
ACTO II – Secretos bajo la piel (Cap 7 -12)
Narrador omnisciente.
La niebla se deslizaba entre los árboles, silenciosa, observando. Y en medio de ella, dos figuras corrían.
Mati: —¡No me atrapas!
Elián: —Eso crees. —Elián lo alcanzó y ambos cayeron al suelo entre risas; por un momento, todo era normal, demasiado normal. Mati lo miró fijamente.
Mati: —Oye... —Elián se incorporó un poco.
Elián: —¿Sí? —Hubo un breve silencio antes de que Mati volviera a hablar.
Mati: —¿De dónde eres? —La pregunta tomó a Elián por sorpresa. Parpadeó y dudó unos segundos.
Elián: —Yo... de lejos. —Mati inclinó la cabeza.
Mati: ¿De muy lejos? —Elián forzó una leve sonrisa.
Elián: —Sí... algo así.
Mati: —¿Y tus papás? —La pausa esta vez fue más larga.
Elián: —No están. —Mati bajó la mirada.
Mati: —Ah... —Pero no insistió. Elián lo observó, sintiendo el peso de la verdad ahí, esperando.
Elián: —Mati. —El niño levantó la vista.
Mati: —¿Sí? —Elián abrió la boca. Quiso decirlo.
Elián: —Yo... —Pero no pudo; las palabras murieron antes de nacer. —Nada. —Mati sonrió con suavidad.
Mati: —Está bien. —Luego se levantó de golpe. —¡Vamos! ¡Ahora te toca correr! —Elián lo miró y asintió, porque era más fácil seguir jugando que arruinarlo todo.
Pero no estaban solos. Desde las sombras, Geth observaba inmóvil; sus ojos analizaban cada gesto, cada palabra.
Geth: —Así que esto es lo que haces. —Elián reía, corría, como si fuera uno de ellos, pero algo no encajaba. —Demasiado real. —Entrecerró los ojos. —Si fuera solo manipulación... no se vería así. —Negó levemente con la cabeza. —Pero tampoco es normal. —Y decidió seguir observando, porque la verdad siempre deja rastros.
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El fin de semana llegó y con él la calma engañosa. Mati estaba en su habitación dibujando, aunque su mente estaba en otro lugar: en el bosque, en él.
Mati: —Elián... —Susurró el nombre apenas, justo cuando la puerta se abrió de golpe.
Julia: —Mati. —Su tía Julia entró seria, sosteniendo algo en la mano, el dibujo. Mati se tensó de inmediato. —¿Qué es esto?
Mati: Nada... solo un dibujo. —Julia avanzó un poco más.
Julia: —¿De verdad? —Le mostró la hoja. —Porque esto no parece "nada". —Mati tragó saliva.
Mati: —Lo inventé.
Julia: —¿Inventaste a ese niño?
Mati: —Sí. —Julia lo observó fijamente.
Julia: —Mati... —¿Has entrado al bosque? —El aire se volvió pesado.
Matías: —No. —Respondió demasiado rápido. —Nunca. —Julia sostuvo su mirada, buscando algo en ella.
Julia: —¿Estás seguro?
Mati: —Sí. —El silencio fue largo e incómodo. Finalmente, Julia suspiró.
—Julia: —Está bien. —Bajó el dibujo lentamente. —No le diré nada a tus padres. —Mati levantó la vista, sorprendido. —Pero ten cuidado, ese bosque no es un juego. —Su tono se volvió más suave antes de girarse y salir de la habitación, dejándolo solo. Mati soltó el aire.
Mati: Uf... —Pero su expresión cambió, más seria, más decidida. —No dejaré que le pase nada... —Porque, aunque no entendiera todo, sabía algo con certeza: Elián no estaba solo.
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La iglesia estaba llena. Las velas permanecían encendidas y las voces sonaban en calma. Mati estaba entre sus padres, Tomás e Isabel. Todo parecía normal... hasta que terminó la misa.
Padre Gabriel: —Disculpen... —El sacerdote se acercó a ellos. —¿Podría hablar con su hijo? —Tomás e Isabel se miraron confundidos.
Tomás: —¿Sobre qué? —El padre Gabriel sonrió levemente.
Padre Gabriel: —Solo quiero darle unos consejos. —Miró a Mati —Para protegerlo. —Isabel frunció el ceño.
Isabel: —¿Protegerlo de qué? —El sacerdote bajó la voz.
Padre Gabriel: —Del bosque. —El silencio se volvió tenso. Mati sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. "No son buenas noticias...", pensó.
Tomás dudó un momento, miró a su esposa, luego a su hijo y finalmente asintió.
Tomás: —Está bien.
Isabel: —Pero no tardes mucho.
Padre Gabriel: —Gracias. —Mati dio un paso al frente, su corazón latía cada vez más rápido y, mientras se alejaba junto al sacerdote, solo podía pensar en una cosa. "¿Qué sabe...?"
Porque si alguien más descubría la verdad, todo podría romperse. El eco de los pasos resonaba suavemente mientras Mati permanecía frente al padre Gabriel, inquieto.
Mati: —¿Qué ocurre...? —Su voz salió baja; entonces, una figura apareció desde un costado.
Doña Lidia: —No estamos solos. —Mati se tensó de inmediato; algo no estaba bien. El padre Gabriel lo miró con seriedad.
Padre Gabriel: —Mati... sabemos que entras al bosque por las noches. —El silencio cayó pesado entre ellos. El corazón de Mati se aceleró.
Mati: —No... yo... no es verdad. —Doña Lidia dio un paso al frente.
Doña Lidia: —No ganas nada mintiendo, niño. Te he visto. —Un frío recorrió el cuerpo de Mati. —He visto cómo entras... y cómo vuelves. —El padre Gabriel intervino.
Padre Gabriel: —Lo que no entendemos es cómo logras salir ileso. —Se inclinó un poco hacia él. —Ese lugar es peligroso, por eso nadie entra, está prohibido. —Mati apretó las manos y esta vez habló sin retroceder.
Mati: —¿Por qué? —Ambos lo miraron atentos. —No lo entiendo... Elián no es malo. —El silencio regresó. —Nunca me haría daño. —Doña Lidia entrecerró los ojos; el padre no dijo nada. —Jugamos juntos... y yo sé... —Dudó un instante. —Qué quiere decirme algo, pero no se atreve. —El silencio que siguió fue diferente, más profundo. El padre Gabriel y doña Lidia se miraron. No había duda.