Me senté en el gran sillón, cruzando mis piernas.
—Tienes hasta que Ciro llegue —hablé secamente—. Si tu explicación no me satisface, no tendremos otra vez esta charla ni ninguna otra.
—Entiendo.
Tomó unos segundos para que empezara a hablar.
—Sé que empezamos con el pie izquierdo, pero quiero que sepas que, en lo poco que nos hemos conocido, me he arrepentido de mis acciones.
—Cuando nos conocimos, tenía una idea distinta de lo que quería que fuera esto. Pensé que… que no importaba este matrimonio, no importaba con quién me casara si el final sería el mismo.
—¿Okey?
—Layl, eres diferente a lo que imaginaba. Tienes un alma libre, y lo entendí un poco tarde. Sé que odias este matrimonio y mis acciones no han hecho más que incomodarte, pero quiero que entiendas que ahora todo será diferente.
—Esyor.
Su mano me detuvo.
—Diam no es lo que crees —dio un fuerte suspiro—. Sí fuimos pareja, pero fue hace mucho. Nos dimos cuenta de que no éramos el uno para el otro y decidimos continuar como amigos.
Su cuerpo se levantó de su lugar, acercándose a mí.
—Lo que pasó en la fiesta no es como lo viste. No te eché por él, más bien… —su rostro se empezó a tornar rojo de la vergüenza—. Está enfadado, muy enfadado. No quería que me vieras así y no quería que nadie te viera como estabas.
Sus ojos encontraron los míos. Esos hermosos ojos como rubíes hicieron latir mi corazón… solo un poco.
《Rayos, soy débil ante la hermosura》, me reprendí.
—Tu cuerpo brillaba. Era un pecado que no quería que otros apreciaran, por eso te hice llevar.
—¿Me sacaste de mi fiesta porque la blusa se transparentó?
Sus manos cayeron a su cara en demostración de rendición.
—Suena peor cuando lo dices así.
—Porque así se escucha.
—Yo… yo no tengo excusa por haber actuado así. Solo no supe cómo reaccionar.
—Bien, okey. Continúa.
—Me molesté con Diam, le grité y dije cosas que no pensé ser capaz de decir. Es un idiota que había arruinado nuestra noche, por eso no me retracto. Después él huyó e hizo un escándalo en el salón y, bueno… tiró el pastel y terminé hecho un desastre.
Mi risa lo aturdió unos segundos antes de seguirme.
—Fue muy humillante.
—Eso espero. Totalmente merecido.
—Totalmente —concordó conmigo.
—Entonces, si no son nada, ¿por qué él tenía la llave de esta casa?
—Él me ayudó a comprar la casa. Su familia tiene contactos en el mundo de las inmobiliarias. Yo buscaba algo específico y no tendría tiempo de hacer una desde cero con todo lo que pedía.
—Así que… ¿clonó la llave? Eso es un delito —hablé, sorprendido.
—Sí, y entenderá que hacer algo así conlleva consecuencias.
Sus ojos se volvieron fríos. Sentí un escalofrío subir desde mis rodillas. Se veía más… rudo en este momento.
—Espero que ahora todo malentendido se haya resuelto entre nosotros dos.
—Sí, bueno, decidiré creerte por ahora —respondí con malicia en mi voz.
—Desde este momento, nunca dejarás de creer solo en mí.
—Eso sonó raro, pero bueno—mire la puerta—. Espero que Ciro esté por llegar.
Intenté levantarme y tomar mi teléfono, pero fue imposible por el peso de alguien que me empujó hasta quedar recostado en el sofá.
—Layl, cuando nos conocimos por primera vez, hablé sobre lo que pensaba de este matrimonio —sus manos rozaron mi cara.
No lo aparté.
Tal vez debía hacerlo, pero no lo hice.
—Dijiste que el amor no importaba.
—Y estaba muy equivocado.
—No te estoy entendiendo, Esyor. ¿Cómo puedes cambiar de opinión en tan solo unos cuantos días?
—Porque olvidé tu rostro y lo mucho que provocabas en mí. Olvidé que no podía seguir con un plan en donde todo tu ser no sería completamente mío.
—No soy de nadie.
—Te equivocas. El anillo en tu dedo dice todo lo contrario.
—Sí, un anillo cuyo peso es solo un contrato, una ilusión para las cámaras, nada real.
—Puedo escuchar tu corazón, Layl. Cada vez que me acerco a ti, late más rápido.
—Bueno, una reacción muy normal. Eres guapo, lo reconozco —me enderecé un poco—. Nada más.
Nuestros rostros estaban a escasos centímetros, demasiado cerca.
—¿En serio?
—No estoy enamorado, Esyor.
—Eso puede cambiar.
—Lo que cambiará será tu cara si no te quitas ya.
No lo hizo. En su lugar, apoyó su frente contra la mía y sus labios tocaron los míos. Me dio un pequeño beso que duró apenas unos segundos antes de apartarse. No reaccioné al instante.
—Haré todo para que este matrimonio sea lo que todos piensan, Layl. Como debí hacerlo desde el inicio.
—Actúas como si me conocieras de toda la vida.
—Porque tal vez lo haga.
Sin más, volvió a acercarse y nuestros labios chocaron una vez más. Ahora no era un beso dulce o delicado sino lleno de tensión, como una lucha por algo que yo todavía no entendía.
Sus manos bailaron en mi cintura, su temperatura aprisionaba mi cuerpo, el aire comenzó a faltarme pero no me detuve.
Seguíamos en nuestro mundo cuando una voz detuvo algo que no debió empezar.
—¡No inventes, Layl! ¿Qué demonios?
Editado: 08.10.2026