Maldita herencia

Maldita herencia

—Qué mierda de requisito, nena —bufa Marta—. ¿Seguro que es legal?

Me encojo de hombros.

—No lo sé, me lo ha dicho el abogado y creo que es la letra de mi yaya —respondo, pasándole la carta.

Marta lo lee frunciendo el ceño.

—A ver si me he enterado: heredas ese casoplón con la condición de pasar una noche ahí sola sin modificar nada.

Asiento, incapaz de no soltar una risita.

—Y ojo, que tengo que dormir en el dormitorio de la tercera planta —digo medio divertida—. Y después ya puedo quitar ese estúpido papel de pared y tirar tabiques.

—Excentricidades de ricos —responde, rodando los ojos.

La casa está bien cuidada por fuera y dentro, pero está terriblemente desactualizada, con paredes florales y muebles de madera oscura.

Mi yaya siempre fue una mujer generosa y cariñosa pero muy excéntrica. Las pocas veces que visité su casa, me echó antes del atardecer. Recuerdo escuchar a mi madre discutiendo con ella por no haber esperado que fuera a buscarme.

Las escaleras son amplias, pero algunas crujen de forma inevitable, nada que no pueda arreglar un carpintero.

Abro la puerta del dormitorio y silbo al verla. Es la habitación más rara de la casa. Desde fuera parecía que iba a ser más grande. Tiene una cama con dosel, el marco de un espejo de pie vaciado, paredes de un rojo casi marrón y, lo más extraño, ninguna ventana.

A mí me gusta dormir en completa oscuridad, pero esto es excesivo. Parece la habitación de un loco.

Me acerco a la coqueta y es entonces cuando escucho por primera vez como uñas arañando una pizarra. Un escalofrío me recorre la espalda. Cojo la lámpara de la mesita por instinto y me asomó al pasillo. No hay nadie. Me asomo a la ventana del cuarto contiguo y tampoco veo a nadie abajo, ni siquiera un gato callejero.

Vuelvo a entrar en el dormitorio y dejo la lámpara. Delante de Marta me hice la valiente, pero yo ya sabía que iba a pasar miedo e imaginarme cosas esa noche.

Mientras me acomodo para dormir intento no darle muchas vueltas y pongo música en el móvil para no quedarme sola con los ruidos de la casa, pero cuando finalmente me acuesto y apago la música, los arañazos vuelven.

Enciendo la luz y me quedo muy quieta, intentando no temblar. Los arañazos son sustituidos pronto por un murmullo.

Me acerco a la puerta, pero el sonido se atenúa. Vuelvo a la cama y me doy cuenta de que se oye mejor tras el cabecero de la cama.

Con el corazón acelerado, pego mi oído a la pared y aunque oigo el murmullo con más claridad, sigo sin entender lo que dice. Son demasiadas voces.

Cuando me concentro, por fin puedo entender algo:

—No dejes que entre.

En ese momento, en plena tensión, un ruido me saca de mis pensamientos. El timbre de la puerta. Son solo las once, pero sigue siendo una hora extraña para visitas.

En la entrada me encuentro a un desconocido. Es guapo, joven y va bien vestido. Tiene un aura innegablemente magnética.

—Buenas noches, señorita Rodríguez, soy el abogado de su tía Ágata —dice con una sonrisa formal y encantadora—. Lamento muchísimo la hora, pero justo vi luz y, como quedan algunos papeles por firmar pensé que si me pasaba ahora no tendría que molestarla mañana.

Estoy desconcertada. Solo he hablado con el abogado por teléfono así que no sé qué aspecto tiene en realidad, pero su voz no me suena. Es demasiado aterciopelada y demasiado agradable.

—¿Me deja pasar? —pregunta cortés, sacándome de mis pensamientos—. Será solo un momento.

Por unos instantes dejo de pensar en lo que ocurrió en la habitación. Ver a una persona me aleja de esos estúpidos miedos paranormales. Pero en ese momento caigo. ¿Qué luz ha visto? Si la habitación no tiene ventanas.

—Mejor mañana —atino a decir, asustada.

El hombre no contesta. Si lo creí humano alguna vez, ya no. Sigue sonriendo, pero está tan quieto como una estatua de mármol en la entrada de la casa.

Cierro la puerta de golpe y los arañazos vuelven al instante. Esta vez los oigo en todas partes, desde el techo hasta bajo mis pies. El corazón me va a mil, me castañean los dientes.

—Señorita, déjeme entrar —escucho tras la puerta, con demasiada calma.

Entonces el murmullo regresa. Viene de la habitación. Corro hacia allá, escuchando cómo los arañazos me siguen.

Entro y cierro tras de mí. El murmullo se ha convertido en una cacofonía de gritos femeninos. No logro entender nada.

Cierro los ojos, conteniendo las lágrimas cuando por fin logro comprender una palabra.

—Ahora.

Trato de tranquilizarme y me pego al extremo de la pared más alejado de la puerta, donde las voces son más intensas.

—Entra —susurro, insegura de si he sido oída.

Pero los arañazos se detienen de repente. Por unos segundos no escucho nada, hasta que oigo el crujido de las escaleras. Alguien sube.

La puerta se abre sola y veo al hombre de antes, que parece deslizarse al interior en lugar de caminar. Su rostro es el mismo, pero sus facciones están desencajadas y sus colmillos no son de este mundo. Es horrible, una boa hecha persona. Sus ojos están fijos en mí.

En ese momento, el cabecero de la cama se astilla hasta romperse y de él empiezan a salir, como si fuera un ataúd infinito, no menos de diez mujeres. Más jóvenes, más mayores, más bellas y menos, pero todas con la boca desencajada como la de él. No conozco a ninguna, salvo a mi yaya, que me mira un instante antes de lanzarse hacia él.

La que lleva las ropas más viejas es la única que le dirige la palabra.

—Hola de nuevo, maridito mío —dice.

Y justo después, entre todas, se dan un banquete ante mis ojos.



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En el texto hay: herencia, relato corto, terror

Editado: 31.10.2026

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