Más allá de la creación

Vigésima Primera Verdad: Sofocación

El grupo de Marianne había sido sorprendido por la presencia del supremo soberano élfico en casa de una reconocida personalidad de Yajitawa, Ramiro de la Rosa. Éste, sin pensárselo dos veces, asistió al lugar sin previo aviso gracias a que sus informantes le avisaron que los miembros de la Elite de fuego se encontraban en el reino, listos para hacer sus destrozos como ya lo habían ocasionado en casa de sus aliados.

La líder no se sorprendió mucho, al contrario, sabía que sería demasiado sencillo pasar por debajo del ojo de los elfos sin ser detectada. Si algo le había quedado muy claro era que Albrench y su raza eran muy cuidadosos. No podías tratar de pasarles por enfrente así nada más y esperar no atraer consecuencias. Por ello, la mujer pelirroja rio tranquila, relajó su cuerpo y se acercó unos cuantos pasos al rey élfico, hecha una reverencia con su mano sobre su pecho.

—¡Es un verdadero placer volverlo a ver, su majestad! —expresó la mujer con gracia y finesa. El rey, al ver dicha acción, sonrió leve y contestó a la pelirroja.

—El gusto es mío, Marianne Ozuna —replicó Albrench, dichos los títulos que Catopolis le otorgó a la mujer—. Ya has ganado fama, al fin. Espero ésta sea tu última «conquista» —dijo el rey caminando sin miedo hacia la líder, pasada de lado y sentándose en uno de los sillones de la sala de Ramiro —. No he venido aquí a pelear, sino a discutir. Ya sé lo que estás buscando. Quieres encontrar a la auraforma prima que habita aquí en Skog av livet y no pienso negarte su ubicación. De hecho, te la diré ahora mismo: Se encuentra al noreste de aquí, en un lugar llamado Dalen hallusinasjon —confesó el elfo de tez morena sin algún tapujo, impresionados los presentes, llenos de incertidumbre y miedo, sobre todo Marianne.

—Bien, en ese caso... —secundó la pelirroja al sentarse cerca del rey, invitada Ramiro con su mano y mirada a tomar también asiento con ellos—, ¿cómo pactaremos nuestra alianza? —preguntó la mujer, sonriente, apoyado su rostro sobre su mano.

—Ya hablamos el mismo lenguaje, Marianne. Es obvio que busco que no sólo sea Catopolis a quienes defiendas, sino también a Yajitawa.

—Me supongo que su visionaria sabe algo, rey Albrench.

—Muy perspicaz te has vuelto. Habrá una revuelta dentro de poco y uno de los dos elfos que también poseen la piel tan hermosa como la mía subirá al poder. Verás, Marianne. Cuando un elfo de piel morena nace entre los blancos, automáticamente éste se entrena para volverse rey. No obstante, durante mi juventud, nacieron otros dos elfos con la piel de color morena: Crescentio del Clavel y Jhonatan del Girasol —contó el soberano, a la par que Kashia, su guardia personal, se colocaba a su lado, aún con su mano sobre su espada enfundada.

—Supongo que alguno de ellos le ha amenazado con destronarlo.

—No como tal, mi querida piromante. Vatteneri predijo que pronto habrá una especie de guerrilla aquí en nuestro reino. Una rebelión, me parece. En ésta se puede observar a muchísimos elfos combatiendo contra seres oscuros en medio de un bosque en llamas, levantado entre todas aquellas repugnantes criaturas un elfo de piel morena que sostiene en su mano ensangrentada esto: mi reliquia familia, el loto de oropel —contó el rey al señalar un bello broche que poseía por enfrente de su pecho. Una especie de gema verde esmeralda con un loto de oropel por dentro.

—Así que será asesinado por el traidor.

—Así parece. No queda muy claro si en verdad es uno de ellos dos, pero no conozco a otros. Asesinarlos sería también una medida algo drástica, incluso en estos tiempos de guerra, mi querida Marianne. Pregunté a Vatteneri si podría evitar mi muerte y me respondió que no. —Estas últimas palabras las dijo el rey mientras se ponía de pie y se acercaba a una ventana con las manos puestas por detrás de su espalda. —Eso no me preocupa ya más. He vivido mucho tiempo y mi reinado ha sido prospero. Si debo morir, lo haré con honor.

Te pido, Marianne Ozuna, que asesines al sujeto que provocará esto una vez que lo haya hecho. Véngame si incluso te cuesta arriesgar tu libertad o alianza con los demás reinos. —La petición dejó a todos en silencio, hasta que la pelirroja notó la mirada confiada y tranquila del rey elfo, animada a responder aquello.

—¡Acepto!

—¡Marianne!

—Lo sé, Annastasia; pero también comprendo lo que Albrench quiere, y siento en mi corazón que es justicia lo que él desea, no venganza. Tendrá retribución, sin duda alguna. Yo seré el verdugo de aquel que le arranque la vida —aseguró la mujer al levantarse y ponerse sobre una rodilla ante el rey, colocado un puño en la tierra y reverenciándole con su cabeza agachada.

—Así será, entonces... —Albrench tomó la espada de Kashia y con ella nombró a Marianne un caballero, dichas las siguientes palabras al colocar su espada sobre sus hombros, uno después del otro—. Yo, Albrench del Loto, te nombro a ti, Marianne Ozuna, Protectora del reino de Yajitawa y azote de los traidores. Desde ahora y por siempre—enunció el hombre, orgulloso de proclamar a la mujer como la flecha que atravesará a aquellos que se atrevan a ir en contra de la ley élfica.

—Ahora que eres parte de los elfos, necesitaras esto —dijo Kashia al ponerse Marianne de pie entregándole una capa que le dieron los guardias al momento de ser nombrada aliado.

—¡No puede ser! —expresó Ramiro al ver el regalo—. ¡Es la capa del manto plateado! —Cuando ella dijo esto, todos en la sala pelaron los ojos y vieron el regalo con mucha curiosidad.

—¿Eh? Agradezco de todo corazón el regalo, pero... disculpen mi ignorancia, no sé qué es. —Lo confesado hizo reír a Albrench a carcajadas. Annastasia fue quien le explicó al final.

—La capa de manto plateado es toda una leyenda entre los siete reinos. Se duda a veces de su existencia. El primer rey de los elfos, Einar del Loto, se la regalo a Hans del Narciso, con la promesa de está protegerle de cualquier mal que le tratase de lastimarlo. La leyenda cuenta que fue esta capa la que defendió a los aliados que iban a enfrentar al piromante de tus llamas púrpura —explicó la mujer de ojos ámbar, observada la prenda que ya estaba en manos de la pelirroja.




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