Mariposa Capoeirista (libro 3)

CAPÍTULO 61

A la última persona que Alexandre esperaba ver en ese lugar era a Samuel Garnett, quien parado frente a los barrotes y con las manos dentro de los bolsillos del pantalón lo miraba fijamente, y en los ojos marrones claros se notaba el cansancio. Le parecía realmente extraño no hallar desprecio u odio en esas pupilas, pero estaba seguro de que tampoco había empatía o consideración, solo parecían estar carentes de toda emoción.

—¿La encontraron? —inquirió con la voz casi ahogada.

Fue la primera pregunta que logró formular su mente confundida, al segundo siguiente se dio cuenta de que había sido una estupidez, suponía que de ser así Garnett no iría hasta allí para avisarle.

—No —respondió con parquedad, sentía que esa respuesta cada vez le pesaba más. Suspiró con cansancio y prosiguió—: ¿En qué demonios pensabas cuando fuiste a buscar a Paulo Morais para darle una golpiza? —cuestionó mirándolo con rabia, aunque en el fondo le agradecía haberlo hecho, pero sabía que también fue algo imprudente.

—¿Solo ha venido hasta aquí para reclamarme eso? Si es así, puede irse por donde vino —pronunció dándose la vuelta.

—Fue algo estúpido. Ese hombre ya fue investigado y las pruebas confirman que no se encontraba aquí cuando mi hija desapareció.

—¡Al carajo las malditas pruebas! —Alexandre lo encaró nuevamente dejándose llevar por la ira y la desesperación que sentía—. Yo sé que la tiene, lo sé… Y si lo que quiere es prueba, las tengo.

—Si eso es así, entonces lo que hiciste fue mucho más grave, pudiste poner en riesgo la vida de mi hija… ¿Entiendes que enfrentarlo es firmar una sentencia de muerte para mi Elizabeth? —mencionó Samuel con rabia y un temor que le encogía las entrañas. 

—¡Solo estoy tratando de encontrarla! —exclamó una vez más, mirándolo con rabia y asombro al ver que intentaba culparlo—. Y ahora estoy encerrado en este maldito lugar sin poder hacer nada.

Golpeó con las palmas de sus manos los barrotes, con tanta fuerza, que estos se estremecieron, haciendo que el impasible gran fiscal de Nueva York al menos parpadease.

Alexandre tuvo que darle la espalda, consciente de que estaba a punto de derramar las lágrimas que le hacían girones la garganta. La frustración y la impotencia de estar allí encerrado lo estaban quebrando, además del maldito dolor en su hombro.

—Espero que sean pruebas verdaderamente convincentes —dijo Samuel y caminó de regreso, siendo seguido por el policía—. Pagaré la fianza —anunció, seguro de que era un delito menor, por lo que no tendrían que llevarlo ante un juez para que la fijara, allí debían tener una tabla con los montos establecidos para cada tipo penal de menor grado.

Todo el proceso le tomó una media hora y aguardó en la sala de espera junto a Rachell, que seguía molesta con los policías porque no le habían permitido hacer la llamada a Alexandre en el tiempo reglamentario, sino cuando a ellos les dio la gana.

Ella se levantó rápidamente al verlo asomarse en el pasillo y caminar hacia ellos.

—¿Estás bien? —preguntó sin poder quitar la mirada de la camiseta que estaba bastante llena de sangre, imaginó que le había dado la golpiza del sigo a Morais.

—Sí, gracias…, no tenían que hacer esto.

—Tranquilo, tú ya estás haciendo mucho por nuestra niña.

—O eso cree ella —ironizó Samuel caminando adelante.

—No le hagas caso, es un viejo amargado —susurró cómplice—. Vamos, te llevaremos a casa para que te duches y te cambies, seguro también vas a querer descansar.

—No, yo voy a volver a la casa de Morais, ahí están las pruebas —dijo caminando al lado de Rachell hacia la salida, dispuesto a subir a un taxi.

Samuel se regresó sobre sus pasos y lo enfrentó.

—Ni se te ocurra ir ahí, deja de ser tan imprudente… Si quieres ayudar a mi hija, si en verdad quieres hacerlo, mejor no hagas nada… Quédate en tu casa viendo las noticias.

Alexandre lo miró directamente a los ojos, sintiendo que la furia iba a ganarle la partida. Posiblemente hubiese seguido con su duelo de miradas si no hubiese sido porque Rachell, sin ninguna intención le sujetó el brazo y le tocó justo en la herida, provocando que no pudiera ocultar la mueca de dolor.

—¿Qué te pasó? —Preguntó perturbada al ver que tanta sangre no era de Morais, si no de él—. ¿Qué tienes?

—Nada, no es nada —dijo avanzando, repentinamente se sintió muy nervioso, porque si le veían la herida iba a tener que dar explicaciones.

—Espera, Alexandre. —Lo retuvo Rachell.

—Te llevaremos a tu casa —sentenció Samuel, creyendo que Alexandre era un chiquillo; por supuesto, solo cuando le convenía. Solo quería asegurarse de que no siguiera haciendo estupideces que pudieran poner en riesgo a Elizabeth.

—No es necesario, ya dije que voy a buscar las pruebas —habló más alto una vez fuera de las instalaciones de delegación, donde no pudieran escucharlos los policías—. Eso es lo que necesita para entrar a esa maldita casa por Elizabeth… Bueno, voy a estampársela en la cara —dijo ya molesto, de verdad que estaba casando de que Samuel Garnett lo despreciara tanto como para no darle un voto de confianza.




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