Luz Oscura

CAPITULO XIII: UNA OFRENDA PARA LA OSCURIDAD

CAPITULO XIII

UNA OFRENDA PARA LA OSCURIDAD

-No consigo recordar cómo he llegado hasta aquí. Hace unos instantes estaba en casa, en mi habitación, y ahora me encuentro en este callejón, con ustedes, en pleno horario de oficina -digo- mirando desconcertada a Juan José y Rocío, que me observan como si la que no estuviera en sus cabales fuera yo.

-No lo sabemos, Lucía -responde Juan José. Nosotros llegamos solo hace unos momentos y encontramos la oficina cerrada y te buscamos por los alrededores hasta que te vimos aquí. ¿Qué hacías con Ariel y esa chica tan linda?, ¿es su amiga o quizá su hermana?, la verdad es que se parecen bastante, vamos tenemos que ir a preguntarles.

Nos damos vuelta para acercarnos a ellos, pero ya no hay nadie, asombrada miro hacia ambos extremos del callejón, intentando ver por dónde se han marchado y creo que es imposible que hayan pasado a nuestro lado sin que los viéramos; tampoco recuerdo haberlos visto alejarse, estaban a mi lado. Lo más extraño es que, por un instante, tengo la impresión de que Ariel acaba de desaparecer de este sitio cuando casi no hay espacio para que desaparezca. Sacudo la cabeza, molesta conmigo misma por pensar semejantes disparates.

-¡Qué extraño!, ya no están, ¿adónde pudieron irse tan rápido? -murmura Juan José-. No lo entiendo, es raro que se hayan ido sin saludar siquiera, pero bueno, abramos la oficina y veamos qué trabajo tenemos pendiente.

Mientras caminamos, Rocío se acerca a mí.

-Lucía, ¿estás mejor con tu padre?, la última vez que vino casi te levanta la mano por los gastos y, gracias a Ariel, la cosa no pasó a mayores. Ojalá que ese chico regrese, aunque reconozco que es muy misterioso; a veces viene, otras desaparece durante días y nunca sabemos dónde está. Pero siempre aparece cuando más lo necesitamos, es un chico hermoso pero extraño.

La escucho con atención, aunque sus palabras me provocan una sensación extraña. ¿Por qué habla de Ariel como si fuera alguien tan importante para mí?, sé que me ayudó con mi padre, pero no recuerdo haber tenido con él la cercanía que Rocío parece atribuirnos, creo que mi amiga se está confundiendo bastante.

-La verdad, ni siquiera me había dado cuenta de que se había marchado – dije tal vez un poco asombrada – y a la chica que estaba con él no pude verla bien, estaba un poco alejada. ¿Cómo es?, descríbemela, por favor, porque no quiero parecer maleducada si vuelvo a encontrarla, me siento como una perfecta tonta y no sé como pude olvidar tener un poco más de educación con ellos.

-Es demasiado linda -interviene Juan José, con una expresión soñadora-. Tiene el cabello largo y castaño, y los ojos más hermosos que he visto en mi vida, y ese rostro… Si vuelvo a verla, la invito a salir.

-¡Oye! ¿Cómo se te ocurre? -lo reprende Rocío-, ¿y si es la hermana o la novia de Ariel? Además, deben de ser personas que viven en la calle, por más lindos que sean, podrían sentirse incómodos si les haces propuestas fuera de lugar. No olvides que nosotros estamos para ayudarlos y buscarles refugio, no para confundir las cosas.

-Hablas como si fueras mi madre, Rocío, tampoco iba a proponerle matrimonio, solo dije que es bonita y que podría invitarla a salir, realmente no creo que eso ofenda a nadie.

-Creo que Rocío tiene algo de razón -intervengo, más molesta de lo que quiero parecer-Nosotros no debemos mezclar nuestra vida personal con la gente a la que ayudamos. Sería darles una ilusión que quizá no corresponde y además, Juan José, no puedes estar invitando a salir a personas a quien ni siquiera conoces.

Él me mira con una sonrisa burlona.

-Curioso que digas eso porque hasta ayer tú y Ariel parecían demasiado unidos, se encerraban durante horas para hablar, iban juntos a todas partes y hasta le pagaste una clínica privada. Nunca habías hecho algo así por nadie, mucho menos por alguien que encontramos en la calle, ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo?

Me detengo un instante, tratando de encontrar en mi memoria alguna explicación para lo que me cuenta, pero nada me viene a la cabeza, solo una sucesión de imágenes borrosas, como si alguien hubiera arrancado varias páginas de mi vida y hubiera dejado los bordes en blanco. Me sentía extraña y confundida.

-No recuerdo haber tenido tanta comunicación con Ariel -respondo, procurando que mi voz no revele tanto desconcierto-, me ayudó con mi padre, pero supongo que lo hizo por agradecimiento. Fuera de eso, no sé de dónde viene ni cómo vive, quizá, cuando regrese, le pregunte dónde se está quedando.

-Lucía, ¿no recuerdas que le dejaste un espacio en la oficina para que pudiera dormir?, ¿o es que ya se fue de allí?

Lo miro, sorprendida.

-Me quedo pensando un instante y recuerdo - es cierto… no recordaba que se estaba quedando aquí, pero bueno chicos yo creo que ya es hora de ayudarle a encontrar trabajo y un lugar donde vivir. Apenas tenemos espacio para nosotros.

-Te desconozco -insiste Juan José-, me parecía que lo apreciabas un poquito demasiado, ¿ahora ya no sientes ese apego?

-Te equivocas, no tengo ese apego del que hablas, y ya deja de decir tonterías, Juan. Vamos, se nos hace tarde y tenemos demasiado trabajo.




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