15- Gracias.
Punto de vista de Kai
El cielo estaba nublado. Las ramas de los árboles se mecían apenas con el viento. Y Hina estaba ahí, a mi lado, sin decir nada.
No necesitaba hacerlo.
Sentía su presencia como un peso cálido que me sostenía, como si sin tocarme me recordara que no estaba a punto de caer. Que aún podía quedarme en pie.
¿Desde cuándo se volvió tan importante?
No lo sé. Quizás desde que vi su mirada cuando chocó conmigo. O desde que bajó la cabeza delante de Diana y me dieron ganas de alzarle el mentón con una sola mano y decirle que no lo hiciera nunca más.
O tal vez fue cuando me llamó "gruñón" con esa voz temblorosa, como si no supiera si estaba siendo valiente o tonta.
Y ahora está aquí. Sentada conmigo en este refugio que juré que era solo mío. Y no me molesta.
Al contrario.
Me calma.
‘’No tienes que hacerlo solo.’’ Me dijo hace un rato.
Y eso me dolió más que cualquier mentira de Diana.
Porque me di cuenta de que ya no quería estar solo.
Y eso, jodidamente, me asusta.
Quiero alejarla. No porque no me importe, sino porque me importa demasiado.
Y todos los que me han importado antes terminaron por romper algo en mí.
Pero ella…
Ella llegó cuando ya estaba roto.
Y en lugar de intentar arreglarme, simplemente se sentó a mi lado.
Miré de reojo.
Sus manos estaban sobre su regazo. Cerradas. Como si tuviera que contener algo. Pero su rostro… tranquilo. Determinado. No parecía la chica que lloraba sola en el baño ni la que temblaba en clases. Esta era otra Hina. O tal vez era la misma, solo que ahora decidía no esconderse más.
Sentí un impulso, una voz interna que me gritaba que hiciera algo, que dijera algo. Pero no. Me quedé callado. Porque por primera vez en mucho tiempo, el silencio no era incómodo. Era necesario.
- Gracias. Murmuré, sin pensar.
Ella giró el rostro hacia mí.
- ¿Por qué?
Me encogí de hombros.
- Por estar aquí. Por no hacer preguntas. Por no huir.
Su respuesta fue una media sonrisa. Una de esas que no se dibujan con los labios, sino con los ojos.
Y esa sonrisa me desarmó más que cualquier golpe que haya recibido en mi vida.
Nos quedamos así, por quién sabe cuánto tiempo.
Hasta que el cielo comenzó a oscurecer.
Me puse de pie.
- Deberíamos irnos.
Ella también se levantó. Se sacudió la falda y suspiró.
- Sí.
Empezamos a caminar juntos, en silencio. Sus pasos eran suaves, casi sincronizados con los míos. En algún momento, nuestras manos rozaron. No me aparté. Ella tampoco.
Y aunque no dijimos una sola palabra más, algo cambió.
Algo invisible, pero poderoso.
Algo que no sabría poner en palabras, pero que me hacía querer mirar atrás y asegurarme de que seguiría ahí mañana.
Mientras caminábamos hacia la salida del jardín, pensé en lo fácil que era perderse en su silencio. No necesitaba hablar para que todo en mí se agitara. Me sorprendía cómo alguien tan aparentemente frágil podía provocar tanto ruido en mi interior.
Nos separamos en la puerta del instituto. Ninguno de los dos dijo "adiós", ni "nos vemos mañana". Solo una mirada, una pausa prolongada. Como si los dos entendiéramos que las palabras iban a estropear ese momento.
La vi alejarse calle abajo. El viento jugaba con su cabello, y por alguna razón no podía dejar de mirarla. No era como las demás. Ella… no intentaba cambiarme. No me exigía explicaciones. Y aún así, me entendía.
Jodidamente más de lo que yo me entendía a mí mismo.
Caminé hasta casa arrastrando los pensamientos. A cada paso, una imagen de ella, una palabra, una sensación. Nunca me había pasado esto antes. Me daba rabia no poder detenerlo, pero también miedo lo que significaba sentir tanto por alguien tan rápido.
Cuando llegué, lancé mi mochila al suelo y me dejé caer sobre la cama. Me quedé mirando el techo, el móvil en la mano. Dudé.
No suelo escribirle a nadie. No me interesa. No me importa. Pero esta vez… esta vez algo me empujó.
Abrí el chat.
‘’¿Llegaste bien a casa, cristalito?’’
Pasaron cinco minutos. Nada.
Casi bloqueo la pantalla, molesto conmigo mismo por ser tan idiota, cuando apareció la notificación.
‘’Sí. Y tú, gruñón?’’
Sonreí. Como un imbécil.
No sabía que un solo mensaje podía calmar tanto.
Y sin pensarlo más, seguí escribiendo.
‘’Igual. ¿En tu barrio también hay demasiados imbéciles ?’’
‘’Solo uno que me escribió cristalito. ¿Te suena?’’
Rodé los ojos y solté una risa silenciosa.
La conversación fue corta. Sarcástica. Cómoda.
Pero cuando dejó de responder, me quedé viendo la pantalla un rato. Y entonces me di cuenta.
Esperaba más.
Quería más.
No por costumbre.
Por necesidad.