Hacía mucho tiempo que no tenía contacto contigo. Aún me preguntaba qué habría pasado si no me hubiera ido. Todavía recordaba las primeras palabras que intercambiamos.
Estabas conversando con tus amigos, vestido con la camisa blanca de la escuela, un poco arrugada y sucia por las bromas que les hacías a los chicos nuevos. Siempre ponías una expresión cruel, aunque ambos sabíamos que estabas lejos de ser tan despiadado como aparentabas. Sin embargo, te dejabas influenciar por tus amigos, especialmente por él, aquel idiota.
Cuando tropecé sin querer frente a ti, víctima de mi habitual torpeza, descubriste que tenías un nuevo juguete. Fue como cuando un niño encuentra por primera vez un regalo envuelto bajo el árbol de Navidad.
Pero ¿sabes qué? No cambiaría nada de aquel día. A veces, uno atesora en el corazón los recuerdos más tóxicos e innecesarios, solo para acompañar las copas de vino en las noches de soledad.
Más de una vez me advirtieron sobre ti, pero mi terquedad y mi ego pudieron más que la razón durante demasiado tiempo. No quise mirar más allá de tus oscuros encantos.
Y ahora mírame: aquí estoy, esperando el día en que podamos volver a encontrarnos, aunque sea a través de un sueño.
Mientras camino hacia el abismo de mi propia mente, fuera de mí, espero una señal tuya. Un mensaje, una palabra, cualquier cosa que me diga si aún sigues conmigo. No suelo escribir con frecuencia, pero mi deseo de saber dónde estás puede más que cualquier otra cosa.
Vamos, sé que estás por aquí. Puedo sentirte.
Estás enojado conmigo. No debí alejarme sin decir nada, lo sé. Pero aquí me tienes, de nuevo, esperándote. Sé cuánto te gusta que te elogien y que hablen de ti. Me ganas en ego, y eso puedo admitirlo.
Unas ramas habían caído frente a mi ventana. El viento había estado soplando con fuerza últimamente. Llámame loca, pero podía sentir tu perfume cerca de mí, como si una nube de fragancia hubiera inundado por completo mi habitación.
Me giré de repente.
A pocos centímetros de mí estaba Bryan. Sus ojos me observaban de manera penetrante, como si pudieran desnudar mi alma y descubrir hasta el último de mis secretos.
—Me has suplicado que volviera. Aquí estoy. ¿Qué quieres? —preguntó con arrogancia, como si esperara escuchar otra súplica.
—Sé que todavía estás molesto conmigo. Hagamos las paces —respondí, con la voz nerviosa y la respiración entrecortada.
Su aparición me había tomado por sorpresa.
El chico de cabellos dorados y ojos esmeralda se acomodó las mangas de la camisa. Después, se volvió hacia la cama, se sentó y examinó cada rincón de la habitación, como si buscara algo que le perteneciera.
—Vas a tener que darme muchas explicaciones antes de que considere pasar por alto tu error —dijo, con una expresión incrédula, como si ninguna palabra que saliera de mi boca pudiera convencerlo.
Me acomodé el espeso cabello castaño, intentando aparentar un arrepentimiento que ni siquiera yo sabía si sentía.
—Me estabas consumiendo… —murmuré.
Me detuve en seco.
Bryan me miró desconcertado y luego sonrió con picardía.
—¿Ah, sí? ¿Tuve tanto poder sobre ti? No me hagas reír. Dame una razón de verdad.
Solté un suspiro de frustración e hice un gesto de fastidio. Sin decir una palabra más, salí de la habitación hecha una furia y bajé las escaleras.
Tomé una copa de vino, busqué mi botella favorita y me serví. Bebí un sorbo, intentando recuperar la calma.
—Eso fue muy maduro —comentó Bryan desde lo alto de las escaleras.
Lo escuché bajar. Antes de que pudiera reaccionar, me arrebató la copa de las manos y bebió un sorbo mientras me miraba.
Indignada, tomé otra copa y la llené hasta el borde. Bebí un trago largo sin apartar los ojos de él.
Entre nosotros todavía existía aquella conexión que había surgido desde el principio: una energía envolvente, cargada de chispas, desconcierto, deseo y rencor. Era una mezcla peligrosa, pero ninguno de los dos parecía dispuesto a ignorarla.
El silencio invadió la habitación.
Bryan fue el primero en moverse. Se acercó lentamente, me quitó la copa que aún sostenía y la dejó a un lado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, me acarició la mejilla con una mano y me atrajo hacia él, sujetándome por la cintura con la otra.
Por un instante, olvidé todas las razones por las que me había marchado.
Entonces, sonó el timbre.
Solté un suspiro de alivio y me aparté de Bryan. Me dirigí a la puerta principal y, al abrirla, los ojos se me abrieron de par en par.
Era Logan.
—Cariño, te he llamado toda la tarde. Estaba preocupado, así que decidí pasar por ti —dijo, esperando una respuesta mientras me observaba con una mezcla de alivio y ansiedad.
—Amor… Estaba ocupada haciendo algunas cosas de la casa. Ya sabes lo dispersa que puedo llegar a ser —respondí, nerviosa, mirando de reojo hacia el interior de la casa con la esperanza de que Bryan no estuviera cerca.
Logan me besó la frente y entró en la sala. Dejó las llaves del coche sobre el diván y se quitó la chaqueta, dispuesto a ponerse cómodo.
Lo detuve antes de que pudiera acomodarse.
—¿Por qué no salimos al jardín? El clima está perfecto para pasar un rato juntos y mirar las estrellas —le propuse, intentando sonar natural.
Sin sospechar nada, aceptó. Se dirigió al jardín, ilusionado ante la posibilidad de disfrutar de una velada conmigo.
Esperé unos segundos antes de regresar a la cocina en busca de mi pequeño secreto.
Pero Bryan ya no estaba.
En su lugar, había dejado una nota junto a las copas.
La tomé entre mis dedos y reconocí de inmediato su letra.
Era una cita. Un encuentro que, por alguna razón, sabía que no podría rechazar.
En el papel había escrito:
Nos vemos en el muelle a medianoche. Tenemos una conversación pendiente.