Luz Oscura

CAPITULO I : EL PRIMER ENCUENTRO

LUCIA

CAPITULO I

EL PRIMER ENCUENTRO

La importancia que le daba al negocio de mi padre era ínfima; solo lo soportaba porque aquella empresa me permitía financiar los proyectos que realmente amaba, esos destinados a ayudar a quienes más lo necesitaban. Tenía algunas fundaciones, asociaciones y mi propia ONG, desde donde intentaba asistir a los sectores más vulnerables, y aunque mi padre consideraba que desperdiciaba tiempo y dinero, para mí aquella era la única manera de sentir que todo lo que había recibido de mi familia podía servir para algo más que aumentar una fortuna.

Aquella mañana me encontraba en mi pequeña oficina del barrio San Benito, un lugar modesto donde cualquier persona podía entrar sin necesidad de anunciarse. El despacho estaba abarrotado de papeles, panfletos, carpetas y varios vasos de café que había consumido durante la noche, porque llevaba horas revisando la contabilidad de una de las asociaciones. Apenas había conseguido cerrar los ojos cuando la vieja puerta de madera crujió.

—Pasa, pasa, Juan, no te quedes ahí afuera.

Mi voz sonó somnolienta y ronca por el cansancio.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Señorita Lucía! —Juan José apareció en el umbral, agitado—. ¡Tiene que venir, rápido! ¡Rocío encontró a alguien y necesitamos ayuda urgente!

Levanté la cabeza, sobresaltada.

—¡Cálmate, Juan! Me alteras con tanto alboroto. Dime despacio, ¿qué ocurrió?

El muchacho intentó responder, pero apenas podía articular palabra. Se atragantaba con su propia saliva mientras repetía una y otra vez que debía verlo personalmente. Antes de que pudiera preguntarle algo más, me tomó del brazo y comenzó a tirar de mí hacia la puerta.

—Juan, suéltame. ¿Adónde me llevas?

No conseguí liberarme. Juan José era un muchacho enorme, de manos desproporcionadamente grandes, y todavía no parecía tener conciencia de su propia fuerza.

—¡Juan, no tires de mí!, me agité molesta, pero ya estábamos fuera.

El viento patagónico me golpeó el rostro con una violencia inesperada. Era primavera, mi estación favorita, pero aquella mañana la temperatura apenas alcanzaba los cinco grados y el frío parecía haberse ensañado con nosotros. Juan continuó avanzando por dos estrechas calles que conducían al baldío más cercano, mientras yo intentaba comprender qué podía haber ocurrido para provocar semejante alboroto.

Cuando llegamos, vi a casi todos los que trabajaban conmigo reunidos alrededor de algo que no alcanzaba a distinguir.

—Permiso... déjenme pasar.

Tuve que abrirme camino entre ellos hasta llegar al centro del grupo. El terreno todavía estaba húmedo por el rocío nocturno y las ráfagas levantaban hojas y papeles que cruzaban el aire como pequeños fantasmas.

Entonces lo vi, era un hombre, un joven muchacho.

Estaba tendido sobre el barro, completamente empapado y cubierto de suciedad. No llevaba ropa, salvo un pantalón viejo, raído, sujeto a la cintura con una cuerda. Apenas podía distinguir su cuerpo bajo aquella capa de barro; solo sobresalía una mata de cabello claro, rubio como el trigo bajo el sol.

—¡Juan, Rocío, ¡ayúdenme a apartar a todos! —ordené mientras me acercaba—. Quiero comprobar si está vivo.

Me arrodillé junto a él y puse una mano sobre su pecho y me quedé inmóvil porque su piel estaba tibia, no fría como yo supuse.

Era imposible. Después de permanecer quién sabe cuánto tiempo expuesto al viento helado y completamente mojado, debería haber estado prácticamente congelado. Sin embargo, bajo mis dedos sentí el calor de un cuerpo vivo. Su respiración era tranquila y profunda, y su corazón latía con una serenidad desconcertante.

—¿Qué hacemos, señorita Lucía? —preguntó Patricia, llevándose ambas manos al rostro.

—Llamen a una ambulancia, ahora mismo. Tenemos que llevarlo a un hospital antes de que pueda pasarle algo.

Lo dije casi mecánicamente, aunque ni siquiera yo sabía qué estaba haciendo allí aquel hombre ni cuánto tiempo llevaba tendido en ese lugar.

Entonces ocurrió, vi que el desconocido se movió. Su cuerpo giró lentamente sobre el barro y, de pronto, extendió los brazos abriéndolos ampliamente con la cara mirando al sol.

Abrí la boca, pero no conseguí emitir sonido alguno al ver que sus ojos se abrieron. Y no pude evitar el asombro porque eran de una claridad extraordinaria, casi sobrenatural, y aun cubierto de suciedad pude comprender por qué todos se habían quedado paralizados. Aquel hombre poseía una belleza difícil de explicar, una belleza que no parecía pertenecer a este mundo.

Sus ojos encontraron los míos, no miró a nadie más, solo me miró a mí.

Intentó incorporarse, pero apenas logró levantar la cabeza. Entonces pronunció extrañas palabras que parecían ser un idioma, algo que jamás había escuchado, no entendí absolutamente nada, aunque, de alguna manera inexplicable, tuve la certeza de que estaba intentando decirme algo.

Me incliné un poco más para escucharlo, entonces comprendí una sola palabra.Mi nombre.

—Lucía...




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