Mariposa Capoeirista (libro 3)

CAPÍTULO 6

Elizabeth llevaba una semana trabajando en la boutique, también había retomado sus clases de japonés, con varios profesores en línea; aprovechaba para hacerlo en la tranquilidad y comodidad de su oficina, solo eran un par de horas tres veces por semana.

Se mantenía más en contacto con su madre debido al trabajo, pero aprovechaban esas conversaciones para entrar al terreno familiar.

—La próxima semana empiezan los ensayos —dijo mirando a través de la pantalla a su madre, sentada en el sillón de su oficina.

—Qué bueno cariño, ¿a qué horas serán?

—Por la tarde, Alex me llevará y se quedará conmigo hasta que terminen… Mamá, no te había contado… —dijo emocionada—, fui a visitar a avô como me aconsejaste, le conté sobre Alex, tenía que hacerlo; estaba muy nerviosa, pero terminó siendo muy comprensivo, hasta lo invitó a comer.

—Lo sé cariño, Sophia me lo dijo, pero no había querido comentarte nada porque me pidió que no lo hiciera, era algo que te correspondía a ti decirme.

—¿Y qué te dijo? —preguntó entre emocionada y nerviosa.

—A ella le agradó, dice que parece ser un buen hombre y que definitivamente está loco por ti —confesó y Elizabeth chilló de la emoción—. Confieso que eso me tranquilizó bastante, porque confío plenamente en ella.

—Es un buen tipo mamá, tienes que conocerlo en persona… Esta noche vamos a salir a bailar con unos amigos de él, llevaré a Ana… Las gemelas tuvieron que viajar a Bahía para una reunión.

—Ten mucho cuidado amor, sabes que no debes aceptar ninguna bebida…

—Lo sé mamá, no te preocupes estaré con Alex.

—Aunque estés con él, no confíes totalmente —aconsejó. Bien sabía que no podía creer totalmente en ese hombre, había pasado tan poco tiempo como para que se cegara ante las emociones.

—Está bien, tendré cuidado.

—¿Has hablado con Luck? Es que no he sabido mucho de él en los últimos días.

—Sí, hablamos casi a diario, sabes que no puedo vivir sin él; está ansioso porque pase rápido el tiempo, para vernos en el carnaval —dijo alborozada, pero se reservó ese poco de nostalgia que sentía por extrañarlos a todos.

—El tiempo se va volando, aunque sin ti en casa parece que se hubiera detenido.

—¿Cómo está papá?

—Bien, tan ocupado como siempre, extrañándote en todo momento… Aunque todavía muy dolido.

—Lo sé, quizá ni siquiera pregunte por mí.

—Sí lo hace. —Mintió para no romperle el corazón a su hija. Aunque Samuel no preguntara por Elizabeth, ella se encargaba de decirle cómo se encontraba.

—Entonces, ¿por qué no me llama? Ni siquiera me escribe —protestó con un nudo en la garganta. 

—Porque ya sabes lo orgulloso que es. Deberías hacerlo tú, en lugar de esperar a que sea él el que dé el primer paso.

—No si él no lo hace.

Rachell puso los ojos en blanco por la molestia que le provocaba ese duelo de orgullo entre padre e hija; definitivamente, Elizabeth había heredado lo peor de Samuel.

—Bueno, ya llegará el momento en que alguno dé su brazo a torcer… —Desvió la mirada de la pantalla porque tocaron a su puerta—. Cariño, te tengo que dejar, tengo una reunión que atender —explicó al tiempo que hacía un ademán, invitando a su secretaria a pasar.

—Está bien mami, te quiero. Dale besos a Violet y a Oscar de mi parte. También dale uno a papá, pero no le digas que es mío.

—Eso haré señorita orgullo. Te quiero princesa, cuídate.

—También te quiero mami, adiós.

Elizabeth terminó la videollamada y volvió a sus ocupaciones, que le llevaban casi todo el día; sin embargo, a la hora del almuerzo seguía encontrándose con Alexandre. Como no le quedaba tiempo para cocinar, después de hablarlo muy seriamente con él y hacerle entender que era mejor para ambos seguir con el régimen alimenticio, cedió a que la señora Rosa les cocinara a diario.

Y estaba resultando de maravilla, porque hasta les hacía las compras y les preparaba sus comidas para todo el día, con las cantidades justas, incluyendo las meriendas.

Se levantó del escritorio y fue a reunirse con Mirna la gerente y con Gisele, la encargada de la sucursal en São Paulo, porque estaban coordinando la agenda para la semana de la moda en São Paulo, que se realizaría en unos meses.

En la conversación eligieron los nombres de las modelos que desfilarían los diseños de la firma Winstead, una lista de veinte mujeres y cuatro hombres fueron tomados en cuenta para hacerles la convocatoria al evento.

—Luck. —Elizabeth resaltó en neón el nombre en el iPad—. Aceptará, estoy segura de eso, de todas maneras, envíenle la invitación a su representante —comentó.

—¿Para cuándo se empezarán a enviar?

—Esta misma semana, debemos hacerles la propuesta antes de que lo hagan otras firmas.

—Bien, desde mañana empiezo a hacerlas.

—¿Cómo van los diseños? —preguntó Mirna.




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