CAPITULO VIII
RECUERDOS ANTIGUOS
Narra Lucía
Durante toda la mañana estuve atendiendo en mi oficina, demasiado ocupada para prestar atención a quién entraba o salía, hasta que la puerta se abrió de golpe y levanté la cabeza. Mi padre apareció envuelto en una furia que jamás había visto en él. El abrigo revoloteaba por el viento que entraba desde la calle y su rostro estaba deformado por la ira; avanzó hacia mí sin siquiera detenerse a saludar.
—¡Lucía! ¿Qué está pasando con la cuenta de tu fideicomiso? Estás retirando demasiado dinero y perjudicando mis acciones.
—Es mi dinero, papá. Puedo disponer de él cuando quiera.
Aquella respuesta pareció encender todavía más su furia. Se abalanzó sobre mí, me tomó del cuello y apretó con tanta fuerza que durante unos segundos no pude respirar. Intenté apartarlo mientras trataba de levantarme de la silla, pero el movimiento hizo que esta retrocediera bruscamente y cayera hacia atrás. Mi cabeza golpeó contra el suelo con una violencia que me dejó aturdida.
La oficina comenzó a girar y quise incorporarme, pero mis brazos no respondían con precisión y una especie de niebla comenzó a cubrir mi visión.
Entonces escuché la voz de Juan José. —¡Don McAister! ¿Qué está haciendo? ¡Está lastimando a Lucía! ¡La va a matar! Intenté abrir los ojos.
A pesar de la visión borrosa alcancé a distinguir a mi padre de pie sobre mí y vi que algo había cambiado en él. Una masa oscura parecía rodearle la cabeza y los hombros, como una sombra espesa que se movía. Pero no estaba solo, detrás de él había otra figura.
Una silueta negra permanecía inmóvil, apoyando las manos sobre sus hombros como si lo estuviera sosteniendo o, quizás, guiando, quise mirar mejor, pero no pude y luego todo desapareció.
-Cuando recuperé la conciencia estaba recostada en uno de los sillones de la oficina. Lo primero que sentí fue una mano sobre mi frente, la de Ariel; abrí los ojos lentamente y su rostro apareció ante mí, aunque al principio solo distinguía sus ojos, luminosos, rodeados por una claridad que parecía provenir dentro de sí, lo envolvía.
-Escuchaba las voces lejanas de Juan José y Rocío, pero no conseguía comprender lo que decían. Parecían hablar desde una habitación muy distante, pero Ariel seguía acariciando mi frente y el dolor comenzó a desaparecer; no de manera gradual, como cuando una herida se calma. Simplemente retrocedió ante su contacto, la presión que tenía en la cabeza se disipó, la visión comenzó a aclararse y hasta la sensación de debilidad desapareció.
—Lucía, mi amor, ¿estás mejor?, su voz me llegó con una suavidad que me hizo sentir protegida. —Sí... dije torpemente e intenté incorporarme, pero lo que vi me detuvo, detrás de Ariel había una claridad extraordinaria.
No era la luz habitual que parecía acompañarlo algunas veces, eran formas transparentes que nacían detrás de sus hombros y se extendían hacia arriba y hacia los costados, semejantes a unas alas enormes formadas únicamente por luz y se movían; no como una tela agitada por el viento, sino con un movimiento propio, parecido a un aleteo silencioso.
Extendí las manos queriendo tocarlas, pero mis dedos las atravesaron, a pesar de mi manoteo no podía siquiera acercarme a ellas, sentirlas. Ariel me observó desconcertado. —¿Qué haces?, me dice retirándose asombrado
No pude responder y aquello desapareció de repente, parpadeé varias veces para aclarar la mirada, acomodar mi vista, pero las alas ya no estaban y me senté lentamente mirando a mi alrededor. Vi a mi padre estaba sentado en una silla, apartado de todos, con la cabeza baja. La masa oscura que había visto alrededor de él también había desaparecido.
—¿Estás bien, Lucía? —preguntó Rocío mientras se acercaba—. ¿Cómo te sientes?
—Estoy bien, respondí con esperanza de entender todo lo que había ocurrido, me sentía confundida y me llevé una mano a la cabeza, pero no tenía dolor ni siquiera la molestia que debería haber dejado un golpe semejante.
Rocío miró a Ariel. —No tiene casi ninguna marca. ¿Qué hiciste? Ariel pareció, abrió los ojos y parecía confundido.
—No hice nada malo, solo intenté ayudarla. Juan José y Rocío intercambiaron una mirada y yo también lo miré. En sus ojos se veía sorpresa y no sabía qué responder porque aquello que había hecho no era normal, y él lo sabía.
Me puse de pie lentamente y sentí con estupor que mi cuerpo estaba completamente recuperado. En ese instante pude recordar algo de lo ocurrido. Miré hacia mi padre. —¿Qué ha pasado aquí?, pregunté con furia, enojo; Duncan no podía haberse comportado como un completo matón, pero el no contestó.
Me acerqué con furia contenida hacia él y pregunto —Papá, ¿por qué me atacaste de esa manera?, ¿eres capaz de hacerme daño, a mi a tu única hija por unos pesos que – después de todo son de mi propiedad-. Pero él continuó con la cabeza baja.
—Duncan, mírame. ¿Qué te está pasando? Nunca voy a entender por qué reaccionaste así conmigo. Estabas fuera de control, hasta que finalmente levantó la cabeza y vi que sus ojos tenían una expresión que no reconocí.
—Eres una chica indisciplinada, Lucía, estás dilapidando la fortuna de la familia para ayudar a pordioseros y prostitutas con la complicidad de estos dos chupasangres – dijo mientras señala a Rocío y a Juan José-
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un amor de secretos, un ser sin memoria, una joven perseguida
Editado: 08.10.2026