Mariposa Capoeirista (libro 3)

CAPÍTULO 23

 

Elizabeth y Luana lavaban los platos que habían usado en la cena, ya que Alexandre se había ido a la habitación de su hija para ponerle el pañal a su nieto.

Jonas poco a poco estaba aprendiendo a dormir sin pañal, a despertar tras la necesidad y avisar con tiempo, antes de cualquier húmedo accidente; pero como estaba en un lugar completamente extraño para él, no querían arriesgarse a que mojara el colchón nuevo y le dejara un desagradable manchón.

—Creo que ya no vas a despertar, macaco. —Le susurró, y con movimientos cuidados le ponía el pijama—. Eres igualito de perezoso que tu madre. —Seguía comentando sin poder evitar que su mente fuese inundada por todos esos recuerdos de su hija cuando estaba como Jonas.

En momentos como ese quería regresar el tiempo y volver a tenerla tan chiquita entre sus brazos, pero también recordaba que fue la época más difícil, porque seguía muerto en vida. Sentía que el dolor no le había dejado disfrutar de los años más importantes de su hija, porque en esa época apenas se esforzaba por sobrevivir.

No agradecía como se debía lo que tenía, porque estaba más abocado a eso que le faltaba; no disfrutaba de lo que era, sino que sobrevivía anhelando lo que pudo ser. Ese vacío que había dejado Branca siempre fue acompañado del «¿cómo sería si ella estuviera aquí?».

—¿Todo listo? —La voz de Luana lo sacó de la ensoñación que lo había sumergido su nieto dormido.

—Sí. —Se volvió a mirarla—. No creo que despierte.

—No lo hará, es que no pudo dormir la siesta… Estará rendido por unas doce horas —comentó ella sentándose al borde de la cama.

—Tú también dormías mucho, recuerdo que recién nacida solía despertarte solo para mirar el color de tus ojos. Tu abuela Juliana me regañaba todo el tiempo por eso —dijo sonriente extrañando a la mujer que más que una suegra había sido una madre para él—. Decía que debía dejarte dormir, porque era fundamental para tu crecimiento.

Luana lo miraba sonriente, totalmente enternecida.

—Cuéntame más, papá. —Le gustaba mucho escuchar a su padre cuando hablaba de esa etapa de vida de la que ella no tenía conciencia.

—Cuando estabas como Jonas, solías dormir toda la noche, pero cuando yo llegaba del trabajo por las madrugadas te despertabas, me mirabas y volvías a rendirte —prosiguió sumergido en sus experiencias vividas—. Yo pensaba que era porque hacía mucho ruido, pero no importaba lo silencioso que entrara, siempre despertabas; era como si sintieras mi olor… —Le puso un mechón de pelo tras la oreja, después se dobló un poco y le besó la frente—. Voy a dejarte descansar.

—Te quiero, papá. Gracias por todo esto, sé que has tenido que esforzarte mucho para darme esta habitación. No era necesario que gastaras, yo habría podido dormir en el sofá.

—No, cariño, no quiero que te preocupes por eso… Todo está bien. —Le sujetaba la barbilla y se la acariciaba con el pulgar.

—¿Puedo contarle a mami? —preguntó, porque bien sabía lo celoso que era su padre con su vida privada.

—Claro. —Le dijo con una tierna sonrisa—. Recuerda que esta es tu casa, haz lo que quieras.

—Está bien.

Alexandre se marchó, dejándola sentada en la cama; una vez sola, agarró rápidamente su teléfono y empezó a fotografiar el maravilloso lugar; también le tomó una foto a su invitación para la Semana de la Moda de São Paulo. Sin ningún margen de duda, ese había sido uno de los días más felices de su vida; todavía estaba tratando de canalizar las emociones.

Volvió a la cama y se acostó al lado de su hijo, al que le dio varios besos en los rizos que había heredado no solo de su padre, sino también de su abuelo y bisabuelo. Ella adoraba los «rulitos», se moría por tener el pelo así, pero había marcado más los genes de su madre.  

Después de consentir a su niño por un par de minutos volvió a poner atención a su teléfono, buscó a su abuela entre los contactos recientes de mensajería y empezó a teclear.

 

Mami, no vas a creerlo, mi papá se mudó a un nuevo apartamento, es precioso y más grande. Tiene muebles nuevos y hasta tengo mi propia habitación, que Elizabeth decoró y preparó para mí, es realmente perfecta… Aquí te paso algunas fotos.

 

Le adjuntó las fotografías que había tomado y las envió con el enunciado.

No pasó ni un minuto para que su abuela viera el mensaje y empezara a responder cuando vio un mensaje entrante en otra aplicación.

Solo pudo leer un «hola», que provocó que el estómago se le encogiera, producto de los nervios que inmediatamente estallaron. No pudo tener la voluntad de esperar, sino que inmediatamente atendió y se fue directo al mensaje.

Sonrió tontamente y las manos le temblaban al leer esa simple palabra en portugués. No había nada más, pero nada más hacía falta.

Dudó en responder, quizá debía esperar, pero la emoción la llevó a hacerlo con otro «hola».

Escribió y envió sin todavía poder creer que Oscar Garnett le estaba escribiendo, hacía unos días le había enviado una solicitud de seguimiento y ella había aceptado. También había tenido el valor de seguirlo, pero todo había quedado ahí, ninguno de los dos hizo nada más.




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