La luna iluminaba las arenas y hacía resplandecer las cimitarras que poseían las invocaciones de Pako, ambas colocadas lado a lado de aquel miembro de los Cinq bandits. Ken, recordado lo serio que era el asunto, decidió desenvainar su arma primaria: la espada del fuego rojo sagrado.
—¡Oh! Usarás ese instrumento de destrucción masiva, ¿no? —preguntó Pako con una voz que, en vez de temor, reflejaba bastante confianza—. Espero que estés consciente que no estamos luchando a muerte. Esa espada es inherentemente poderosa cuando se trata de achicharrar a tus enemigos, pero éste no es el caso. Se supone que no debes matarme. ¿Aun así la usaras? —continuó cuestionando el mercenario, lo cual hizo que el piromante observara su espada y dudara.
Pako tenía razón, la espada de Ken era muy agresiva. En un descuido podría matar a su oponente y Ken no sólo perdería la información que necesitan, también el hombre quedaría catalogado como un criminal buscado por los siete reinos al faltar a uno de los códigos más sagrados. Por otro lado, su líder no decía nada. Ella se limitaba a observar lo que ocurría, cruzada de brazos y con su boca un poco torcida. Pensaba en las posibilidades que había en las cuales Ken perdiera y se viera en la necesidad de perder a un valioso aliado y la información que requería para su búsqueda.
—Espera, Ken... —ordenó la mujer. Aquello provocó que los hombres presentes la vieran con curiosidad—. No creo que sea necesario esto —expuso la pelirroja, después de pensar bien las cosas. Era verdad, la búsqueda del por qué Kyle tiene una auraforma no era prioridad en ese momento. Había cosas más importantes como encontrar a Regor y la auraforma de Yajitawa. Apostar la estrella de Ken y su lealtad hacia la elite era demasiado para una misión extracurricular.
Sí, Marianne añoraba saber cómo es posible que el hombre de la Parvada roja había conseguido crear una auraforma; pero tampoco era una persona que se dejara llevar por sus ambiciones secundarias. Siempre fue más de enfocarse en objetivos primordiales. Y esto no lo era.
—No, sé que puedo ganar —respondió Ken a su petición, cuyas palabras causaron que la mujer apretara el semblante un poco.
—Es una or...
—¡No! —interrumpió el hombre de manera tajante y casi gritando—. Déjame hacer esto, Marianne. Ha pasado mucho tiempo desde que no hemos podido serte realmente útiles. Annastasia, Kantry y Joseph están haciendo un gran trabajo y yo me estoy quedando atrás. Si no puedo obtener esta información, entonces no sé para qué demonios sigo aquí con ustedes. En ese caso, debería quedarme en nuestra base a cuidarla o hacer algo de menor importancia —explicó el hombre, quien apretaba su espada, empuñáda hacia Pako, quien le sonreía.
—Ken... —dijo Marianne, entendido lo que sucedía. Esto no sólo se trataba de la elite, aquí el hombre se estaba jugando su orgullo—. Está bien... ¡Como gustes! —Permitió la pelirroja a su amigo y subordinado, creada una sonrisa nefasta en Pako, dicha que deformó en una carcajada.
—Increible, en verdad... ¡Inaudito! ¿Sabes algo, Marianne? Tú y la Princesa no son muy diferentes —comentó el hombre de anteojos, para después tronar sus dedos y enviar a sus dos invocaciones hasta donde se encontraba Ken. Los caballeros de largas túnicas corrían a una velocidad increíble inclusive en la arena. Por ello, Ken rápido colocó su espada frente a sus ojos, levantada con ambas, posicionada en horizontal y hacia sus enemigos. Hacer esta acción creó debajo del hombre un círculo de fuego rojo sagrado, creado un escudo alrededor de Ken que los caballeros de Pako pensaban atravesar con sus cimitarras.
No obstante, Ken hizo brotar sus alas rotas de cristal rojo carmesí, esparcido el fuego a todas direcciones y golpeadas las invocaciones por ello, empujadas de vuelta hacia Pako dando ambas una pirueta en reversa para lograr caer sobre una rodilla en la arena.
El mercenario vio entonces a Ken, bañado en fuego, con ambas alas rojizas y rotas que aleteaban suave. Sin más preámbulo, Ken levantó su espada e invocó bolas de fuego que se precipitaron sobre su enemigo. Pako, sin muchos problemas, evitó los agresivos ataques que, al tocar el suelo, creaban explosiones que podrían alcanzarle, pero esto nunca pareció dañarle en lo absoluto.
Por otra parte, las armaduras se movieron en direcciones diferentes, intentado rodear al piromante por ambos costados. Ken, al notar esto, dio un gran salto en favor de poder volar lo más alto posible, girado sobre su propio eje mientras expulsaba de sus manos y alas tres aves fénix formadas de fuego rojo que rápido se lanzaron en picada hacia el caballero de ropas rojas.
Pako, al notar esto, extendió su mano hacia las aves y lanzó varios proyectiles luminosos que las golpearon hasta destruir a dos de aquellas manifestaciones flameantes. La última fue despachada por un corte de las cimitarras del caballero rojo, blandida éstas en cruz al saltar hacia el fénix.
Esto impresionó un poco a Ken, no esperaba que el mercenario protegiera a su invocación, mas era obvio pensar que representa una ventaja en el campo de batalla, por ello las quería ahí. Dichas acciones distrajeron lo suficiente al piromante como para que el caballero azul, de un salto impresionante, llegara hasta donde se encuentra aquel para tratar de rebanarlo con sus cimitarras. Al darse cuenta de esto, Ken volteó e interpuso su espada para defenderse, conseguido detener a la invocación. Por desgracia, también le dio oportunidad a Pako para saltar lo más alto que pudo y así disparar de sus manos cientos de proyectiles luminosos hechos de aura que golpearon a Ken en un costado. Aquello hizo que el piromante blandiera su arma para repeler al caballero y así, lanzar desde su mano una llamarada gigantesca al mercenario.
Pako demostró lo ágil que es, incluso desde el aire, y esquivó sin problemas aquel ataque masivo de fuego. Este cayó con los brazos cruzados al suelo, a la par que daba también una pirueta hacia atrás en el aire hasta arribar de pie en la arena, dobladas sus rodillas al hacerlo.