llorar.
Al llegar hasta él su mano se extendió hasta mí. Miré a mi padre en un acto de despedida y solté su brazo para tomar la mano de mi futuro esposo. No es que dejara de ser la hija amada de mis padres, pero al dar aquel paso también me convertía en esposa. Jake me sonrió cuando yo estuve delante de él.
El pastor comenzó a hablar acerca del matrimonio. Habló un poco de ambos y de nuestro proceso juntos, aunque era algo que muchos de los presentes ya conocían. A continuación, preguntó por nuestro consentimiento para la unión y después de aquello llegó el momento de los votos matrimoniales.
Heydi se acercó con una bandeja plateada con ambas alianzas, primera la tomó Jake y la deslizó en mi dedo anular.
—Prometo ante Dios amarte y respetarte como mi esposa. Así venga enfermedad o pobreza y espero que este anillo se símbolo de esta promesa —pronunció con solemnidad sin despegar su mirada de la mía—. Además, prometo estar a tu lado cuando te caigas o te sientas débil, para levantarte y recordarte el camino de regreso como tú lo hiciste conmigo —añadió haciendo que mis labios temblaran por la emoción que estaba tratando de contener.
Tomé el anillo para colocarlo en el dedo de Jake, seguidamente tomé su mano y la apreté con fuerza y comencé a declarar mis votos:
—Prometo ante Dios amarte y respetarte como mi esposo. Así venga enfermedad o pobreza y espero que este anillo se símbolo de esta promesa. Y también prometo recordarte cubrir las grietas con oro.
Jake tomó nuestras manos unidas y se llevó mi mano a sus labios para depositar un beso.
—Te amo —susurró mientras oía los aplausos y suspiros de algunos de los presentes y sonreí sin dejar de mirar al que, con las palabras finales del pastor, que llama a realizar la Santa Cena, se convertía en mi esposo.
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Llegamos al hotel llegada la noche después de una larga recepción con amigos y familia. Habíamos tenido nuestro primer baile y compartido la comida. No había dejado de sonreír en toda la noche, ni siquiera cuando había subido al auto para marcharnos.