Más allá de la creación

Decimoquinta Verdad: Sensatez

Con curiosidad, las mujeres que estaban esperando cómodas en la sala de la misteriosa casa della morte voltearon sus rostros para intentar adivinar quién era la persona que se estaba acercando por medio de la oscuridad, encontrada una especie de jorobada mujer encapuchada con largas túnicas negras, delgadas manos cubiertas por guantes que dejaban salir de ellas filosas y puntiagudas uñas pintadas en esmalte negro, a excepción del dedo índice, cuyo color era rojo.

Por encima de las túnicas de aquella aparente anciana colgaban varios collares con huesos pequeños, colmillos y gemas como malaquita. Esta mujer se movía lento usando un bastón de madera que parecía una raíz o rama arrancada, cuyas piernas parecían estar chuecas, algo imposible de verificar, pues su larga túnica, rota y descuidada por el tiempo, le cubría entera.

—Me alegra poder tener visitas tan populares. Ya casi nadie viene a verme debido a mi pésima reputación —habló la mujer, mientras que Marianne y Nana se levantaron al verla, seguidas por Kantry y Annastasia, quienes se extrañaron.

—Si gusta le puedo ayudar a sentarse, señora —recomendó la líder, acercada a la anciana junto con Nana. La misteriosa vieja rio leve y volteó su mirada hacia la pelirroja, la cual no pudo ver casi nada detrás de la capucha, pues la luz era muy tenue.

—Gracias, si eres tan amable...

—Por supuesto. —Sin pensarlo más, Marianne tomó de un brazo a la anciana y la acompaño al sillón de la sala que parecía estar enfrente de los demás. Con cuidado y la asistencia de Nana, ambas sentaron a la señora, acomodadas sus largas túnicas al hacerlo y sentándose ambas en sus respectivos lugares en favor de ver a la anfitriona.

—Muchas gracias, amables jóvenes. Mi nombre es Antonieta y soy la anfitriona de éste, su hogar, la casa della morte como mi hermana llamó al sitio. ¿En qué puedo servirles? ¿A qué se debe tan agradable visita de tan hermosas jóvenes como ustedes? —preguntó la anciana al presentarse de manera cordial, todavía sostenido su bastón con ambas manos, colocado éste en el piso y las palmas sobre el otro extremo, una encima de la otra.

—Mi nombre es Marianne. Ellas son Kantry y Annastasia, amigas mías de años. Ella es Nana, aliada nuestra y amiga —presentó a todas la pelirroja, con una enorme sonrisa al hacerlo—. Hemos venido porque estoy en búsqueda de la auraforma prima del gran amo Pridhreghdi que vive en esta zona. Creíamos que usted podría guiarnos hacia su paradero actual, pues no vi algún indicio que me dijera que está cerca —explicó Marianne, confiada. La anciana, tras una débil risilla lenta y macabra, sonrió a al pelirroja, quien apenas lo notó entre las tinieblas.

—Ya veo. Por supuesto que sé dónde la auraforma de estas tierras vive. Con gusto te guiaré hasta allá. Pero antes, me gustaría saber: ¿Cómo es que saben ustedes en dónde habita dicha entidad? Es un secreto que la realeza de las brujas ha guardado de generación en generación. Muy pocas brujas saben siquiera sobre su existencia —cuestionó la anciana, curiosa.

—La reina Jocelyn fue quien nos dijo, por medio de un duelo de sacrificio. No fue en realidad su intención destrozar una tradición. Tenía mucho que ganar, por ello aceptó ese cambio de información —respondió Marianne al tratar de no decir nada que pudiera alterar a la anciana.

—Ya veo, ya veo... Mis hermanas son algo descuidadas. El gran amo Pridhreghdi nos confió una información así de importante y la apuestan por algún tipo de tontería. Me decepcionan más de lo que alguna vez yo pude haberlas decepcionado —aseguró la mujer para reír un poco al final.

—Disculpe la curiosidad, doña Antonieta, pero, ¿por qué vive aquí sola? ¿No cree que sería mejor vivir en Extravaganzza donde sus hermanas le pueden cuidar? —preguntó Annastasia, conseguido que Marianne la mirara con un enojo sin igual. No obstante, lo que la pelirroja no sabía era que, para las brujas, las mujeres mayores son un tesoro por su sabiduría y gran poder. La mayoría de estas viven en el castillo y aportaban con su gran conocimiento al aprendizaje de las más jóvenes, así como en la creación y desarrollo de poderosa magia. No estar allá era mala señal.

—Me temo que mis hermanas me odian. Mónica es la única que ha venido a verme en todos estos últimos años que creía seguiría sola aquí en este lugar. —Al decir eso la mujer mayor, Nana abrió los ojos de par en par. Parecía que la bestia gato se había dado cuenta de algo espeluznante—. ¡Alto ahí, joven bestia! Sé que has descubierto algo importante, pero te pido que no reveles nada, pues hay cosas que son mejor saberlas en diferentes situaciones, y ésta en particular no es la adecuada —ordenó la mujer al mover rápido su mano derecha para apuntar con ella a Nana, algo inusual considerando su avanzada edad y torpe movilidad—. ¡Ji, ji, ji! Ahora, Marianne debe ir hasta donde se encuentra la auraforma prima de este lugar. Será mejor que ustedes se queden aquí a esperarla. Es lo mejor —continuó la anciana, asustadas las mujeres por lo mostrado.

Marianne ya estaba nerviosa, sabía que había algo malo con aquella mujer y parecía ser que la primera en darse cuenta fue Annastasia. La pelirroja vio a la vieja y ésta, con una gran sonrisa, se puso de pie lento, asistida por la líder de la elite que, aun después del susto, no vaciló en ayudarle.

—Estoy lista para irme —confirmó Marianne, segura de su decisión.

—Entonces vayamos para allá. Sígannos, jovencitas —ordenó la anfitriona, sostenida del brazo de Marianne y usando su bastón, logrado hacerse camino hacía el pasillo de donde provino.

Las mujeres recorrieron la casa a un paso considerado y de forma afable, pues la anciana les platicaba sobre Mónica y lo bien que la ha tratado conforme pasan los años a pesar de todo. También les comentó un poco sobre Jocelyn y su pasado, cómo ascendió al poder de manera casi automática gracias a que sus predicciones eran infalibles.




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