CAPITULO IV
LA PRIMERA BATALLA
Narra Lucía
Había pasado gran parte de la noche pensando qué estaría haciendo aquel extraño joven que había llevado a una pequeña sucursal de una de las fundaciones que había levantado pese a las advertencias y oposiciones de Duncan McAister, mi padre, un hombre dedicado casi por completo a sus negocios mineros y, especialmente, a sus inversiones en Cerro Vanguardia en la provincia de Neuquén, Rio Gallegos, el lugar donde yo había nacido.
Lo había alojado en una pequeña habitación que Juan José, Rocío y yo habíamos acondicionado para él. Pero no podía dejar de preguntarme cómo estaría pasando la noche alguien que parecía desconocer absolutamente todo. A veces tenía la impresión de estar frente a un ser llegado de otro planeta: era tan inocente en su completa ignorancia y, al mismo tiempo, poseía una extraña seguridad ante todo lo que lo rodeaba. No intentaba ocultar que no sabía nada; preguntaba por los colores, por los objetos más sencillos, por la ropa que le habíamos dado y hasta por aquellas cosas que para cualquier persona formaban parte de la vida cotidiana.
A la mañana siguiente, el despertador sonó puntualmente. Me levanté, me di una ducha rápida y, todavía preocupada, subí a mi Fiat Uno para dirigirme a la fundación. Cuando llegué, encontré a Rocío esperándome en la puerta con una expresión de evidente molestia.
—¡Al fin llegas, Lucía! Si no venías pronto, me iba de este lugar para siempre —exclamó mientras se llevaba las manos a la cabeza.
—Hola, Rocío. ¿Qué sucede? ¿Por qué estás tan molesta?
—Ese joven que trajiste... se pasó toda la noche despierto arreglando todo lo que encontraba. Reparó la pata rota de la mesita del fondo, arregló el tapizado del sillón de la entrada y quién sabe cuántas cosas más. ¡Es como si nunca hubiera dormido en su vida!
La miré sorprendida.
—¡Cálmate! Pensé que había ocurrido algo mucho más grave, que había hecho un desastre o incluso que había robado algo. Pero me dices que estuvo arreglando cosas. Tal vez sea alguna clase de artesano... o simplemente encontró una manera de ayudarnos.
Rocío negó con la cabeza.
—A mí no me parece tan sencillo. Es extraño, Lucía, muy extraño y a veces tengo la sensación de que sabe lo que estoy pensando y eso no me gusta nada.
Sonreí intentando tranquilizarla.
—Creo que estás exagerando, amiga, ven, vamos a verlo. ¿Dónde está nuestro huésped?
—Se quedó en su habitación porque me vio enojada y creo que se asustó. Lleva bastante tiempo allí y no tengo idea de qué está haciendo.
—¿Y ni siquiera fuiste a comprobar si está bien? Ayer lo saqué de una clínica y, por lo que parece, tiene una amnesia bastante severa. Vamos, no me gustaría que le pase algo malo amiga, vamos.
Llegamos hasta la puerta. Estaba entreabierta, pero desde el pasillo no podía verse nada. La cama perfectamente tendida era lo único que alcanzaba a distinguir.
Golpeé suavemente.
—¿Estás ahí? ¿Puedo entrar?
No obtuve respuesta por lo que tuve que insistir un par de veces, esta vez un poco más fuerte, pero el silencio que había detrás de aquella puerta comenzó a inquietarme.
De pronto apareció su rostro, asomándose lentamente por el borde. Parecía asustado. Durante unos segundos permaneció mirándome, hasta que finalmente me reconoció y su expresión cambió por completo. Una sonrisa amplia y luminosa iluminó sus facciones.
—¡Lucía, has venido! Pensé que no ibas a llegar. ¿Tú también estás enojada conmigo?
Aquella expresión infantil despertó en mí una mezcla extraña de ternura y preocupación. —No, no estoy enojada. ¿Por qué habría de estarlo? ¿Hiciste algo malo?
Sus ojos buscaron los míos.
—Ella... —señaló a Rocío— parece estar muy molesta; creo que hice algo malo, pero no sé qué.
Me acerqué un poco más y le hablo bajito para animarlo—¿Quieres salir o prefieres que entre?
—Puedo salir si tú quieres... pero no quiero que estés enojada conmigo.
—No lo estoy. No hiciste nada malo, solo arreglaste las cosas que estaban rotas y evitaste que gastáramos dinero en repararlas. Ven, sal de ahí, vamos a desayunar. ¿Tienes hambre?
Su rostro volvió a iluminarse.
—Sí. Quiero comida. ¿Tienes eso que me dieron en la clínica? Era muy sabroso.
—No. Hoy voy a darte algo mucho mejor. Lo tomé de la mano y lo conduje hacia la cocina, mientras Rocío nos seguía con una expresión que dejaba claro que todavía no estaba convencida de nada.
Preparé una taza de café con leche y unas tostadas con manteca y dulce de leche. Las coloqué delante de él. —Toma. Bebe y come, sé que te va a gustar.
Ariel observó el desayuno con cierta desconfianza. Primero acercó la taza a su rostro y aspiró el aroma; después miró las tostadas como si fueran algo extraordinario. Finalmente tomó una y le dio un pequeño mordisco.
Entonces sucedió algo que me sorprendió.
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un amor de secretos, un ser sin memoria, una joven perseguida
Editado: 08.10.2026