Más allá de la fe

Capítulo 2: Los pilares de la fe

Daniel aprendió muy pronto que, en la Iglesia Bautista de la Colina Sagrada, nadie necesitaba preguntarte si estabas haciendo lo correcto.

Simplemente observaban.

Observaban cómo vestías.

Con quién hablabas.

Cuánto tiempo permanecías después del culto.

Quién se sentaba a tu lado.

Qué música escuchabas.

Incluso la manera en que un joven miraba a otro podía convertirse en tema de conversación.

En aquella comunidad, la reputación era casi una segunda piel.

Y Daniel había aprendido a proteger la suya como quien protege algo sagrado.

Desde pequeño, su madre le había enseñado a bajar la cabeza durante las oraciones, cerrar los ojos y escuchar atentamente los sermones.

Marta Moreira era conocida como una esposa ejemplar.

Siempre estaba junto a Elias.

Organizaba reuniones de mujeres, ayudaba en las actividades de la iglesia, recibía familias en casa y nunca contradecía a su marido delante de los demás.

Cuando alguien le preguntaba cómo conseguía ocuparse de todo, ella sonreía.

—Dios me da fuerzas.

Daniel admiraba a su madre.

O quizá admiraba la forma en que ella conseguía parecer completamente segura de todo.

Cuando tenía ocho años, Daniel solía sentarse en el suelo de la sala mientras Marta planchaba.

—Mamá.

—¿Sí?

—¿Por qué papá sabe tanto de Dios?

Ella sonrió.

—Porque fue llamado para enseñar.

Daniel guardó silencio unos segundos.

—¿Y yo?

Marta dejó de planchar.

—Tú también tienes un llamado.

En aquel momento, Daniel no comprendió el peso de aquella frase.

Solo sonrió.

Las primeras lecciones de Daniel sobre el pecado llegaron antes de que comprendiera realmente lo que significaba aquella palabra.

Pecado era desobedecer.

Mentir.

Faltar al culto.

Decir malas palabras.

Desear aquello que Dios no había permitido.

Y había cosas de las que los adultos hablaban en voz más baja.

Una de ellas era la homosexualidad.

Daniel tenía once años cuando escuchó a su padre hablar sobre aquello durante una reunión.

Elias estaba sentado a la mesa con otros hombres de la iglesia.

Daniel estaba en el pasillo, buscando un libro.

—Eso no es simplemente un error —dijo Elias—. Es algo que va en contra de lo que Dios estableció.

Otro hombre asintió.

—La Biblia es clara.

Daniel todavía no sabía exactamente de qué hablaban.

Más tarde se lo preguntó a su madre.

Marta permaneció en silencio durante unos segundos.

—Hay comportamientos que nuestra fe considera pecado.

—¿Pero por qué?

—Porque creemos que Dios creó al hombre y a la mujer con propósitos diferentes.

Daniel asintió.

Era suficiente.

A esa edad no discutía con los adultos.

Creía.

Y así fue como ciertas ideas entraron en él.

No como gritos.

Como pequeñas semillas.

Bia era diferente.

Su hermana pequeña tenía seis años menos y parecía haber nacido con una pregunta preparada para cada respuesta.

—Si Dios lo sabe todo, ¿por qué tenemos que pedirle cosas?

—Bia...

—Solo estoy preguntando.

—Porque así funciona.

—¿Pero por qué?

Marta suspiraba.

Daniel observaba desde lejos.

Bia nunca parecía satisfecha con las respuestas fáciles.

Una noche, durante la cena, Elias comentó que un joven había dejado de asistir a la iglesia.

—Empezó a juntarse con personas que no comparten nuestra fe —explicó.

Bia movió el tenedor dentro del plato.

—¿Y qué?

Elias levantó la mirada.

—¿Cómo que qué?

—Si él no cree en las mismas cosas, ¿no puede ser amigo de ustedes?

La mesa quedó en silencio.

Marta miró a su hija.

—Bia.

—Solo pregunté.

Daniel bajó los ojos.

Sabía que demasiadas preguntas podían traer problemas.

Bia todavía no había aprendido eso.

O quizá lo había aprendido y simplemente no le importaba.

Durante la adolescencia, Daniel empezó a comprender que la iglesia no era solamente un lugar donde todos compartían las mismas creencias.

Era una comunidad donde todos conocían la vida de todos.

Cuando un joven comenzaba a salir con alguien, todos lo sabían.

Cuando terminaba una relación, también.

Cuando una familia atravesaba problemas, las peticiones de oración circulaban rápidamente.

Y cuando alguien hacía algo considerado inapropiado, la noticia viajaba todavía más rápido.

Daniel aprendió a evitar cualquier comportamiento que pudiera provocar comentarios.

Aprendió a pensar antes de hablar.

A controlar sus gestos.

A esconder sus dudas.

A no mirar demasiado tiempo.

A no dar nunca motivos para que alguien preguntara:

«¿Qué le pasa a Daniel?»

Con el tiempo, ni siquiera necesitaba que alguien lo vigilara.

Él mismo lo hacía.

Antes de reír, pensaba si estaba exagerando.

Antes de abrazar a alguien, pensaba cómo podría interpretarse.

Antes de admitir que algo le gustaba, se preguntaba si era aceptable.

La vigilancia había dejado de estar fuera.

Ahora vivía dentro de él.

A los diecisiete años, Daniel participó en una reunión de jóvenes sobre relaciones.

Elias estaba al frente.

Hablaba sobre matrimonio, pureza y responsabilidad.

—Tienen que entender que no todo sentimiento debe ser seguido.

Daniel escuchó atentamente.

En aquella época todavía no sabía por qué aquella frase se había quedado grabada en su memoria.

Quizá porque había sentido algo que no sabía nombrar.

Una mirada.

Un momento demasiado largo.

Una persona que no debería haber querido conocer de aquella manera.

Daniel nunca se lo contó a nadie.

Ni a Bia.

Ni a su madre.

Mucho menos a su padre.

Aquella noche se arrodilló junto a la cama.

Pidió perdón.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.