CAPITULO II
LOS OJOS TRANSPARENTES

Narra Lucía
Cuando llegó la ambulancia, el hombre continuaba recostado con los brazos abiertos y los ojos entrecerrados, fijos en mí, como si estuviera asustado de algo que solo él podía ver. Seguía pronunciando mi nombre, o al menos eso era lo que yo creía escuchar, y no podía dejar de preguntarme cómo sabía quién era yo, cómo podía conocer mi nombre si estaba segura de no haberlo visto jamás.
Me acerqué todo lo que pude y apoyé el oído junto a su boca. Solo percibí un sonido gutural, extraño e ininteligible, pero estaba convencida de que intentaba hablar; había algo en aquella voz que no parecía un simple quejido, sino palabras pertenecientes a un idioma que yo desconocía por completo.
—¿Quién eres? ¿Qué te pasó, muchacho?
Sus ojos volvieron a cerrarse y aquella extraña claridad que había visto en ellos comenzó a apagarse lentamente mientras los camilleros lo levantaban para introducirlo en la ambulancia. Sentí una necesidad absurda de seguirlo, una urgencia que no podía explicar y que se mezclaba con una especie de dolor profundo, como si aquel desconocido hubiera despertado dentro de mí un sentimiento que no tenía derecho a sentir por alguien a quien acababa de conocer.
Corrí detrás de los camilleros.—Señor, ¿adónde lo van a llevar?
—Al Hospital General, señorita —respondió uno de los enfermeros—. ¿Por qué? ¿Usted lo conoce?
—No... pero...
—Si usted se hará cargo de los gastos, podemos trasladarlo a una clínica particular que nos indique. Antes de que pudiera responder, Rocío y Juan José me sujetaron casi al mismo tiempo.
—Lucía, ya hiciste todo lo necesario —dijo Rocío—. Déjalos trabajar. En el hospital van a atenderlo.
—¡Pero lo llevan al General y no recibirá la atención que necesita! —protesté—. Mírenlo, está en un estado lamentable, no tiene ropa, está cubierto de barro y parece que lleva días sin comer. ¿Quién va a limpiarlo? ¿Quién se va a ocupar de él?
—Sí, Lucía, pero no podemos hacer más —intervino Juan José—. No tenemos presupuesto para pagar una clínica. Si pudiéramos hacer eso con todos los indigentes que encontramos, sería maravilloso, pero sabemos que no podemos.
Los miré sin entender cómo podían quedarse tranquilos.
—No se preocupen porque voy a sacar el dinero de mis propias cuentas y, si mi padre se molesta, tendrá que soportarlo. No quiero que ese muchacho sufra más de lo necesario. Además, ni siquiera parece ser de aquí; es extranjero. ¿No se dieron cuenta de que habla otro idioma?
Rocío me observó con una expresión extraña.
—Lucía... creo que no entendiste nada, el muchacho no habló, solo se quejó. Apenas pudo abrir la boca.
—No. No, estoy segura de lo que escuché.
Sentí que todos me miraban. —Él habló —insistí—. Habló en otro idioma y eran palabras, verdaderas palabras, aunque yo no pudiera entenderlas. Y estoy casi segura de que dijo mi nombre.
Al pronunciar aquello sentí que una parte de mí comenzaba a dudar de la otra. Por un instante me pregunté si estaría perdiendo la razón, porque nadie más había escuchado lo mismo que yo.
—Lucía —dijo Juan José con suavidad—, casi no pudo abrir la boca. ¿Cómo iba a hablar? Y mucho menos llamarte por tu nombre si ni siquiera te conoce. ¿O acaso tú lo has reconocido?
Negué rápidamente con la cabeza. —No. Nunca lo había visto en mi vida, lo juro. Es un completo extraño para mí.
Hice una pausa antes de agregar, casi en un susurro:—Pero me inspira algo... algo que jamás había sentido.
Rocío no respondió, solo me observó durante unos segundos, como si estuviera tratando de decidir si debía seguir preguntándome o dejarme tranquila.—Bien, si tú lo dices...Se dio la vuelta y regresó hacia nuestra pequeña oficina.
Yo permanecí inmóvil viendo cómo cerraban las puertas de la ambulancia, y entonces sentí aquello otra vez, ese peso profundo en el corazón.
No era miedo exactamente. Tampoco tristeza. Era algo mucho más extraño, una sensación oscura y, al mismo tiempo, inexplicablemente luminosa, como si dentro de mí acabara de encenderse una luz en medio de una habitación que llevaba años a oscuras.
Me disponía a regresar a la oficina cuando algo me impulsó a moverme y no lo pensé.
Simplemente caminé hasta mi pequeño Fiat Uno – ese que mi padre amenaza tantas veces con tirarlo como chatarra- abrí la puerta, me senté al volante y puse el motor en marcha.
Seguí a la ambulancia, no sabía por qué lo hacía. Solo sentía que no podía dejar que se fuera sin mí.
Mientras avanzaba por la ruta, mantuve los ojos fijos en las luces de la ambulancia que desaparecían y reaparecían entre el tránsito y mis manos sujetaban con fuerza el volante y una inquietud creciente me recorría el cuerpo.
Entonces mi teléfono vibró; contesté casi mecánicamente y por poco perdí el control del automóvil, era Rocío.
#2679 en Novela romántica
#502 en Fantasía
#287 en Personajes sobrenaturales
un amor de secretos, un ser sin memoria, una joven perseguida
Editado: 08.10.2026