Manual para no enamorarse de Alessandro.

Capítulo 45.

Toscana.

Hay viajes que sirven para conocer un lugar.

Y hay viajes que sirven para conocer mejor a la persona que va sentada a tu lado.

Dos semanas después de la cena con la familia Bianchi, Alessandro apareció frente al departamento de Julieta con una expresión sospechosamente tranquila.

Eso nunca era buena señal.

—Buenos días.

—Buenos días.

Él sonrió.

—Traje café.

—Te perdono cualquier cosa.

—Todavía no sabes qué hice.

Julieta tomó el vaso de café.

—¿Qué hiciste?

Alessandro sacó dos boletos del bolsillo del saco.

—Cancelé todas mis reuniones del fin de semana.

Ella arqueó una ceja.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Voluntariamente?

—Sí.

—¿No te obligaron?

Él comenzó a reír.

—No.

—Estoy preocupada.

—No deberías.

Le entregó los boletos.

—Nos vamos mañana.

Julieta los observó.

Sus ojos se abrieron lentamente.

—¿La Toscana?

Alessandro asintió.

—Quiero enseñarte uno de mis lugares favoritos de Italia.

Al día siguiente aterrizaron temprano.

El aire olía diferente.

Las calles eran estrechas.

Las fachadas de piedra parecían sacadas de un cuadro.

Julieta no dejaba de mirar por la ventana del automóvil.

—Es precioso...

Alessandro sonrió al verla tan emocionada.

—Todavía no has visto lo mejor.

Llegaron a un pequeño pueblo rodeado de colinas y viñedos.

No había edificios enormes.

Ni tráfico.

Solo casas antiguas, bicicletas apoyadas en las paredes y personas saludándose por su nombre.

—Aquí crecían los olivos de mi abuelo.

Julieta lo miró.

—¿Venías mucho?

Él asintió.

—Todos los veranos.

Corría por estas calles.

Me escondía entre los viñedos.

Y mi nonna me perseguía porque siempre regresaba lleno de tierra.

Ella soltó una risa.

—Puedo imaginarlo perfectamente.

Caminaron por la plaza principal.

Un anciano levantó la mano al ver a Alessandro.

—Alessandro!

Él respondió en italiano con una sonrisa enorme.

Julieta observó la escena fascinada.

El hombre se acercó.

Los abrazó.

Luego comenzó a hablar muy rápido en italiano.

Demasiado rápido.

Julieta solo entendió una palabra.

"Bella."

Nada más.

Alessandro respondió entre risas.

El anciano volvió a mirar a Julieta.

Le sonrió con ternura.

Y levantó el pulgar.

Cuando finalmente se despidió, Julieta cruzó los brazos.

—Muy bien.

Alessandro intentó parecer inocente.

—¿Qué?

—Tradúceme la conversación.

—No fue importante.

—Alessandro...

Él suspiró.

—Preguntó si tú eras la chica de la que hablo cada vez que llamo.

Julieta abrió mucho los ojos.

—¿Hablas de mí hasta aquí?

Él carraspeó.

—Un poco.

—¿Un poco?

—Tal vez bastante.

Ella negó con la cabeza mientras sonreía.

—No tienes remedio.

Siguieron caminando hasta una pequeña cafetería.

El dueño salió inmediatamente.

—¡Dottore!

Alessandro lo abrazó.

—Qué gusto verlo.

El hombre miró a Julieta.

Sonrió ampliamente.

Y, sin preguntar nada, colocó dos rebanadas enormes de pastel sobre la mesa.

Julieta levantó una ceja.

—Nosotros no pedimos eso.

El dueño respondió en italiano.

Alessandro empezó a reír.

—¿Qué dijo?

Él se mordió el labio para no seguir riendo.

—Dice que… si por fin traje a la mujer de la que llevo meses hablando, el postre corre por su cuenta.

Julieta dejó caer la cabeza sobre la mesa.

—No puede ser.

—Puede ser.

—Toda Italia sabe quién soy y yo ni siquiera los conozco.

Alessandro soltó una carcajada.

—Creo que sí exageré un poquito.

—¿Un poquito?

—...Sí.

Ella lo señaló con el tenedor.

—No vuelvas a hablar de mí con desconocidos.

Él sonrió con esa expresión traviesa que aparecía muy pocas veces.

—No puedo prometer eso.

—¿Por qué?

La miró directamente a los ojos.

Sin bromear.

Sin apartar la vista.

—Porque cuando algo te hace feliz...

es difícil no hablar de ello.

Julieta sintió que el corazón le dio un vuelco.

Ese hombre tenía la extraña habilidad de convertir una frase sencilla en algo inolvidable.

Al salir de la cafetería, caminaron entre los viñedos mientras el sol comenzaba a esconderse.

El cielo se pintó de tonos dorados y anaranjados.

Julieta respiró profundamente.

—Gracias por traerme.

Alessandro la miró.

—Gracias por venir.

Ella sonrió.

—¿Sabes qué me gusta de este lugar?

—¿Qué?

—Que aquí no eres el doctor Bianchi.

Ni el empresario.

Ni el hombre al que todos admiran.

Aquí solo eres Alessandro.

Él tomó su mano lentamente.

—Y contigo...

es la versión de mí que más me gusta ser.

Julieta apoyó la cabeza en su hombro mientras seguían caminando entre los olivos.

Por primera vez desde que se conocieron, no tenían prisa.

No había llamadas.

No había reuniones.

No había cirugías.

Solo ellos dos.

Y el sonido del viento moviendo las hojas de los árboles.

A veces, el amor no necesitaba grandes declaraciones.

A veces bastaba con caminar al mismo ritmo de la persona correcta.

Continuará... 💗🇮🇹📖



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En el texto hay: humor, romace, vida cotidiana

Editado: 17.10.2026

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