La elite de fuego por fin estaba reunida en la antigua casa de Xeneilky pasando un día normal como ya es costumbre. Annastasia lavaba los trastes mientras que Ken acomodaba lo ya secado en las alacenas correspondientes. Kantry barría la sala de la casa y Joseph se encargaba de tender la ropa recién lavada para que se secara. Marianne continuaba trabajando con Herald y Maynard. Aquellos discutían a través de la computadora los eventos que habían ocurrido en Techtra.
—Es una suerte que hayamos construido de esa manera los lentes. Siento que fue una jugada bastante acertada, ¿no lo crees, Herald?
—No lo sé. Me hace pensar que la auraforma sabía que tenías ese objeto. Creo que es demasiada la coincidencia.
—No sabría decirlo. Según Annastasia, las auraformas no siguen la lógica, ni lo justo. Tienen sus propias reglas que, inclusive, pienso que también les encanta no respetar —contaba Marianne, seria—. Aunque eso no es lo que me preocupa ahora. A lo que tengo miedo es lo que las demás puedan hacerme a cambio del favor. Los limites pueden extenderse más de lo que ya vivimos.
—Al tratarse de seres con poder superior, me temo que pueden hacer eso y más. Hay que ser cuidadosos en todo momento y encontrar las oportunidades necesarias que se requieran para ganar sin que te quiten algo que pueda afectarte en tu persona, Marianne. Como tú piromancia.
—Lo sé, Herald. Pero eso ya lo aposté con Luxio. Tengo el presentimiento que ya no me pedirán esto por esa razón —aclaraba la mujer, pensado un poco el asunto—. Me parece que, a pesar de todo, tienen un patrón de trabajo. Es posible que las auraformas puedan comunicarse entre sí y estén fingiendo que no me conocen.
—Es una posibilidad —comentó Maynard—, mas lo veo difícil. Algo por lo que se conoce bien a los Pridh es por su inigualable honestidad. Sólo evaden la verdad cuando no quieren contarte algo y las auraformas son manifestaciones de estos seres, criaturas que siguen sus creencias y las ordenes de Pridhreghdi. Dudo que alguna mienta, más si es una prima, creación directa del gran amo de los dragones.
—Es verdad —decretó la pelirroja, recargada en el ancho espaldar de la silla en donde estaba sentada—. Ahora, ¿qué opinan de que Kyle tenga una auraforma? —El silencio gobernó durante unos momentos. Aquello provocó que la mujer bajara su mirada hacia la computadora para observar en la pantalla los dos recuadros separados que mostraban a Herald y a Maynard, quienes no estaban juntos en aquel momento.
—No tiene sentido —explicó el científico—. Entiendo que el mundo va evolucionando y lo que tú quieras. Que las cosas no son como lo eran antes y que los humanos han desarrollado gran fuerza. Pero se me hace muy increíble que un ser humano, uno tan común como Kyle, pueda desarrollar a un ser de luz y aura con inteligencia propia e inmortalidad. Creo que es una falacia.
—Estoy de acuerdo con Maynard —secundó el ingeniero—. Conozco a Kyle y sé que es un joven talentoso en todo sentido. Es diestro en las habilidades del aura y en su manejo del látigo. Un líder nato y gran ser humano. No obstante, la creación de un auraforma, como nos lo ha contado Annastasia, lleva siglos de entrenamiento mental y meditación para los dragones. Me es impensable que cualquier humano, inclusive tú, con todo respeto, pueda crear una auraforma. Simplemente es absurdo. —Las palabras de Herald, lejos de insultar a su líder, la enaltecieron y le hizo pensar más.
—Esto es tan confuso —replicaba la mujer—. Lo mejor es seguir investigando. Les encargo a ambos hacer todo lo que puedan para avanzar en lo ya encargado y de nuevo: Gracias por su ayuda. Sin ustedes, esta elite ya no existiría.
—¡Gracias! —contestaron ambos al mismo tiempo.
—¡Hasta luego! —colgó la llamada con sus poderes psíquicos al mover el mouse y cerrar. Marianne se recargó en la silla, a la par que trataba de pensar en algún detalle que haya omitido en todo este embrollo ocurrido pocas horas antes. La idea de poder crear una auraforma la llenaba de curiosidad, de intriga, de deseo. Ya había visto lo poderosas que pueden ser estas criaturas y tener a una como compañera la volverían mucho más poderosa de lo que es ahora.
—Debo conocer los detalles. Espero verte pronto, Kyle —dijo para ella misma, todavía en la habitación, en completa soledad, hasta que se dio cuenta de algo—. ¡Ya están aquí! —dijo en voz alta para que los demás escucharan, provocado que el mensaje llegara hasta Joseph, quien de inmediato tomó la capa y salió de la casa sin pensarlo mucho.
Los demás rápido se reunieron en la sala, en orden de esperar pacientes a las visitas. El barandal fue tocado con algún pequeño objeto de metal para hacer ruido suficiente, lo que logró hacer que Marianne se pusiera de pie e invitara a las bestias gato a entrar. Esta vez sólo venía Nana.
La mujer saludó cordial a la gata, al igual que los demás, recibida con calidez y sugerido que tomara asiento en la sala, cosa que negó y, sin más preámbulo, comenzó a hablar.
—Ya conseguí quien será nuestro próximo ayudante. Una mujer llamada Mónica Lindqvist de Extravaganzza. Es una reconocida bruja en el lugar, creadora de las cartas guía: una especie de baraja especial que te conduce a cierto lugar si la colocas enfrente tuyo. El detalle es que la mujer aceptó ayudarnos sin siquiera pensarlo. No tengo la más mínima idea qué tenga entre planes, pues ella es muy apegada al reino y dudo que tenga un conflicto como el que tenía Henrick —explicó Nana un poco preocupada. Temía que Mónica traicionara a Marianne, mas fue ella la única que se ofreció a ayudarle, a fin de cuentas.
—Yo sé la razón —respondió Marianne, segura. A la par de ello, los presentes voltearan hacia la escalera del hogar, logrado admirar cómo una tarjeta venia flotando desde arriba hacia la pelirroja gracias a sus asombrosos poderes telequinéticos—. Conocí a Mónica en el monte Fuchenest cuando me embarqué hasta allá la primera vez... La misma en la que te conocí a ti, Nana.