Más allá de la creación

Vigésima Verdad: Desacuerdos

Las fuertes corrientes de lava guiaban el barco de acero piroata llamado «El sulfuro ardiente». Los tripulantes de la nave eran variados en sus filas. Había bestias salamandra, elementales de fuego, trasgos y algunos diablillos que se encargaban de limpiar la proa y sus alrededores, haciendo otras tareas sencillas en la nave o conversando un poco entre ellos.

En la cofa más alta, una salamandra de piel roja y grandes ojos amarillos observaba los alrededores, distraído al no haber nada a la vista lejana en el mar de lava. Aquel sujeto jugueteaba con su arma de fuego, la cual era una pistola pirata con un acabado dorado muy hermoso que parecían llamas rodeando el cañón de aparente madera. El aburrido tripulante bostezo de momento, para luego voltear a los alrededores mientras se rascaba la cabeza. Todo parecía normal, hasta que la bestia logró notar un par de puntos extraños que parecían dirigirse al barco, por lo que tomó un telescopio que tenía a sus pies, resbalándosele de las manos por la prisa en sujetarlo. Al final, logró ponerlo enfrente de su ojo derecho apuntando a lo que había visto.

—¡Tenemos compañía! —avisó aquel sujeto, a la par que tocaba una campana que poseían los piroatas en la cofa. Los demás tripulantes se alertaron y asomaron por la orilla del babor para ver a los sujetos que venían hacia el barco. Poco a poco se alcanzaba a ver que se trataba de Marianne y Ken, ambos miembros de la Elite de fuego que esperaban dialogar con los piroatas.

Sin pensarlo dos veces, ya habiendo avisado a la tripulación, la bestia salamandra bajó de la cofa resbalando por el largo mástil que sostenía su estancia, hasta que llegó a la proa en donde ordenó a los demás de inmediato qué hacer.

—¡Dejen de estar viendo qué putas es! ¡A sus posiciones todos! ¡No sabemos con qué intenciones vienen ese par de capullos asquerosos! —comandó la bestia a los tripulantes, quienes de inmediato dejaron las orillas del babor y adquirieron su lugar en combate, puestos detrás de cañones, sujetadas armas de todo tipo y esperando a que llegaran los desconocidos.

Por otro lado, la salamandra entró a las cabinas del barco, descendió por las escaleras mientras otros tripulantes subían para continuar con el procedimiento que llevan los piroatas en la invasión. Aquel sujeto continuó bajando, recorriedas varias habitaciones hasta llegar a una que tenía por enfrente una pesada puerta con una ventanilla redonda encima, para luego tocarla y abrirla.

—¡Tenemos un problema! ¡Ken se está acercando a la nave! —advirtió la bestia roja a un sólo sujeto, pues entró a una especie de taller con muchos aparatos metálicos o partes de ellos esparcidos por doquier, encontrado con alguien de baja estatura que tenía encima una máscara para soldar de color plateada con aparentes quemaduras negras de tanto uso. Aquel extraño parecía estar trabajando sobre algún tipo de aparato, usado un soldador gigante que le estaba arrojando gran cantidad de fuego al rostro. Al escuchar las palabras de su subordinado, el misterioso soldador detuvo su trabajo y se retiró la máscara para mirar a aquel tripulante agitado.

—¡Je, je, je! Subo enseguida, Marte —respondió aquel extraño tipo con una macabra sonrisa, retirada por completo la máscara y dejándola junto a su soldador arriba de una mesa de trabajo que tenía enfrente.

Marianne y Ken lograron acercarse lo suficiente para que todos apuntaran con sus armas hacia ellos, detenidos ambos en el aire a una distancia favorable para que pudieran ser escuchados.

—¡Venimos a negociar! —gritó Marianne al estar ya cerca del barco de acero—. ¡Mi nombre es Marianne Ozuna, líder de la Elite de fuego! ¡Deseo hablar con la persona al mando de este barco para solicitar su ayuda a cambio de algo negociable! —explicó la mujer, cuyas palabras provocaron que todos bajaran sus armas y se vieran los unos a los otros. Después de unos breves momentos, los tripulantes de la nave se burlaron de la mujer a carcajadas, sin cambiar la sonriente y confiada expresión de quien volaba cerca del babor.

—¡Bajen! ¡No vamos a dispararles! —expresó un elemental de fuego que poseía un parche en su ojo derecho, lo que hizo a ambos humanos acercarse a la proa para descender allí con cuidado, cerca de todo un boicot de piroatas.

—Me gustaría hablar con la persona al mando, si no les molesta —especificó Marianne ya una vez de pie en la nave, con una mano sobre su cadera y todavía usando la capa de tela volcánica.

—Bueno, aquí estoy. ¿Qué deseas, Marianne Ozuna? —respondió el encargado del barco: un trasgo de tez café ocre con ojos muy grandes; con nariz gruesa, larga y puntiaguda, de estatura muy baja y grandes dietes afilados. El sujeto llevaba puesta ropa digna de un pirata, manchada de aceite y quemada de algunas partes, al igual que un paliacate negro con llamas encima de su calva.

La piel de aquel trasgo se veía arrugada y algo vieja, llena de porosidades y algunos extraños granos, además de algunas quemaduras y cicatrices de cortes. Frente a su ojo izquierdo, aquel sujeto llevaba puesto una especie de monóculo con un gran anillo de acero clavado en la cuenca de su ojo, sujeto éste con una cinta negra que le rodeaba el cráneo en diagonal.

—Robert Yreva... No puedo creer que seas tú —dijo Ken al verlo de forma despectiva. El sujeto le regresaba la mirada con una sonrisa confiada, apretado el puente de la nariz.

—¿Lo conoces?

—Tú también deberías saber quién es. Su nombre es Robert Yreva, primer almirante de los piroatas y mano derecha del capitán. También es el encargado de toda la tecnología y armas que usan los piroatas. Es un maldito genio —presentó Ken, revelado ser uno de los miembros más importantes de los piratas de fuego.

—Exacto. Un gran ejemplo de mi trabajo es el barco en el que estamos, el cual transforma el intenso calor de la lava en energía que usamos para diferentes tareas, además de la impulsión de la nave en sí —presumió el almirante, llevada su mano a su barbilla.




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