Mariposa Capoeirista (libro 3)

CAPÍTULO 10

Samuel iba camino a su oficina mientras revisaba las noticias del día en su iPad cuando el correo de McCallany llegó, inmediatamente dejó todo de lado y puso total atención al informe más reciente de su investigador.

Le mostraba un minucioso cronograma de lo que estaba haciendo su hija en Río, incluyendo fotografías, en las que la mayoría del tiempo y para su desgracia, aparecía muy compenetrada con el infeliz que se la había robado.

Leyó detenidamente sobre cada sitio que había visitado, supo que se movía la mayoría del tiempo en taxi. Por las mañanas iban a un gimnasio, después él se iba al trabajo, ella salía minutos más tarde a la boutique; a mediodía ella llegaba al edificio y después lo hacía él, a las dos de la tarde aproximadamente regresaban a sus trabajos, y por las noches algunas veces salían a caminar, otras se quedaban en el apartamento.

McCallany los siguió a Niterói, donde vivía la familia del hombre. Tenía fotos de cada uno de los miembros, incluyendo a la hija adolescente de ese infeliz, que parecía ser muy cómplice de Elizabeth.

Hasta ese momento parecía que su hija, a pesar de todo estaba bien, pero la tranquilidad no le duró más que pocos minutos, hasta que leyó que el domingo a las tres de la tarde habían ido a Rocinha. El investigador le dejaba claro que por seguridad y porque no sabía cómo ubicarse en la favela decidió no entrar; sin embargo, le adjuntó algunas fotografías de ellos sobre una moto, subiendo por la calle De la Alegría.

Se llevó una mano a la cabeza y el desayuno se le agrió en el estómago, sintió un mareo y unas náuseas casi incontrolables; respiró profundo varias veces para intentar calmarse, pero lo cierto era que sus manos no dejaban de temblarle ni el corazón de martillar furiosamente.

¿Y así quería ese hombre que le diera un voto de confianza? Exponiendo a su hija al llevarla a esa favela, a hacer quién sabe qué.

Miró una y otra vez la fotografía, hasta que se percató del vestuario de ambos, e inmediatamente supo lo que Elizabeth iba a hacer en ese lugar tan peligroso.

¿Acaso había perdido la razón? Estaba seguro de que no era primera vez que se adentraba a las peligrosas entrañas de Rocinha, lo había hecho durante las vacaciones, por eso sus ataques eran más contundentes, su destreza en el juego lo sorprendió al ser más ruda. Y ahora comprendía dónde lo había aprendido.

Cuando pensaba que nada de lo que hiciera su hija podría ya sorprenderlo, ella se las ingeniaba para convertirse en el insistente dolor de cabeza que no dejaba de mortificarlo.

Se sentía impotente, era como estar encerrado y de paso atado, deseaba malditamente ir a buscarla en ese instante y traerla consigo, aunque tuviera que usar la fuerza.

Sabía que con Rachell no podía contar, porque evidentemente apoyaba todas sus locuras; dejó el iPad de lado y agarró su teléfono. Después de varias semanas se encontraba una vez más pulsando el dígito asignado a la marcación rápida del contacto de su hija.

Pero antes de que pudiera salir la llamada desistió, no la pondría sobre aviso, pensó en acudir a alguien más sensato. Por lo que le marcó a su tío.

—Hola tío, buenos días. —Lo saludó cuando al segundo repique le contestó.

—Sam, buenos días, ¿cómo estás? —preguntó mientras disfrutaba de la maravillosa mañana en el área de la piscina y le masajeaban los pies.

—No sé si deba decirte que bien, porque la verdad es que no lo estoy… Ahora sí me encuentro verdaderamente preocupado…

—Déjame adivinar… Elizabeth.

—Sí, mientras esté en Río con ese hombre no podré estar en paz… Está haciendo locuras y necesito traerla, en serio lo necesito. Tienes que ayudarme, entiende que es mi hija y estoy desesperado.

—Samuel, entiendo que estés preocupado, pero Elizabeth está bien, hablo con ella todos los días…

—Pero puede pasarle algo malo… Tío, ella ahora mismo está en la boutique, envía a dos hombres y que la traigan a Nueva York, tiene que ser ahora, que usen la fuerza si es preciso, ya me cansé de intentar hacerla entrar en razón…

—Espera Sam, no puedes hacer las cosas de esa manera, solo provocarás que se resienta contigo —argumentó siendo totalmente sensato.

—No importa si lo hace, solo envíala. Si no quieres, puedes decírmelo y me iré ahora mismo a hacerlo por mi cuenta. 

—Debe existir una razón muy poderosa para que quieras arriesgarte.

—Sí tío, Elizabeth está yendo a Rocinha con ese infeliz. ¡Se la lleva a esa favela!

—¿Estás seguro? —preguntó, esta vez preocupándose de verdad.

—Sí, va a las rodas.

—¿Por qué siento que esto es como un déjà vu?

—Sé a lo que te refieres y esto es totalmente distinto.

—¿Por qué crees que lo sea?

—Es mi hija, es una niña…, una mujer… Un momento tío ¡No puedo creerlo! —dijo pensando que era inaudito lo que Reinhard Garnett estaba haciendo—. Estás reprochando mis acciones del pasado para justificar las de Elizabeth.

—No, de ninguna manera… Solo estoy recordando todas las veces que tuve que ir a buscarte a ese mismo lugar, todas las preocupaciones que viví con tus escapadas, las incontables veces que te pedí que no lo hicieras, pero tú hacías oídos sordos…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.