Mariposa Capoeirista (libro 3)

CAPÍTULO 37

La algarabía en el gran comedor de la mansión Garnett se hacía sentir como muy pocas veces, los quintillizos se encargaban de mantener el ambiente bastante alegre, ya que no paraban de hablar en su idioma natal, llevados por su curiosidad; sin embargo, todos los presentes podían entenderlos y reían ante las ocurrencias de los niños.

Reinhard deseaba que esa felicidad fuese eterna, que sus nietos llenaran de alegría la casa a cada minuto, pero bien sabía que en pocos días el triste silencio volvería a apoderarse de cada rincón de su hogar.

No quería llenarse de melancolía y prefería entregarse por entero a ese momento en que tenía a sus seres queridos reunidos y también a los nuevos integrantes.

Al terminar la cena, los más jóvenes estaban ansiosos por abandonar la casa e irse a Copacabana al Reveillón, mientras que las niñeras y Megan luchaban por llevar a los niños a dormir, quienes tenían más energía que Violet, quien ya estaba dormitando pegada a su padre.

Elizabeth, Helena y Hera se ofrecieron para ayudar a las aturdidas mujeres que intentaban controlar a los cinco tornados; así que cada una cargó uno y los llevaron al segundo piso, donde estaban las habitaciones.

Matt, Renato y Oscar estaban sentados en los escalones de las escaleras que daban a uno de los salones laterales, donde estaba un gran piano de cola blanco y un violonchelo, instrumentos que pertenecían a Hera y Helena, con los que de vez en cuando le brindaban un concierto a su padre, para que viera que había valido la pena tantos años pagados a sus profesores de música.

Desde ahí Oscar miraba constantemente a Luana, se quedaba como tonto, observando cómo le acariciaba los rizos con infinita ternura a su hijo dormido, pero cuando alguien se daba cuenta de su interés esquivaba la mirada y hacía como si nada.

—Es bonita, ¿cierto? —Le codeó Matt y en sus ojos azules brillaba la pillería.

—¿Qué?, ¿quién? —Se hizo el desentendido, pero el sonrojo que se apoderó de él lo dejó en evidencia.

—No te hagas, es evidente que la hijastra de Elizabeth te gusta —comentó Renato.

—¿A mí? —Bufó, tratando de quitar importancia, pero tenía el corazón latiendo a mil—. No, en absoluto, sí es bonita, pero Melissa es más linda y es mi novia.

—Bueno, si a ti no te interesa —habló Mathew fijando la mirada en la jovencita—. A mí sí, seguro que lo tendré muy fácil; evidentemente, ya no es virgen… Cuando ya han probado lo bueno, es suficiente con que le digas unas cuantas cosas al oído para llevártelas a la cama. 

—Matt, desvía tus intenciones a otro lado. —Rugió en un murmullo Oscar—. Su padre es mi amigo… —Sintiéndose repentinamente muy molesto con su primo.

—Y es una fiera, si se entera de que te metes con su niña podría desmayarte de un solo golpe —habló Renato—. Lo vi en una roda y es bastante violento, si quieres seguir manteniendo bonita esa cara… —dijo burlón, acariciándole la mejilla—, será mejor que ni la mires.

—¿Y qué piensa cuidar? Además, no tiene porqué enterarse.

—Se enteraría porque yo se lo diría —aseguró Oscar con el ceño fruncido—. Ella será parte de nuestra familia y tienes que respetarla.

—¡Estás celoso! —Rio Matt golpeándole un hombro—. Te gusta y no puedes ocultarlo… No te sientas mal porque te gusten dos chicas al mismo tiempo, yo en este momento tengo cuatro novias, y a todas las quiero por igual.

Renato y Oscar rieron mientras negaban con la cabeza; definitivamente, Matt no tenía remedio.

Samuel aprovechó para llevar a Violet a la cama, porque estaba más dormida que despierta, no quiso obligarla a lavarse los dientes en ese momento, porque sabía que estaba agotada; solo le quitó los zapatos y le dejó el vestido blanco que llevaba puesto. 

—Quédate conmigo —pidió ella en un susurro, sujetándole la mano.

—Aquí estoy, no me iré a ninguna parte.

—Pero acuéstate, papi —suplicó y rodó en la cama para hacerle espacio.

—Está bien, cariño —dijo al tiempo que se acostaba a su lado.

Violet inmediatamente se refugió en él, escondiendo la cara contra el pecho caliente de su padre; a tientas, buscó una de las manos de él y se la llevó al pelo. Samuel sonrió enternecido, sabiendo que ese era un silencioso pedido para que la acariciara.

—Creo que estás muy consentida —susurró él pasando con lentitud las yemas de sus dedos por las sedosas hebras castañas.

—¿Me cantas? —dijo casi sin voz, encantada con los mimos de su padre.

—Cuando caiga la oscuridad y te envuelva. —Empezó a canturrear bajito, sin dejar de lado su caricia. Todavía no lo podía creer, parecía que había sido ayer que cantó por primera vez esa canción a su niña mayor, su pequeña, que cuando lo miró por primera vez le robó el corazón; y ahora estaba haciendo planes para casarse. Debía aprovechar ese instante con Violet, porque que quizás al parpadear ya no la tuviera en sus brazos, sino que la vería correr a los de otro hombre; de manera inevitable la pegó más contra su cuerpo y acercó sus labios hasta rozarle los cabellos—, cuando te caigas, cuando tengas miedo o estés perdida sé valiente, que yo vendré a sostenerte; cuando toda tu fuerza haya desaparecido y te sientas mal… —Seguía cantando y se tragaba las lágrimas mientras deseaba tener el poder para que sus niñas no crecieran y siguieran siendo sus pequeñas—, como si tu vida se escapara, sígueme, tú puedes seguirme, yo no te abandonaré ahora ni nunca… —Le cantó toda la canción y se quedó muy quieto, sintiendo la respiración tranquila de su pequeña ya rendida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.