5– Marcas no tan visibles
Después del almuerzo, decidí ir a buscar a Lucy. Quería contarle lo que había pasado, aunque parte de mí ni siquiera entendía bien qué había pasado.
Caminé hacia la biblioteca esperando verla acomodando libros o discutiendo con alguna profesora sobre poesía. Pero al doblar el pasillo… me detuve.
No era Lucy.
Era Kai.
Estaba recostado contra la pared, solo, con los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo, como si estuviera esperando algo. O a alguien.
Cuando me vio, alzó la vista, sus ojos me recorrieron en un segundo, y entonces, sin cambiar su expresión seria, habló.
-No deberías sentarte tan cerca de la ventana. Te vas a resfriar.
Me detuve, confundida. ¿Eso era todo? ¿Eso era lo que quería decirme?
-¿Qué? Dije, casi en un susurro.
Pero él ya se había girado, caminando por el pasillo como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de decir algo que me hiciera pensar durante todo el día.
Las clases pasaron rápidas, borrosas, envueltas en pensamientos que no sabía cómo ordenar.
Al sonar el timbre de salida, me despedí de Lucy en la entrada. Ella me sonrió, como si pudiera ver en mis ojos lo que yo no quería decir en voz alta.
-Nos vemos mañana, Hina.
-Nos vemos. Dije con una pequeña sonrisa.
El camino a casa fue tranquilo. Al llegar, hice mis tareas en silencio, limpié un poco mi habitación y luego preparé algo de cenar. La rutina de siempre… pero nada se sentía igual.
Ya entrada la noche, me senté en mi escritorio. Saqué el pequeño cuaderno de tapas celestes, ese que nadie más leía. Ese que usaba cuando necesitaba entenderme.
Tomé el bolígrafo y comencé a escribir.
No entiendo por qué me dijo eso.
¿Qué importa si me siento cerca de la ventana?
¿Está… preocupado? No tiene sentido.
No me conoce.
No debería mirarme como si lo hiciera.
A veces siento que estoy soñando. Que todo esto no me está pasando a mí.
Pero luego, me miro en el espejo…
Y me sigo viendo igual.
Invisible.
O eso creía.
Cerré el diario con cuidado y lo guardé bajo la almohada, como si fuera un secreto que todavía no estaba lista para contarle al mundo.
Luego apagué la luz, pero dormirme no fue tan fácil. Porque por primera vez… me estaba preguntando si de verdad alguien me estaba viendo.
Al día siguiente, caminé al instituto con el estómago retorcido. No sabía por qué, pero una parte de mí quería y temía volver a cruzarme con Kai. Y cuando entré al aula…
Ahí estaba. Sentado en su sitio de siempre.
Me detuve un segundo en la entrada. Varias personas levantaron la vista, algunas ya acostumbradas a esperar “dramas” entre él y yo. Pero esta vez… No hubo palabras, ni suspiros, ni insultos.
Solo una mirada.
Kai me miró y, con un gesto sutil de la cabeza, señaló el asiento junto a él.
No sonrió. No habló. Solo… me señaló que me sentara allí.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza, como si acabara de correr una maratón. Caminé lentamente hacia él, consciente de cada paso.
Y cuando me senté, noté algo extraño: no había tensión. Ni burla. Solo una quietud extraña, como si estar a su lado, fuera algo que ya se había decidido sin necesidad de palabras.
Tal vez lo fue.
Kai no dijo nada. Pero por primera vez, no necesitaba hacerlo.