Una vez que la líder de la Elite de fuego acordó seguir las órdenes del rey de los fantasmas, se dio la vuelta y salió del salón del trono con sus acompañantes detrás, dejado el soberano satisfecho.
Las mujeres caminaron por los largos pasillos del castillo hasta llegar a la ventana por donde entraron. Marianne salió al balcón y observó el pequeño bosque creado dentro de la ciudad de los fantasmas, para luego bajar de un salto hasta el claro, seguida por sus amigas. El grupo pisó tierra sin recibir daño, a pesar de que saltaron desde una altura bastante considerable, avistados frondosos árboles, luces y libres aromas naturales que rodeaban la zona, al igual que pastizales y pequeñas manifestaciones flotantes parecidas a polen que se paseaban en el aire.
Marianne recorrió el bosque en búsqueda de aquella llama verde que provocaba la vida en las proximidades, la razón por la cual dicho sitio no era consumido al igual que las demás plantas que se encuentran en todo el reino fantasmal.
—Me parece ridículo que una llama verde pueda ocasionar que tanta vida subsista en este reino —expresó Kantry, curiosa por los alrededores, admirados con una sonrisa.
—El fuego verde, al igual que todas las llamas sagradas, son una creación directa del gran amo Pridhreghdi. Las plantas y la vida misma en este mundo son ocasionadas o fueron aplicadas por los miembros de la familia D'Arc, no por Arctoicheio en persona. Es obvio creer que la fuerza del gran amo dragón se imponga ante el poder de las bestias sagradas —explicó Annastasia, quien torida la boca de Kantry, cuya mirada se clavó en el cielo, apreciadas las hojas verdes de los árboles.
—Ya veo, conque de eso se trata. Me impresiona saber que las llamas sagradas sean tan poderosas. He visto su fuerza, pero tanto como para desafiar a las bestias sagradas. Eso es...
—Muy conveniente —tajó Marianne, dirigida su vista a la chica de cabello negro, sonriente.
Después de un pequeño paseo, Marianne se detuvo, observado un punto fijo en particular. Las tres mujeres vieron hacia un espacio en donde había un montón de hermosas rosas que crecían por encima de grandes arbustos frondosos, con hojas que brillaban y danzaban gracias a la brisa. En medio del rosal había un círculo de pasto y, por encima de éste, se podía apreciar cómo una suave corriente de viento nacía, al igual que una tenue luz.
—Impresionante...
—¿Puedes verlo, Annie?
—No con precisión. Mas puedo notar cómo una luz nace para darle forma a algo que brota y se mueve con gran delicadeza. Sólo eso —respondió a Kantry, la cual no notaba nada raro.
—Yo lo siento. Puedo sentir la fuerza que emana la llama, mas no me es posible siquiera avistar una simple señal de que esté allí —aclaró la mujer de cabellera oscura, extrañada.
—Mi caso es en completo diferente —habló Marianne, con una voz apagada y suave—. Puedo verla a la perfección, una perfecta llama verde sagrada. Además, aprecio cómo su luz rodea y nutre el lugar una y otra vez, sostenida en el aire de una manera casi indescriptible. —Aquellas palabras llenaron los oídos de las chicas con una enorme melancolía, dados pasos por la pelirroja para acercarse al fuego.
Las tres mujeres percibieron un gran hueco que se creaba en sus corazones, formado por nostalgia y culpa que no habían podido arrancarse en todos esos años. Sobre todo Marianne, quien con un sencillo y lento movimiento levantó su mano izquierda hacia la llama verde, apuntada su palma a ésta.
El viento sopló, y con ello una mariposa se hizo presente, puesta sobre la mano extendida de la pelirroja, lo que le provocó detenerse y contemplar al insecto.
—Imposible. ¿Cómo llegó hasta aquí una mariposa? —Se preguntó Kantry, asustada.
La escena dejó que un silencio perpetuo cayera sobre todas. Marianne seguía sosteniendo su brazo en el aire, sin quitar los ojos del fuego verde que ardía frente a ella. Lo que llevó a Annastasia notar la duda en su amiga, por lo que decidió romper el silencio.
—Marianne... —Tan pronto la chica hablo, una poderosa llamarada púrpura emergió de la palma de la mujer, extinto el fuego de la naturaleza frente a todas.
De inmediato, el bosque entero empezó a crujir. Las hojas se volvieron cenizas, los arboles se secaron y el pasto cedió ante la podredumbre del reino. Hasta la mariposa aleteó un par de veces y cayó sin vida, asfixiada por la pesada muerte que rodea aquel maldito lugar.
Ya vista aquella escena, Marianne bajó su brazo, pero llevo su mano izquierda a su rostro, retirada una pequeña lágrima de éste, puesta aquella gota salada enfrente para verla bien.
—No entiendo. ¿Por qué aún no puedo dejar esto atrás? Han pasado ya más de tres mil años y todavía parece que no puedo asimilarlo como es debido —impuso la mujer para sí misma y sus amigas. Ellas sólo observaron la escena sin poder decir mucho.
Annastasia caminó en dirección a su amiga y le colocó una mano en el hombro, empática.
—Hay que seguir. Esto aún no termina, ¿recuerdas? —preguntó la más joven, para luego la pelirroja regresar sus ojos al castillo, cuya mirada triste se volvió sombría.
—Hay probabilidades de enfrentarme a Aldo. Lo que significa que las cosas se pondrán algo feas —respondió Marianne, frotados los dedos para limpiar la lágrima que estaba entre ellos—. Tengo una ligera idea de cómo funcionan sus poderes. Sé que podré vencerlo sin muchos problemas. Todo será cuestión de paciencia y experimentación —aseguró la líder, retiradas del pútrido sitio.
Nicolás, desde el balcón, observó cómo el bosque se marchitó y pereció ante sus espectrales ojos junto a Aldo. Ambos no cambiaron sus frías expresiones ni un segundo, a la par que otros fantasmas se vieron asombrados por lo efectiva que fue la acción de la mujer pelirroja.
—¡Por fin se acabó esa maldita mierda! Me alegra tanto —comentó el rey antes de retirarse.
—Supongo que en el siguiente evento de la luna carmesí sucederá de nuevo, Nicolás. ¿Qué harás entonces? —preguntó Aldo en su camino a la sala del trono, cuya respuesta fue inmediata.