Luz Oscura

CAPITULO III : SIN NOMBRE

CAPITULO III

SIN NOMBRE

Narra Lucia

Escuchar aquella voz, suave, cadenciosa, dulce, me estremeció por completo. Permanecí inmóvil, mirándolo directamente a los ojos, porque había algo en ellos que me impedía apartar la mirada. De a poco, comencé a vislumbrar a su alrededor un brillo extraño, apenas perceptible al principio, como una claridad que no provenía de ninguna lámpara ni de la luz que entraba por la ventana.

Ahora podía verlo limpio, entero, despierto y, sobre todo, hablando y había pronunciado claramente mi nombre.

Aquello me transportó a un espacio de mi mente del que no podía salir. Era una sensación de paz y equilibrio tan profunda que, por unos instantes, la realidad pareció perder poder sobre mi cuerpo. No escuchaba los ruidos del hospital, ni el murmullo de las personas en el pasillo, ni siquiera el latido acelerado de mi propio corazón, solo existíamos él y yo.

Tuve que hacer un esfuerzo enorme para reaccionar y finalmente conseguí hablar, aunque mi voz salió mucho más débil de lo que hubiera querido.

—¿Cómo conoces mi nombre? ¿Quién eres?

Me observó con una expresión de desconcierto.—¿No te llamas Lucía?

—Sí.

—Entonces no entiendo la pregunta.

—Porque yo nunca te había visto antes y, sin embargo, sabes quién soy. Además... hablas mi idioma.

Una sonrisa casi imperceptible, pero confundida apareció en sus labios.

—¿Y por qué dices que no hablo tu idioma? te entiendo perfectamente, cada palabra; y su voz volvió a envolverme, era música, o al menos eso parecía.

Sentí vergüenza de mí misma por la forma en que lo miraba. Jamás había tenido aquel comportamiento con un desconocido, nunca había sentido la necesidad de observar a alguien de aquella manera, como si necesitara memorizar cada detalle de su rostro para convencerme de que realmente estaba allí.

Pero aquello era diferente, algo que no podía explicar, algo especial y único.

—Cuando te encontramos estabas desmayado —le expliqué, tratando de ordenar mis pensamientos—. Estabas tirado en un callejón y solo balbuceabas palabras incoherentes. Hace unos momentos, en cambio, pronunciaste algo con absoluta claridad. Creo que dijiste... —fruncí el ceño, tratando de recordar—. Il... naur... elyán... varé... O algo parecido, eso entendí.

Él negó lentamente con la cabeza. —No, no se dice así.

Lo miré sorprendida. —¿Entonces cómo?

Se incorporó apenas sobre la almohada y pronunció con claridad esas palabras —Ael... naor... elyán... varé...

Ese sonido volvió a recorrerme, me envolvía, lograba que todo lo que me rodeaba desapareciera.

—¿Qué significan?, logré preguntar, asombrada mientras vi que su rostro cambió y por primera vez pareció realmente asustado.—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Las llevo en la cabeza desde que desperté; y luego guardó silencio unos segundos.

—No recuerdo haberlas aprendido, tampoco recuerdo quién me las enseñó. Ni siquiera sé si las escuché antes. Pero están ahí, dijo llevándose una mano a la sien.

—Y algo me obliga a pronunciarlas.

Mi asombro crecía, mi curiosidad ya era problemática porque mantenía un nudo en mi estómago y la cabeza solo puesta en él. —¿Qué quieres decir con que algo te obliga, dije ya asustada

Me miró fijamente. —Cuando intento no decirlas... escucho una voz.

Al escucharlo sentí como si mi alma saliera del cuerpo y el miedo me envolvía de a poco, pero no sabía miedo a qué cosa era.

—¿Qué voz? – dije mientras él bajó lentamente la mirada-.

—La tuya. – En ese instante no supe qué responde, ¿cómo podía ser?, ¿mi voz lo obligaba a decir esas palabras?

—¿La... mía?, dije trastabillando, mis pies se hicieron para atrás – como en señal de defensa de algo que no podía ver.

Cambiando la dirección de su mirada hacia la ventana el asintió.—No sé de dónde viene. No sé por qué la escucho, pero me llama.

Esto ya era algo que me colmaba de espanto, no podía saber qué clase de persona estaba ayudando, ¿estaría bien de la cabeza? Pero inmediatamente me inundó un sentimiento de compasión, algo indefinido.

—¿Qué dice?, pregunto ya preocupada; pero durante unos segundos permaneció en silencio y después levantó los ojos hacia mí.

—Tu dices mi nombre.

-Lo miré asombrada porque nunca había dicho nada, no sabía ni como se llamaba

—Pero tu mismo me dijiste que no sabes cuál es tu nombre.

— Creo que ahora lo sé y la respuesta fue tan tranquila que me desconcertó.

—Antes dijiste que no tenías nombre, y que no sabías que era eso.

— Ahora lo recuerdo, pero no tengo un nombre que recuerde, y sin levantarse ni moverse hizo una pausa. Luego de unos instantes repite—Pero hay uno que aparece en mi cabeza cuando escucho tu voz.




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