AUREN
El ardor comenzó antes del amanecer.
Abrí los ojos de golpe. Durante unos segundos no entendí qué estaba pasando. La habitación estaba completamente oscura, de no ser por una pequeña franja de luz que entraba por las cortinas. El silencio era extraño; no se escuchaban voces en la calle, ni pasos en el apartamento de arriba, ni siquiera el ruido de los vehículos que normalmente comenzaban a circular a esas horas. Solo podía escuchar mi propia respiración y aquel dolor.
Me llevé una mano al brazo. La sensación venía de ahí. Era un calor profundo, como si alguien hubiera acercado una llama a mi piel y la hubiera dejado allí.
—¿Qué...?
Me incorporé con el corazón acelerado y encendí la lámpara de la mesa de noche.
Entonces la vi.
Una pequeña línea negra atravesaba mi piel.
Me quedé inmóvil. No parecía una herida. No había sangre ni corte. Era tinta.
Pero la tinta se movía.
Retrocedí sobre la cama.
—No.
La palabra apenas salió de mi boca.
La línea avanzó lentamente, primero hacia un lado y después hacia el otro, como si una mano invisible estuviera escribiendo directamente debajo de mi piel. Me subí la manga hasta el hombro y no pude apartar los ojos de aquello.
Sabía lo que era.
Todos lo sabíamos.
Las Marcas.
Había pasado años escuchando hablar de ellas. Desde que éramos pequeños nos enseñaban que una Marca no era una enfermedad, ni una maldición, ni un castigo. Era un destino. Eso decían. Un destino que nadie podía evitar, uno que, tarde o temprano, llegaba para todos.
Pero yo había tenido suerte.
O eso había querido creer.
Durante años había visto a personas mayores que yo recibir sus nombres. Había visto cómo sus familias lloraban, cómo los Custodios llegaban a sus casas y cómo las puertas se cerraban detrás de ellos. Y siempre pensaba lo mismo.
Por suerte todavía no me ha tocado.
Era una idea infantil, pero era mía.
La tinta continuó formando letras. Una curva, una línea vertical, otra curva. Poco a poco apareció la primera letra.
K.
Sentí un vacío en el estómago.
—No...
La segunda letra apareció.
A.
Me levanté de la cama sin saber por qué. Quizá necesitaba alejarme de aquello. Quizá una parte de mí todavía esperaba que, si dejaba de mirar, desapareciera.
Pero seguí mirando.
E.
Respiré hondo.
La última letra tardó más. Mucho más.
Y cuando finalmente apareció, sentí que el mundo se quedaba en silencio.
L.
Kael.
Ese era el nombre.
Lo repetí en mi cabeza una vez. Después otra. No conocía a ningún Kael y, sin embargo, alguien, en algún lugar, llevaba mi nombre sobre la piel.
Mi cuerpo comenzó a temblar.
Me acerqué al espejo. Mi reflejo parecía extraño. Era yo: el mismo rostro, el mismo cabello desordenado, los mismos ojos. Pero ya no me reconocía completamente.
Bajé la mirada hacia mi brazo.
Kael.
No sabía quién era. No sabía dónde estaba, qué edad tenía o si sabía que yo existía.
Solo sabía una cosa.
Llegaría el día en que tendría que encontrarlo.
Y cuando ese día llegara...
uno de los dos tendría que morir.
Tres golpes sonaron en la puerta.
Me quedé helada.
No. No podía ser tan rápido.
Los golpes fueron pausados y firmes. Los conocía.
Los Custodios.
Miré hacia la puerta y después hacia mi brazo. La manga cayó sobre la Marca justo cuando volvieron a golpear, esta vez con más fuerza.
—Señorita Auren.
Cerré los ojos.
Habían venido por mí.
Por supuesto que habían venido por mí.
Los Custodios sabían cuándo aparecía una Marca. Siempre lo sabían. Era una de las primeras cosas que aprendíamos de niños.
Los Custodios lo saben todo.
Nunca había pensado demasiado en esa frase.
Hasta ese momento.
Caminé lentamente hacia la puerta. Cada paso parecía demasiado fuerte. Puse la mano sobre el picaporte y dudé.
Podía no abrir. Podía fingir que estaba dormida. Podía esconder la Marca.
Durante unos segundos consideré seriamente hacerlo. Entonces recordé todas las historias de personas que habían intentado ocultar sus nombres.
No había terminado bien para ninguna.
Abrí.
Dos hombres estaban frente a mí. Ambos llevaban los uniformes negros de los Custodios, botas oscuras y la insignia plateada sobre el pecho. El hombre de la derecha sostenía una pequeña tableta, mientras que el otro simplemente me observaba.
—Señorita Auren.
—Sí.
—Recibimos el reporte de que su Marca ha aparecido.
Miró hacia mi brazo.
Yo también.
—Sí.
—Necesitamos que nos acompañe.
—¿A dónde?
El hombre tardó un segundo en contestar.
—A Veyra.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Veyra.
La palabra por sí sola parecía pesar.
—¿Por cuánto tiempo?
—Dependerá de la evaluación.
—¿Qué evaluación?
—La de su Marca.
—Ya saben qué nombre dice.
El hombre me miró.
—Sabemos qué nombre apareció.
Fruncí el ceño.
—Entonces, ¿qué necesitan evaluar?
Hubo un silencio incómodo antes de que el Custodio de la tableta levantara la mirada.
—Todo lo demás.
No me gustó esa respuesta.
—¿Puedo cambiarme?
—Cinco minutos.
Cerré la puerta y me quedé apoyada contra ella. Respiré una vez, dos, tres, intentando ordenar todo lo que estaba pasando. Entonces fui hacia mi habitación.
No sabía cuánto tiempo estaría fuera. No sabía si volvería a dormir en mi cama ni si volvería a ver mi casa. Y lo peor era que no tenía derecho a preguntar.
Así funcionaba todo.
Cuando los Custodios daban una orden, no se discutía. Desde que nacíamos nos enseñaban eso.
El orden existía porque alguien tenía que mantenerlo.