CAPITULO IX
UN ENCUENTRO CON LAS TINIEBLAS
Narrador Omnisciente
Los instantes posteriores a la lapidaria respuesta de Zariel se convirtieron en un tormento para Ariel. Algo en las palabras de aquel ser despertaba ecos de una existencia que su memoria se negaba a devolverle. Vagas imágenes se agitaban en los rincones de su mente: espacios sin tiempo ni colores, una blancura infinita que parecía extenderse hasta los confines de la nada y silencios profundos que, de vez en cuando, se quebraban con el susurro de melodías maravillosas que solo podía percibir en lo más íntimo de su ser. ¿Eran recuerdos de una vida anterior o simples fragmentos de una conciencia extraviada? No lo sabía.
Sin embargo, cuanto más escuchaba a Zariel, más se convencía de que aquellas revelaciones escondían una amenaza que su mente no comprendía. La oscuridad, la persecución y la muerte parecían agazaparse detrás de cada palabra.
-No entiendo de qué me hablas, Zariel. ¿Estás diciéndome que no soy humano? ¿Qué significa ser un Nephilim? Llegué a este lugar sin recordar quién soy ni de dónde vengo. Ni siquiera conozco mi verdadero nombre, hasta me dieron uno: Ariel. Y desde que abrí los ojos, he conocido sentimientos de bondad que jamás habría imaginado posibles; he sentido felicidad, afecto… amor. ¿Por qué habría de seguirte a un sitio que desconozco? Y, sobre todo, ¿por qué debería creerte?
Zariel lo contempló con una mezcla de impaciencia y desprecio, como si aquellas preguntas fueran una muestra de la debilidad que tanto le irritaba.
-Hay demasiadas cosas que olvidaste con tu muerte, Gadreel, y es mi deber recordártelas. Pero no confundas mis explicaciones con una invitación a discutir, debes regresar al lugar al que realmente perteneces, a tu mundo.
Ariel sintió que estaba parado sobre un piso que lo tragaba con cada movimiento que hacía.
—¿Con mi muerte? —murmuró, apenas capaz de reconocer su propia voz.
—Un Nephilim es el hijo engendrado por un ángel y una mujer humana mediante una unión carnal. Para el Creador, de quien nosotros nos hemos apartado, no eres más que el resultado de una unión antinatural. La palabra Nephilim suele traducirse como «caídos», y tú eres uno de nosotros. No importa el nombre que te hayan dado ni lo que creas haber encontrado en este mundo, tu naturaleza caída no cambia.
Aquellas palabras lo golpearon con una violencia que ninguna agresión física habría podido igualar. Ariel permaneció inmóvil, incapaz de apartar la mirada de aquel rostro que parecía disfrutar de su desconcierto. ¿Era posible que todo cuanto había llegado a conocer de sí mismo fuera una mentira?, ¿que no perteneciera a la humanidad, que su existencia estuviera ligada a un mundo que no recordaba y que su destino hubiese sido decidido antes de que tuviera la oportunidad de entenderlo?
Una oleada de recuerdos lo asaltó, vio, como en una sucesión de imágenes inconexas, el instante en que había lastimado a Juan José, la fuerza desmedida que había surgido de su cuerpo y aquella oscuridad que parecía haberse apoderado de él sin que pudiera controlarla. El horror de aquel momento regresó con una nitidez insoportable. ¿Y si Zariel tenía razón?, ¿y si había algo dentro de él que podía despertar y arrebatarle el control de sus actos?
Pero también recordó a Lucía, todas las veces que había logrado aliviar su sufrimiento, aquella conexión inexplicable que los unía y la felicidad que lo invadía con solo sentirla cerca. En el pequeño universo que ambos habían comenzado a construir, Ariel había encontrado algo que jamás habría creído posible: un motivo para existir, un sentimiento de amor, pasión y hasta deseo de estar en ella.
No podía aceptar que todo aquello fuera obra de un ser condenado a la oscuridad. Y, sin embargo, el recuerdo de Juan José seguía clavado en su conciencia como una advertencia. ¿Quién era en realidad?
Ariel guardó silencio durante unos instantes, solo necesitaba aferrarse a alguna certeza, encontrar una grieta en el relato de Zadriel que le permitiera rechazar aquellas palabras antes de que terminara por destruirlo. Finalmente, alzó la cabeza, la quietud de sus ojos no consiguió ocultar el miedo que comenzaba a envolverlo.
-Si soy lo que dices y me viste morir, ¿por qué estoy aquí?, ¿por qué puedo hablar contigo, sentir, pensar… amar? ¿Qué soy, Zariel?, ¿un muerto que cree estar vivo?
Una carcajada áspera escapó de los labios de ese ser oscuro que se llamaba ángel oscuro.
-¡Ja, ja, ja! Mira, Gadreel… o Ariel, como te han llamado aquí, tú no eres un ángel ni un humano y tampoco estás vivo en el sentido en que lo están ellos, pero tu existencia tampoco terminó con la muerte. Has sido destinado a cumplir una misión, y esa misión es destruir a nuestros enemigos.
El dolor helado que recorrió la espalda de Ariel le hizo comprender que aquella conversación había dejado de ser una explicación sobre su pasado. Zariel no había venido únicamente a revelarle quién era, había venido a llevarlo a un sitio del que él no sabía nada.
-¿Y quiénes son esos enemigos que, según tú, debemos destruir?
-Cualquier humano o ser celestial que se oponga a la voluntad de nuestro amo y señor. No podemos permitir que la humanidad se llene de personas que se ayudan unos a otros, que se convierten en guías para sus semejantes mientras los conducen hacia el mundo de la luz. El Creador les concedió algo que nosotros no tenemos intención de respetar: “el libre albedrío”. Que cada uno encuentre su destino por sus propios medios.
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un amor de secretos, un ser sin memoria, una joven perseguida
Editado: 29.10.2026