Mariposa Capoeirista (libro 3)

CAPÍTULO 54

A Medianoche, Alexandre regresó de Vila Cruzeiro, había deambulado en sus calles por más de cuatro horas; incluso, en varias oportunidades se sintió perdido, porque esa favela la conocía muy poco.

Levantó la mano en forma de saludo y miró hacia la cámara para que el hombre de seguridad del edificio le permitiera el acceso, condujo al estacionamiento, dejó la moto y entró al ascensor.

En tres minutos lo recibió el apartamento desordenado, tal como lo había dejado, y la ausencia de Elizabeth volvía a golpearlo con una fuerza incontenible.

Era difícil lidiar con eso. No con la soledad, porque con esa había convivido muchos años, sino con la necesidad de ver a Elizabeth o por lo menos de saberla bien; aruñó valor en su interior y avanzó entre objetos desperdigados por el suelo, mientras miraba en derredor, esperando que su mujer apareciera en cualquier rincón, pero sus deseos seguían sin hacerse realidad.

Terminó desplomándose en el sofá, dejó el arma en la alfombra, se quitó las botas y las dejó caer al lado de la Glock; se quedó con la mirada al techo y los brazos cruzados debajo de la cabeza, debatiéndose entre dormir o mirar la televisión, en busca de noticias alentadoras.

El cansancio estaba casi venciéndolo cuando el timbre sonó, espabilándolo. De un brusco movimiento se levantó, por lo que tropezó con sus botas y casi cayó de bruces, al suponer que la única persona que tendría acceso a subir sin antes ser avisada era Elizabeth.

Con el corazón a punto de reventarle el pecho corrió a la puerta y de un tirón la abrió, pero todas sus esperanzas volvieron a hacerse añicos, dejando en pie al más intenso odio, al ver que quien lo visitaba era su hermano. Estaba parado frente a su puerta, con un maletín en cada mano.

Marcelo, al ver a Alexandre dejó caer ambos maletines al suelo, sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Espero que tu plan sea muy bueno y logres encontrarla, pero sobre todo, que no pongas en riesgo la vida de tu familia —dijo, retrocedió un paso y se giró.

Alexandre no asimilaba el momento, quizás estaba más dormido que despierto o eso era un sueño. Marcelo se marchó y a él no le salió la mínima palabra de agradecimiento. De pronto, como si un rayo lo impactara corrió y logró alcanzarlo a punto de subir al ascensor.

—Te lo pagaré…, muy pronto lo haré.

—No lo hagas, solo asegúrate de proteger a la chica… No merece pagar por los problemas que te buscas.

—No sabes cómo son las cosas, Marcelo, me juzgas y realmente no sabes nada de mí… Ese hombre que casi me asesinó, del que tú te encargaste, solo quería a Elizabeth. Una vez se la arrebaté y no me lo perdonó… Era un proxeneta…

—Lo sé, me pusieron al tanto de la clase de mierda que era, pero si sabes todo eso, ¿por qué no se lo cuentas a la familia?

—Su padre no me quiere, tiene el mismo concepto de mí que tú, y no lo culpo por ello.

—No puedes hacerte el héroe y poner en riesgo la vida de esa chica… Háblalo con sus padres.

—Lo haré, pero cuando tenga la seguridad de dónde está. Si lo hago ahora y me estoy equivocado no van a perdonármelo; inclusive, pensarán de la misma forma que tú y creerán que fui yo quien la metió en todo esto.

—Entonces, no pierdas tiempo. —Entró al ascensor y pulsó el botón de la planta baja—. ¿Puedo llevar a Luana y a Jonas al club hípico mañana?

Alexandre pensó que Marcelo no podía dar nada sin obtener algo a cambio, pero en esta oportunidad su condición era realmente oportuna, porque él estaría muy ocupado esa noche y no podría ir a visitarla.

—Puedes —respondió. No era un secreto para él que Marcelo hasta le tenía una yegua a su hija.

Ellos podrían guardar el secreto, pero Arlenne difícilmente lograba guardarse algo, y «sin querer», se lo había contado. Él no pudo evitar molestarse, pero ella contó con la habilidad de hacerle entender que no había nada de malo en que su tío le hiciera un regalo que definitivamente él no podría darle.

Las puertas del ascensor se cerraron y Marcelo desapareció de su vista, él regresó al apartamento, agarró los dos maletines, entró y los vació sobre la alfombra, donde cayeron incontables paquetes de billetes azules, todos de cien reales.

Tenía ganas de ir de una vez con Neymar para que lo llevara con su jefe y entregarle el dinero, pero primero debía contarlo todo y asegurarse de que estaba completo, porque si hacía falta por lo menos un billete, ellos creerían que estaba tomándoles el pelo y podría costarle la vida.

La claridad del día colándose por la pared de cristal que daba al balcón lo sorprendió y todavía seguía contando el dinero que necesitaba para poder rescatar a su mujer.

 

*********

 

Elizabeth seguía sin saber si era de día o de noche ni cuántas horas o días llevaba encerrada, de lo único que estaba segura era de que se había pasado leyendo mucho tiempo; ya llevaba casi la mitad del libro, que si no fuera lo único que tenía para escapar de su encierro lo habría dejado de leer, porque la historia más que hacerle olvidar dónde se encontraba y le hiciera disfrutar de la lectura, solo la mortificaba aún más, porque los amantes habían pasado por situaciones más adversas que ella, era demasiado drama para su gusto; a la pobre protagonista ya no sabía qué otra cosa podría sucederle.




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