Más allá de la creación

Decimocuarta Verdad: Pacto

La reina de las brujas, posada en su trono, miró a las mujeres, exploradas con sus ojos para ver si había algo inusual en ellas. Luego, respondió a la líder, regia.

—Ha pasado un tiempo desde que Joseph falleció en el coliseo de la aniquilación. Veo que ya has pasado de su perdida —comentó la reina, cruzada una pierna de manera lenta e imponente.

—No voy a llorarle a una persona toda la vida, su majestad. Me parece inútil hacerlo.

—Así debe ser —respondió la reina, fría—, no obstante, me parece que algo ocultas sobre eso. He visto el futuro y puedo ver nuxon en él. ¿Me podrías decir qué significa esto? —preguntó Jocelyn, provocado que Annastasia y Kantry se vieran la una a la otra, a la par que Nana bajaba la mirada. Por otro lado, Marianne ni siquiera se inmutó ante la osada pregunta de la soberana. Muy por el contrario, se cruzó de brazos y sonrió plena.

—Es curioso que lo mencione. Parece ser que en Techtra y en 3akat también hubo presencia de nuxon. Es algo que me ha llamado la atención. Es posible alguien más haya nacido con aquel don que poseía mi amigo o, tal vez, los dragones nos están jugando una broma, como lo hacen las auraformas seguido—contestó Marianne, agregado ese pequeño elemento a la charla—. Hablando de eso, lamento cambiar de tema de forma abrupta, si me lo permite, claro.

—¡Adelante! Es obvio que no sabes nada al respecto o no me dirás lo que sabes así de fácil —aclaró la reina al ordenar proseguir a la líder.

—Estoy consciente que aquí en el reino se encuentra una de las siete auraformas primas de Pridhreghdi. Sé que los reyes han prometido guardar el secreto de su ubicación. Pero, en este momento, poseo el favor de tres y busco adquirir más —explicó Marianne sin más preámbulo. Aquello hizo que ésta suspirara profundo y cerrara los ojos. Antes que la reina pudiera decir algo, desde detrás de su trono se escuchó una voz, a la par que alguien salía a la vista de las visitantes.

—¡Qué descaro! No puedo creer que tengas las agallas de exigir algo así —reclamó Karen, una de las brujas que es parte de la Alianza, misma que Marianne había visto antes en Techtra y el coliseo.

—¡Karen! Conque estabas ahí. Creía que no te vería en esta reunión.

—No alardees, Marianne. Sabemos a la perfección que has estado ocasionando problemas en los reinos. Nos preguntábamos por qué y veo que la razón es más que obvia —alegó la bruja, bastante molesta. A Karen no le parecía la forma en la cual la pelirroja estaba pidiendo las cosas y Marianne sabía que debía bajarle un poco a sus aires de grandeza. Por esto, eligió mejor sus palabras.

—Es verdad y me disculpo. No obstante, he tenido que ser así porque Nicolás es un imbécil y Parada no ha querido hacer un trato conmigo. A diferencia de Catopolis, estos reyes creyeron que una mujer como yo no tenía ningún tipo de valor o estatus social comparable como para poder llegar a una negociación. Es por eso que tuve que tomar medidas drásticas —explicó Marianne con una voz más apacible y una mirada baja, algo entrecerrada.

La curvatura hacia debajo de los labios de la pelirroja denotaba pena y humillación, algo que llamó la atención no sólo de las brujas, también de sus aliados y amigas. Karen, al ver esto, puso su mano izquierda en su cadera y observó a su reina, desconfiada, pero con empatía.

Jocelyn, quien parecía creer lo que Marianne había dicho, se puso de pie y se acercó a la líder. La pelirroja, al notar esto, levantó la mirada e hizo el saludo que los Fotizetaì le enseñaron ante la presencia de la monarca, imitada ella por sus acompañantes.

—Entiendo lo que dices, Marianne. Aunque han pasado miles de años, los hombres aún sienten cierta superioridad ante nosotras. Eso es algo que me molesta demasiado y se puede notar en el hecho de sólo ser dos mujeres las que gobernamos en los siete reinos, por así decirlo, pues Chibi no es la líder absoluta para los humanos —argumentaba Jocelyn con más confianza—. En Yajitawa está dicho que el elfo masculino moreno que haya nacido más pronto que cualquier otro, tomará el lugar del rey. En Atrazia, los elementales que son elegidos como nuevos reyes siempre tienen apariencia varonil. En Catopolis, las reinas son básicamente mascotas de los reyes, sin ofender a nadie, Nana. Y, por último, en Techtra, los magos tienen la fiel creencia de que las mujeres no pueden dirigir el reino de manera apropiada. Por ello, sólo han dejado que una gobierne en el pasado —continuó Jocelyn, cuya molestia por los hechos que describía era evidente.

—La verdad es un horror y una pena este hecho. En mis tiempos, la mujer era considerada inferior de maneras más abiertas. El hecho que ahora las brujas sean reconocidas como una nación y que aquí no se tenga que cumplir con las normas impuestas por el sistema de patriarcado me hace muy feliz. Yo soy un ejemplo de aquel pasado. En la Tierra, una mujer que no fuera hermosa no podía alzar la voz de manera tan efectiva. Tuve que reprimirme a mí misma para alcanzar ciertos cánones de belleza que fueran agradable a la vista no sólo de los hombres, sino de la sociedad en sí. Eso me enfermaba demasiado. Mujeres muy capaces, inteligentes, hábiles y con gran liderazgo eran rechazadas por el simple hecho de no ser bellas, a diferencia de los hombres. Recuerdo hace mucho que a una compañera de trabajo la despidieron porque no cumplía con cierto «estándar» de belleza y eso afectaba la imagen de la empresa. Sólo tenerlo en mi memoria me parece nauseabundo —contó Marianne con asco, recordados los tiempos antes del primer juicio.

—Entiendo. Puedo ver que estamos en la misma página, Marianne. Escuchar lo que me dices me entristece bastante y estoy segura que también el verte bella en parte ha sido tu decisión, pues posees gran poder e impones gran respeto —confesó la reina, regresada hasta su trono y colocándose enfrente de él para ver a las chicas, dada la espalda a su asiento real.

—Está en lo correcto. Me gusta verme hermosa, eso es un hecho. Mas ahora es por decisión.




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