Mati y el niño de la niebla.

Capítulo 3

Narrador omnisciente.

El sol entraba con timidez por la ventana, como si incluso la luz dudara en tocar aquel lugar nuevo. Mati ya estaba despierto, sentado en la cama, en silencio; no había explosiones, no había gritos, no había humo, pero tampoco... había paz y eso era algo que le estaba afectando muchísimo en silencio.

Sus manos sujetaban con fuerza la sábana, su mirada perdida en el suelo, un nuevo lugar, un nuevo comienzo y una promesa que aún pesaba en su pecho, porque no sabía si iba a ser capaz de poder cumplirla.

Mati: —Kein Deutsch mehr... (No más alemán...) —Cerró los ojos con fuerza, negando suavemente. —No... —susurró—. Solo español. —Se levantó, lento, como si cada movimiento tuviera que pensarse dos veces.

En la cocina, Isabel preparaba el desayuno; el aroma a pan tostado llenaba el aire, un intento de normalidad.

Isabel: —Buenos días, cariño —dijo, girándose con una sonrisa suave. Mati dudó apenas un segundo.

Mati: —Buenos días... mamá... —La palabra salió correcta, clara, sin error, porque para Mati no era nada sencillo; aunque sabía español, su idioma natal es el alemán. Isabel lo notó y en sus ojos apareció un destello tenue, de alivio.

Tomás ya estaba sentado a la mesa, serio, pero más tranquilo que la noche anterior.

Tomás: —Hoy será un día transcendental —dijo. Mati lo miró. —Tienes que empezar a ir al colegio —añadió. El niño bajó la mirada, sus dedos se tensaron levemente.

Mati: —Sí.

Tomás: —Recuerda —continuó, con firmeza—. Aquí somos nuevos, somos una familia más; espero eso lo tengas claro, hijo. —Mati asintió. —Así como espero que tengas claro que nada de... —Se detuvo; no necesitaba decirlo.

Mati: —Lo sé —respondió el niño en voz baja. —No hablar alemán... —Tomás sostuvo su mirada unos segundos. Luego asintió.

Tomás: —Bien.

El desayuno transcurrió en calma, demasiada. Cada palabra que Matías decía... la pensaba antes, cada sonido... lo medía, como si equivocarse... fuera peligroso, como si una sola palabra... pudiera romperlo todo.

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Horas después... el colegio de Albor se alzaba sencillo, de muros claros, con un patio amplio donde los niños corrían y reían, risas. Mati se quedó quieto al escucharlas; no recordaba la última vez que había oído algo así.

Isabel: —Vamos —dijo Isabel con suavidad. —Entraron. La directora los recibió con una sonrisa amable.

Directora Moreira: —Bienvenidos. Deben ser la familia nueva. —Tomás asintió.

Tomás: —Así es.

Directora Moreira: —¿De dónde vienen? —Un segundo, solo uno, pero para Matías... fue eterno. Tomás respondió con naturalidad.

Tomás: —Hemos estado moviéndonos bastante... buscando tranquilidad. —No era mentira, pero tampoco era la verdad. La directora no insistió.

Directora Moreira: —Y tú debes ser Matías. —El niño asintió. —Bienvenido, cariño. Aquí harás muchos amigos. —Mati no respondió, pero asintió otra vez. Amigos, no sabía si podía, no sabía cómo, pero lo intentaría.

El aula era luminosa, llena de voces, de movimiento, de vida. La profesora lo presentó:

Profesora: —Chicos, tenemos un nuevo compañero. Se llama Matías, pero le gusta que le digan Mati. —Todos lo miraron. Mati sintió el peso de esas miradas. —Puedes sentarte ahí —indicó la profesora.

Caminó despacio, controlando su respiración, se sentó y entonces.

¿?: —Hola. —Mati giró la cabeza; un niño de sonrisa fácil lo miraba, ojos brillantes, amables.

Omarcito: —Soy Omar —dijo—, pero me dicen Omarcito. —Mati dudó apenas un instante.

Mati: —Yo soy Mati.

Omarcito: —Mucho gusto, Mati. —Antes de que pudiera decir algo más, se escucha la voz de una niña.

Lucía: —Y yo soy Lucía. —Una niña se inclinó desde el otro lado, sonriente, curiosa. —¿Eres nuevo de verdad, ¿verdad? —Mati parpadeó.

Mati: —Sí.

Omarcito: —No te preocupes —dijo—. Aquí es tranquilo. —Lucía asintió.

Lucía: —Sí, aunque... —Bajó la voz— No todo. —Mati frunció ligeramente el ceño.

Mati: —¿Por qué? —Lucía intercambió una mirada con Omarcito.

Lucía: —Después te contamos —susurró. Mati sintió algo, pequeño, leve, curiosidad, algo que no sentía desde hacía tiempo.

Pero no todos compartían esa bienvenida. Desde el fondo del aula... unos ojos observaban, fijos; era otro niño llamado Luisito, con los brazos cruzados, la mirada dura.

Luisito: —Nuevo... —Murmuró para sí. No sonreía, no confiaba y algo en su interior le decía que tenía razón.

Mati volvió la vista al frente, sin notar esa mirada, sin saber... que ya había alguien... que cuestionaba su presencia y que muy pronto... no lo dejaría en paz.

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El recreo llegó como un estallido de vida, risas, carreras, voces que llenaban cada rincón del patio. Mati salió con pasos lentos, observando, midiendo; todo era nuevo, demasiado nuevo.

Omarcito: —¡Mati! —Giró la cabeza. Omarcito corría hacia él, agitando la mano. Lucía venía detrás, más tranquila. —Ven, vente con nosotros —dijo—. No te quedes solo. —Mati dudó apenas un instante, pero luego... asintió.

Se sentaron bajo la sombra de un árbol, un lugar apartado del bullicio.

Lucía: —¿Y... de dónde vienes? —preguntó, curiosa, pero sin mala intención. El aire cambió. Mati bajó la mirada; sus dedos se tensaron sobre sus rodillas.

Mati: —D-De... lejos... —Omarcito inclinó la cabeza.



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En el texto hay: vampiros, elián, mati

Editado: 01.11.2026

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