Luz Oscura

CAPITULO XIV. DOS MUNDOS-DOS DECISIONES

CAPITULO XIV

DOS MUNDOS QUE SE CRUZAN – DOS DECISIONES

Narra Ariel

Al dejar a Lucía en aquella calle, tuvimos que regresar con Aniela al círculo espacio-temporal que nos permitiría volver a nuestro mundo. Durante el trayecto no pude dejar de pensar en ella, en cómo habría quedado después de todo lo sucedido y en el vacío que debía de sentir sin comprender qué le había ocurrido. Yo, en cambio, lo recordaba todo, incluso los momentos que habría preferido olvidar, porque sabía que ella había perdido para siempre los recuerdos de lo que habíamos vivido juntos.

Hasta el conocimiento de mi existencia se había desvanecido casi por completo de su memoria, y esa certeza me había transformado en un ser triste, despojado de la alegría y la paz. Todo cuanto me hacía sentir vivo provenía de sus ojos, de su presencia y de aquella cercanía que había conseguido hacerme sentir parte de algo. Ahora ella ya no estaba conmigo y, por primera vez desde que había descubierto quién era, me preguntaba si realmente existía un lugar en el universo donde no me sintiera perdido.

-Ariel, ya estamos en casa, en nuestro mundo -anunció Aniela, interrumpiendo mis pensamientos-. Vas a conocer a nuestros hermanos, todos te esperan, desean conocerte y saber qué capacidades has desarrollado durante tu estancia en la Tierra. Ven, acompáñame, la mayoría está reunida allí.

La seguí sin demasiado entusiasmo, aunque procuré disimularlo, porque no quería mostrar mi tristeza. Al aproximarnos, descubrí a numerosos seres celestiales que conversaban en pequeños grupos, rodeados de una luminosidad difícil de describir. Sus alas tenían colores muy distintos de las mías: algunas eran blancas como la nieve bajo el sol, otras parecían plateadas, doradas o de un azul tan profundo que recordaba el cielo antes del amanecer.

Cada uno poseía características propias, pero todos compartían algo que me desconcertó desde el primer instante: ninguno parecía hombre ni mujer, al menos no como los seres humanos, sus rostros eran hermosos, aunque de una belleza difícil de asociar con cualquier rasgo humano, y solo Aniela se había mostrado ante mí con una apariencia completamente femenina.

-Aniela, ¿todos nuestros hermanos son varones? -pregunté en voz baja-. ¿No existe nadie más con una forma parecida a la tuya?, y ella sonrió, como si mi pregunta le resultara tan natural que no mereciera una explicación demasiado extensa.

-No, Ariel, somos todos iguales en ese aspecto, solo yo he elegido mostrarme ante ti con esta forma, porque así te resulta más fácil estar acá. No tenemos género como los humanos, aunque nuestras apariencias pueden diferenciarse por el color de la piel, el cabello, los ojos o las alas.

-Entonces, ¿por qué yo soy diferente? -insistí, observándome las manos, buscando en ellas alguna respuesta-. Si este lugar siempre fue mi hogar, debería parecerme a ustedes, pero cuanto más los miro, más evidente resulta que no soy igual a ninguno. Aniela dejó de sonreír y me observó seria.

-No somos una raza, Ariel, sino seres celestiales creados por el Padre con propósitos diferentes. Existen otras jerarquías superiores a la nuestra, pero sus responsabilidades son distintas y ahora se encuentran ocupadas en sus labores; nuestra misión – ahora - consiste en acogerte, ayudarte a comprender quién eres y enseñarte a utilizar los dones que posees.

-¿Y qué más puedo hacer?, hasta ahora me has enseñado a levantar una barrera de contención, a realizar una expansión de ataque, a volverme invisible y a desplegar mis alas. ¿Hay otras capacidades que todavía desconozco?

Aniela iba a responder cuando un joven se acercó a nosotros con una sonrisa tan espontánea que, por un instante, consiguió apartar mi tristeza. Tenía mi misma estatura y aparentaba una edad semejante, aunque su piel era oscura y sus alas, de un blanco deslumbrante, parecían recoger la luz que nos rodeaba, había algo en su presencia que inspiraba una confianza inmediata, una serenidad invasiva, como si su sola proximidad pudiera aliviar un dolor que yo no sabía cómo soportar.

-¡Hola, Ariel! -exclamó-. Por fin estás aquí, llevábamos mucho tiempo esperando tu llegada y nos alegra que estés con nosotros. ¿Cómo te sientes en nuestro hogar?, espero que pronto puedas compartir nuestra dicha.

-Hola -respondí, sorprendido por la calidez que me transmitía-, no sé muy bien qué contestarte, todo esto es nuevo para mí, aunque Aniela dice que este lugar siempre fue mi casa. ¿Cómo te llamas?

-Me llaman Camael y estoy aquí para ayudarte, puedo percibir que estás sufriendo; llevas contigo una pena profunda, semejante a la de quienes han perdido a alguien que aman, pero no necesitas ocultarlo. Esa es precisamente mi función, la que el Padre me ha encomendado: llevar consuelo a los mortales cuando la pérdida les hace creer que ya nada tiene sentido, y enseñarte a reconocer ese don cuando lo encuentres en ti.

Sus palabras me conmovieron más de lo que habría querido admitir. No había mencionado a Lucía, pero era como si hubiera visto todo cuanto yo guardaba en mi interior.

-Es cierto, Camael, estoy triste porque he perdido a mi compañera humana y no sé cómo seguir adelante sin ella, aunque hay algo que tampoco consigo entender: si ustedes fueron creados para servir al Padre, ¿por qué no tienen compañeros como los humanos? ¿Por qué yo pude amar a alguien de esa manera y ustedes no?




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