CAPITULO VII
UN HOMBRE EN LA NIEBLA
Narra Lucía
Durante toda la tarde permanecimos juntos, abrazados, descubriéndonos de una manera que ninguno de los dos parecía comprender del todo. Ariel me enseñaba, sin proponérselo, que una persona podía sentirse amada con un simple roce, con una mirada sostenida unos segundos más de lo habitual, con la manera en que sus dedos recorrían mi piel como si temiera lastimarme. Cada vez que me tocaba, algo dentro de mí despertaba y una emoción profunda me recorría hasta hacerme olvidar todo aquello que durante años había cargado sobre mis hombros.
Era extraño. Toda la tristeza que había aprendido a soportar desde niña parecía perder importancia cuando estaba entre sus brazos. Sus besos tenían algo que no podía explicar; con cada beso que me daba quedaba suspendida en una sensación de bienestar que me hacía desear volver a sus labios una y otra vez. No necesitaba decirme nada. Bastaba con que me mirara para que sintiera que podía permanecer allí durante horas, perdida en sus ojos, sin miedo a nada de lo que existiera fuera de nosotros.
Por primera vez en mucho tiempo no pensaba en mi padre, ni en sus negocios, ni en el dinero que obtenía de aquellas empresas fantasmas que le permitían llevar la vida que tanto disfrutaba: los viajes, las comidas costosas, las fiestas en cualquiera de sus tres mansiones, las mujeres que entraban y salían de su vida con una facilidad que siempre me había avergonzado. Tampoco quería recordar el origen de cada billete que ponía en mis manos ni las casas de usura, los casinos, los pubs de procedencia dudosa y todas aquellas cosas que yo apenas comenzaba a sospechar que existían detrás de su fortuna. Por unas horas, Ariel conseguía que todo eso desapareciera.
Lo miré mientras permanecía recostado a mi lado y no pude evitar sonreír.
—Ariel, ¿cómo consigues que con solo poner tus labios sobre los míos me sienta así? —pregunté en voz baja—. Es extraño... Cuando me besas, todo lo que me duele parece desaparecer. Es como si por unos segundos pudiera olvidarme de quién soy y de todo lo que me ha hecho sufrir.
Él sostuvo mi mirada y durante unos instantes pareció buscar una respuesta que no podía hallar.
—No lo sé, Lucía. Cuando te abrazo me sucede algo parecido, y al tocar tu piel siento algo que no sé explicar; es como si dentro de mí hubiera un ser que solo despierta cuando estoy contigo. No recuerdo haber sentido algo semejante antes.
—Quizá porque nunca habías conocido a alguien que te hiciera sentir de esa manera.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios. —¿Tú crees?, me responde abriendo sus ojos.
—Sí, le contesto mientras con el dedo índice recorro el arco de su labio superior. Eso estremecía todo mi cuerpo.
—Entonces eres tú la que está haciendo esto conmigo.
—¿Yo?, me levanto de un brinco de su lado, asombrada
—Sí. Desde que apareciste, todo parece distinto. Al escuchar esa frase sentí que mi corazón se aceleraba, como un galope de un caballo dentro.
—También tú has cambiado muchas cosas en mí, dije volviéndome a sentar a su lado mientras tomo nuevamente su mano. Ariel levantó la otra mano apartando suavemente un mechón de mi cabello.
—Cuando te miro, Lucía, siento que algo dentro de mí quiere quedarse aquí, a tu lado, no moverme. Es absurdo porque ni siquiera sé quién soy, pero cuando estás cerca tengo la sensación de haber encontrado un sitio al que pertenezco de verdad, como si fueras mi hogar desde siempre.
Aquellas palabras me conmovieron más de lo que quería admitir.—Tal vez eso sea porque estás empezando a recordar quién eres, dije mirándolo fijamente y esperando una reacción de su parte.
—No. —Negó lentamente—. Creo que es algo diferente.
—¿Qué cosa?, pregunto alarmada, pero curiosa y siento que sus dedos permanecieron junto a mi rostro, me acariciaban de una forma tan especial que lograba que olvide todo lo malo por un instante.
—No lo sé, lo único que puedo decirte es que cuando te beso los perfumes se vuelven más dulces, los colores parecen distintos y siento una tranquilidad que jamás había conocido. Siento que mi alma regresara a un lugar conocido, a un espacio que siempre fue nuestro; es algo loco lo que digo pero es tan familiar la sensación que no puedo manejarla.
No pude responderle inmediatamente, solo pensé que había algo en su manera de hablar que me hacía sentir que aquellas palabras también me pertenecían.
—Entonces no eres un extraño, Ariel, quizá simplemente estás descubriendo una parte de ti que siempre estuvo allí.
—¿Y si no te gusta lo que encuentras?, me pregunta con una duda que se transforma y la dulzura de su expresión desapareció poco a poco.
—¿Por qué dices eso?, le digo mientras acaricio su rostro nuevamente, buscando su contacto
Bajó la mirada, y la sonrisa ya no estaba, solo agrega con lentitud—Porque no todo lo que hay dentro de mí es bueno.
Esas palabras me inquietaban como si fueran un rayo eléctrico que me atravesaba. —No puedes saberlo, todavía no recuerdas nada de tu pasado, y creo que lo mejor es volvamos al lugar donde te encontramos. Quizá allí aparezca alguna pista. Quizá algo despierte en tu memoria.
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un amor de secretos, un ser sin memoria, una joven perseguida
Editado: 08.10.2026