La noticia llegó antes de que Daniel estuviera completamente seguro de que aquello estaba sucediendo.
Raquel.
Hija del diácono Samuel.
Educada.
Religiosa.
Discreta.
La chica correcta.
Al menos eso decía todo el mundo.
—Ustedes hacen buena pareja —comentó Marta mientras preparaba la mesa para la cena.
Daniel levantó la mirada.
—Ni siquiera nos conocemos bien.
—Precisamente por eso deberían hablar más.
Al otro lado de la mesa, Elias permanecía en silencio.
No necesitaba decir nada.
Daniel conocía aquel silencio.
Era expectativa.
Después de cenar, su padre lo llamó para hablar.
—Samuel y yo hemos estado conversando.
Daniel sintió que el cuerpo se le tensaba.
—¿Sobre qué?
—Sobre ustedes dos.
—Papá...
—No te estoy obligando a nada.
Daniel respiró aliviado.
Entonces Elias añadió:
—Pero creo que sería una buena oportunidad para que se conozcan dentro de los principios que seguimos.
No era una orden.
Era peor.
Era una expectativa.
Y Daniel había sido educado para no decepcionar las expectativas de los demás.
—Está bien.
La sonrisa de Elias apareció inmediatamente.
—Sabía que lo entenderías.
El primer encuentro ocurrió el sábado siguiente.
No hubo cine.
No hubo restaurante.
No hubo aquella espontaneidad que Daniel veía en otras parejas.
El encuentro fue en el salón de la propia iglesia.
Con ambas familias cerca.
Una mesa con café.
Pasteles.
Conversaciones.
Miradas discretas.
Y, aparentemente, suficiente privacidad.
Daniel y Raquel estaban sentados uno frente al otro.
Ella sonrió.
—¿Estás nervioso?
—Un poco.
—Yo también.
Daniel rió.
Fue un momento genuino.
Quizá el primero de aquella tarde.
Raquel parecía tan incómoda como él.
—Tu padre habló muy bien de ti —dijo ella.
—El tuyo también.
Ella sonrió.
—Creo que nuestros padres ya han decidido muchas cosas.
Daniel bajó la mirada.
—Tal vez.
Raquel guardó silencio durante unos segundos.
—¿Quieres ser pastor?
Daniel conocía la respuesta correcta.
—Sí.
—¿Y dónde te imaginas dentro de diez años?
Daniel abrió la boca.
Se detuvo.
Diez años.
La pregunta parecía sencilla.
Pero, por primera vez, intentó imaginarlo.
Un púlpito.
Una iglesia.
Una esposa.
Hijos.
Una casa.
Domingos.
Cultos.
Reuniones.
Y aquella misma sensación inexplicable de estar observando su propia vida desde detrás de una ventana.
—Creo que... exactamente donde Dios quiera.
Raquel sonrió.
—Yo también.
Ella jugó con la servilleta entre los dedos.
—Me gustaría tener hijos.
Daniel tragó saliva.
—A mí también.
La mentira salió con tanta naturalidad que casi lo asustó.
Raquel levantó los ojos.
—¿Cuántos?
—No lo sé.
—¿Tres?
Daniel sonrió.
—Tal vez.
Ella rió.
—Eres demasiado serio.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Daniel comprendió que Raquel era amable.
Bonita.
Inteligente.
Y no había absolutamente nada malo en ella.
Ese era precisamente el problema.
Él quería sentir algo.
Cualquier cosa.
Pero solo había un espacio vacío dentro de él.
Durante las semanas siguientes, los encuentros continuaron.
Siempre con reglas.
Siempre con límites.
Siempre con alguien sabiendo dónde estaban.
Daniel empezó a recibir mensajes de miembros de la iglesia.
«¿Cómo va el cortejo?»
«Raquel parece una chica excelente.»
«Tu padre debe estar muy feliz.»
Incluso Bia lo notó.
Una noche encontró a su hermano sentado en el sofá.
—¿Te gusta?
Daniel miró la televisión apagada.
—Claro.
Bia entrecerró los ojos.
—Has respondido demasiado rápido.
—Porque es una pregunta sencilla.
—No lo parece.
Daniel se levantó.
—Bia, vete a dormir.
Ella siguió mirándolo.
—Pareces triste.
Daniel se detuvo.
Por un instante estuvo a punto de contárselo.
A punto.
Pero recordó todo lo que había aprendido.
—Estoy cansado.
Bia no le creyó.
Pero no insistió.
Por las noches, Daniel empezó a rezar más.
Mucho más.
Primero unos minutos.
Después media hora.
Una hora.
A veces hasta perder la noción del tiempo.
Arrodillado junto a la cama, apretaba las manos con fuerza.
—Dios, quita esto de mí.
Silencio.
—Por favor.
La habitación permanecía inmóvil.
—Quiero ser como Tú esperas que sea.
Su voz temblaba.
—Quiero querer lo que está bien.
Respiraba profundamente.
Intentaba ordenar sus pensamientos.
Intentaba encontrar dentro de sí algo que confirmara que estaba siguiendo el camino correcto.
—Cura mi corazón.
Otra pausa.
—Cura mis pensamientos.
Las palabras comenzaron a repetirse.
Como una fórmula.
Como si, repitiendo aquella petición suficientes veces, pudiera transformar su interior.
Algunas noches permanecía arrodillado hasta que le dolían las piernas.
Cuando finalmente se acostaba, cerraba los ojos.
Y entonces los pensamientos regresaban.
Un rostro.
Una sonrisa.
Un recuerdo.
Una sensación que no conseguía explicar.
Daniel abría los ojos inmediatamente.
—No.
Se sentaba en la cama.
Tomaba la Biblia.
Leía un capítulo.
Después otro.
Volvía a rezar.
Hasta el amanecer.
Una madrugada, Daniel fue a la cocina a beber agua.
Encontró a Bia sentada sobre la encimera.