Mati y el niño de la niebla.

Capítulo 4

Narra Mati.

El bosque no era como lo imaginaba, era peor; la niebla no solo cubría el camino... lo devoraba. Yo avancé despacio, con el corazón golpeándome el pecho; cada paso que daba... hacía crujir las hojas secas bajo mis pies, un sonido demasiado fuerte, demasiado evidente.

Mati: —Hola... —Susurré, casi sin voz. —Nadie respondió. El silencio era denso, pesado, pero no vacío; había algo, lo sentía, ese mismo tirón, esa misma sensación que me había traído hasta ahí.

Di otro paso y entonces... una ráfaga de viento cruzó entre los árboles, la niebla se movió y por un segundo... lo vi, una silueta, pequeña, inmóvil, entre los árboles. Yo me quedé congelado.

Mati: —¿Hola...? —Mi voz tembló, la figura no respondió, pero no desapareció. Yo tragué saliva. —No quiero hacer daño. —Di un paso más, la niebla volvió a moverse y esta vez... la figura también.

Retrocedí, como si dudara, como si no supiera si acercarme... o huir, y en ese mismo instante... ese niño me observaba, desde la sombra, su mirada fija, intensa.

Narra Elián.

Elián: —Es él... —Susurré. El humano, más pequeño de lo que imaginaba, más... frágil, pero había algo más, algo distinto, algo que no podía explicar.

Sentí el impulso, ese mismo que me había hecho desobedecer, pero también... el miedo.

Elián: —No debería estar aquí. —Sabía lo que pasaría si los demás lo encontraban, sabía lo que tendría que hacer y no quería, no esta vez. Vi cómo avanzó un poco más.

Mati: —¿Eres tú...? —Silencio, pero ya no era el mismo silencio, ahora estaba cargado de presencia, de dos mundos... que no deberían tocarse; yo lo sabía y aun así no era capaz de detenerme.

Narra Mati.

Yo di un paso, lento, casi imperceptible. La niebla se apartó lo justo y entonces... nuestros ojos se encontraron. Yo vi cómo el niño contuvo la respiración y, al verlo de cerca... me di cuenta de que no era como los demás.

Su piel... demasiado pálida, sus ojos... profundos, antiguos y su mirada... triste.

Mati: —Hola... —Dije, esta vez más claro. No respondió, pero no se fue; eso ya era una respuesta. Yo di un paso más. —Me llamo Mati... —Vi cómo me observaba, me analizaba y entonces finalmente habló.

Elián: —No deberías estar aquí —dijo finalmente. Su voz era suave, pero distinta, como si no perteneciera del todo a ese mundo; yo fruncí el ceño.

Mati: —Lo sé... pero... sentí que tenía que venir. —Me di cuenta de cómo bajó la mirada un instante; pareciera como si él también lo había sentido, ese llamado que yo también sentí.

Elián: —Tienes que irte —insistió—. Es peligroso. —Yo negué levemente.

Mati: —¿Por ti? —No respondió, pero su expresión cambió apenas, como si me estuviera a punto de decir algo muy serio.

Elián: —No... —dijo—. Por otros. —El viento volvió a soplar, más frío, más denso.

Me di cuenta de que tensó el cuerpo, como si algo no estuviera bien; vi que cerró los ojos un segundo y se veía como asustado, como si pudiera sentir algo, algo que ni yo mismo puedo imaginar de qué se trata.

Elián: —Vete —dijo, esta vez con urgencia—. Ahora. —Yo retrocedí un poco, confundido.

Mati: —¿Qué pasa? —Vi cómo dio otro paso más cerca de mí.

Elián: —Si te encuentran aquí... —Se detuvo, o terminó la frase, pero no hacía falta; yo entendí que se trataba de algo serio, o eso creía.

Mati: —¿Y tú? —pregunté. Él me miró, y por primera vez de manera directa.

Elián: —Yo... ya estoy perdido aquí. —Esas palabras... se quedaron en el aire. Pesadas, reales, y no supe qué decir al respecto, y una parte de mí se negaba a dejarlo así sin más y entonces dije algo que ni siquiera lo pensé.

Narrador omnisciente.

Mati: —No... —Elián parpadeó —No estás solo. —Silencio, el tiempo pareció detenerse.

Elián sintió algo extraño en el pecho, algo que no conocía, algo que no debía sentir, pero que ya estaba ahí: más presencias, más cerca ahora. Elián reaccionó.

Elián: —¡Vete! —Y sin pensarlo, tomó la mano de Matías, un segundo, solo un, pero suficiente. El contacto fue... diferente, como si algo invisible... se conectará entre ellos. Elián lo soltó de inmediato. —Corre. —Mati lo miró, confundido, pero obedeció.

Corrió, sin mirar atrás, hasta salir del bosque, hasta recuperar el aire, hasta que el silencio volvió a ser normal. Elián se quedó ahí, solo, mirando el lugar por donde se había ido y, por primera vez en mucho tiempo... no se sentía vacío.

La noche no fue tranquila para ninguno de los dos. Mati no dejó de dar vueltas en la cama; cada vez que cerraba los ojos... lo veía, ese niño, entre la niebla, sus ojos, su voz.

"No deberías estar aquí..."



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En el texto hay: vampiros, elián, mati

Editado: 01.11.2026

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