
Narrador omnisciente.
El silencio lo envolvía todo; no era un silencio común, era denso, pesado... casi imposible de respirar; parecía colarse en los pulmones, bloquear el aire, aplastar cualquier intento de reacción.
Elián apenas alcanzó a darse cuenta de lo que ocurría, cuando de pronto, una mano lo sujetó con violencia por la camisa. El tirón fue seco, brutal. Vladra lo levantó del suelo como si no pesara nada; sus pies quedaron suspendidos en el aire.
Vladra: —No juegues conmigo. —La voz no era fuerte, pero sí era peligrosa; cada palabra llevaba una amenaza implícita, contenida... lista para estallar. Elián llevó sus manos a la de él, intentando aferrarse, buscando desesperadamente una forma de respirar.
Elián: —Yo... no. —El aire no le llegaba, sentía el pecho arder.
Vladra: —Si lo que dices... es mentira. —Los ojos de Vladra brillaron en la oscuridad; no era luz, era algo más antiguo, más frío. —Ese niño humano no será el único en caer. —Elián abrió más los ojos; el mensaje era claro. —Tú también. —El agarre se tensó aún más; un segundo más así... y habría sido suficiente, pero entonces, Vladra lo soltó, sin aviso.
Elián cayó al suelo con fuerza; el impacto le arrancó el poco aire que le quedaba, rodó apenas, tosiendo, tratando de llenar sus pulmones otra vez.
Vladra: —Recuerda tu lugar —añadió, ya sin mirarlo. Rae observaba en silencio, inmóvil, como una sombra. Geth apenas desvió la mirada y, sin decir más... se marcharon, dejándolo atrás, solo, en la oscuridad.
Elián permaneció en el suelo unos segundos más, respirando con dificultad, recuperándose poco a poco. Su cuerpo temblaba levemente, pero no era por el golpe, era algo más profundo, más peligroso.
Elián: —Tengo que tener cuidado. —Susurró. Llevó una mano a su pecho. —Pero a él... —Sus dedos se apretaron. —A él no le va a pasar nada. —Su mirada cambió y se endureció. Por primera vez... no estaba pensando en obedecer, estaba pensando en proteger.
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A la mañana siguiente, el pueblo de Albor despertó como cualquier otro día. El sol iluminaba las calles, la rutina volvía a tomar forma... todo parecía normal, pero dentro de algunas mentes... la guerra seguía viva.
Tomás trabajaba en silencio, sus manos firmes, precisas, pero su mirada... se perdía por momentos. Un sonido metálico y de pronto, el pasado, gritos, disparos, cuerpos cayendo, el caos. Tomás apretó la herramienta con fuerza.
Tomás: —No... —Cerró los ojos, respiró hondo. —No ahora. —Tenía que seguir, por Mati, siempre por él.
Isabel, en otro lugar de la casa... ordenaba, limpiaba, se movía de un lado a otro, pero su mente no estaba ahí; voces sonaban en su cabeza, el miedo, el descontrol. Sus manos temblaron apenas, pero no se detuvo.
Isabel: —Todo está bien... —Se repitió en voz baja. —Todo está bien ahora. —Aunque en el fondo... sabía que no era completamente cierto.
En su habitación, Matías estaba en silencio, sentado frente a su escritorio, un lápiz en la mano, un papel frente a él; dibujaba trazos suaves, pero seguros, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Poco a poco... una figura comenzó a aparecer: Elián, sus ojos, su expresión, la niebla envolviéndolo.
Mati se detuvo, observó el dibujo con atención.
Mati: —El niño de la niebla... —Susurró y entonces llegaron las preguntas. —¿Por qué solo te veo de noche...? —Inclinó la cabeza, curioso. —¿Nunca sales del bosque? —¿Y si lo hicieras...? —Sus ojos brillaron. —¿Qué pasaría... de día? —Se quedó pensando, más serio ahora. —Tal vez... —Una leve sonrisa apareció en su rostro. —Pueda ayudarte. —Porque en su mente... todo era simple, ayudar, sin comprender aún... todo lo que eso implicaba.
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En otro extremo del pueblo... Doña Lidia caminaba con paso firme, decidido, directo hacia la iglesia; empujó la puerta, el sonido resonó en el interior. El padre Gabriel levantó la mirada.
Padre Gabriel: —Lidia... —Ella no perdió tiempo.
Doña Lidia: —Tenemos que hablar. —Su tono era urgente, grave. El sacerdote se acercó.
Padre Gabriel: —¿Qué ocurre? —Doña Lidia lo miró fijamente.
Doña Lidia: —El niño nuevo... Mati —El nombre quedó suspendido en el aire. —Se ha acercado al bosque. —El rostro del sacerdote se tensó.
Padre Gabriel: —Entonces ya es tarde.
Doña Lidia: —No —interrumpió—, escúchame. —Se acercó más. —Ha visto a uno de ellos. —El padre Gabriel palideció.
Padre Gabriel: —¿Qué...?
Doña Lidia: —Y no le tiene miedo. —El silencio fue absoluto. —Al contrario... —Sus ojos se humedecieron. —Confía en él. —El sacerdote negó lentamente.
Padre Gabriel: —Eso no puede ser.