Enormes lenguas de fuego se alzaban al aire, brotadas del rio de lava que se encuentra debajo de todos los reinos de Gaia II. El paisaje cálido colaboraba en la hermosa vista del océano de fuego y roca fundida, pintadas de colores rojizos las paredes de alrededor, así como el alto techo de piedras que separaba la superficie de este lugar.
Sobre el barco piroata de Robert Yreva iban seis miembros de la Elite de fuego: Herald, Ken, Kantry, Annastasia, Joseph y la líder, Marianne. Todos ellos acompañados por las bestias gato Nono y Nana Kira, las cuales estaban más que fascinadas por viajar en aquella increíble nave de acero, posicionados en la orilla del babor para admirar cada parte del lugar.
Por otro lado, Ken, Annastasia y Herald estaban en el interior del barco hablando con Robert. Éste continuaba con su labor en el taller, a la par que platicaba sobre algunos planes de los piroatas e intercambiaban conocimientos. Joseph se encontraba con Marte en la popa del barco, pues el tripulante salamandra era quien manejaba todo desde el timón de ésta.
Por su lado, Marianne sólo se paseaba a lo largo del estribor al admirar el arduo trabajo de los piroatas al tratar de acomodar sus pensamientos gracias a los recientes acontecimientos sucedidos. Según Robert, Catopolis ya se encontraba en problemas por haberse declarado su aliado al igual que Yajitawa. Ambos reyes de los reinos fueron citados en Extravaganzza para una discusión del asunto. A la par que ellos seguían en el mar de fuego, Toledo y Albrench se dirigían al hogar de las brujas para enfrentar una posible pérdida de la alianza de más de mil años.
Además de eso, el problema de Regor continuaba en la lista, lo que no la dejaba para nada tranquila, aunque tenía ya una idea de quien podría saber algo, aunque tuvo problemas con él hace poco.
De pronto, al seguir su camino, Marianne se encontró a Kantry, quien se hallaba pescada de la orilla del estribor, atenta al paisaje. La líder notó una pelicular alegría en su amiga, tenía años que no veía esa cara en la mujer cuando ella observaba a otra cosa que no fuera su esposo. Esa alegría era pura y sincera, algo que muy pocas personas logran obtener a lo largo de su vida.
—Tal parece que alguien está muy entusiasmada por el viaje —comentó Marianne acercándose a Kantry, la cual se sonrojó y bajó la mirada con una enorme sonrisa.
—No puedo evitarlo. Creo que de todo lo que han creado las bestias sagradas, esto es único.
—Pensé lo mismo al verlo junto a Ken. Me es increíble que algo así pueda existir. Esto demuestra el verdadero poder de esos seres.
—¿Fue Ken quien te guío a los Piroatas?
—No, el sólo me dijo que por medio de este lugar podríamos llegar hasta Yajitawa desde Catopolis. Los piroatas fue una coincidencia gigantesca —explicó Marianne al escuchar la sorprendida pregunta de su amiga, calmada de momento y viendo el mar de lava con nostalgia—. ¿Hay algo de lo que no me he enterado sobre los piroatas y ustedes? —preguntó, segura.
—¿Qué acaso nunca se te escapa nada? Es verdad, pasó algo con los piroatas, pero es una historia que es mejor no contarla aquí. Cuando lleguemos a casa con gusto te daré los detalles.
—Muero por arribar —comentó Marianne emocionada al ver cómo Kantry recargaba sus brazos a los costados en la orilla del barco, llena de paz. El silencio duró unos pocos segundos, hasta que los pasos de un ser pesado se hicieron presentes. Herald se estaba acercando a las mujeres, pues notó que era un momento algo privado, por lo que se apresuró a interrumpirlas de inmediato.
—Me parece que hoy es un buen día para navegar en un mar gigantesco de lava ardiente —comentó el hombre de forma sarcástica—. Pronto llegaremos a Vitanovus, te manda decir el almirante Robert, mi líder —enunció el ingeniero, respondido con una cómoda sonrisa.
—Gracias por el mensaje. Hay que irnos preparando para abandonar la nave al subir —ordenó la mujer, provocado que Kantry asintiera y se dirigiera a donde se encuentran Marte y Joseph.
—Debo admitir que usar a los piroatas para salir de ésta es digno de ti, mi líder. Jamás creí que pudieras hacer alianza con estos sujetos —expresó Herald acercándose a la orilla del estribor con las manos tras su espalda, cuya mirada estaba clavada en el horizonte, pensante.
—Sabes que siempre tengo un as bajo la manga. Nunca hago algo sin tener un plan de contingencia.
—En efecto —aseguró el hombre, regresada su mirada a la pelirroja—. Según tu teoría, aún quedan dos auraformas que encontrar: una de Catopolis y la otra de Terra Nova. En todo caso, ¿tienes idea de dónde pueda encontrarse alguna de las dos? Pregunto porque ahora que la alianza está buscándote como loca, dudo que puedas seguir mucho tiempo en la colonia maldita.
—Sé dónde está la de Catopolis. En cuanto la última, no tengo la más mínima idea; pero tengo el presentimiento que pronto lo averiguaré —expuso la mujer ante el ciborg, preocupado por ello.
—Estás confiándote mucho de esa intuición. Te recomiendo tengas cuidado, mi líder. —Con esas palabras, Herald pasó a retirarse, dejada la mujer sola, notado cómo el ingeniero estaba serio.
—¿Crees que me estoy confiando mucho, amiga? —preguntó Marianne en voz baja, suspirado al final con un rostro lleno de tristeza.
Robert emergió del barco, anunciado que estaban muy cerca del punto de arribo, por lo que Marte subió hasta la cofa más alta y disparó la señal para emerger al sur de Terra Nova. Los miembros de la elite agradecieron a los piroatas y estos se fueron sin decir mucho más. La brújula que Robert le había obsequiado a Marianne quedó en sus manos, rectificado por el piroata que podía usarla si gusta en alguna otra ocasión que requiera de su ayuda. La pelirroja agradeció y vio cómo los piroatas desaparecieron bajo tierra al instante.
Herald no acompañó a los demás. Él decidió dividir caminos hacia el laboratorio PQB, pues sentía que pronto las cosas podrían ponerse feas e iban a necesitar también ayuda de Maynard, además que allá tenía una nave para poder regresar hasta la MHN-001. Nana y Nono, por su parte, decidieron regresar a Catopolis para estar al pendiente de las nuevas ordenes del rey Toledo, despedidos por los humanos antes de marcharse.