
Narrador omnisciente.
La noche seguía viva, pero ya no en el bosque, no en el claro, sino en el rastro que había quedado atrás... uno que, para algunos, simplemente había desaparecido.
Geth se detuvo en seco; sus ojos recorrieron el lugar donde hacía apenas unos minutos había tenido al niño, el humano Mati, pero ahora... nada, ni olor, ni energía, ni rastro. El silencio lo rodeaba.
Geth: —Imposible... —murmuró, frunciendo el ceño. Se agachó, tocando el suelo con la mano; la sintió, la niebla, pero no como algo presente... sino como una barrera, una huella distorsionada. —Elián. —Su voz se volvió más grave. —Así que este es tu verdadero poder... —Se incorporó lentamente, mirando hacia la oscuridad. —No solo ocultarte... sino borrar tu existencia. —Un leve gruñido escapó de sus labios. —Interesante. —Pero también... peligroso.
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Muy lejos de ahí... entre caminos olvidados y campos abiertos... una vieja estructura de madera resistía el paso del tiempo. Un granero abandonado, las tablas crujían con el viento, la puerta colgaba ligeramente abierta y dentro... dos siluetas emergieron de la niebla. Mati cayó de rodillas, respirando agitado.
Mati: —E-eso fue.
Elián: —Estamos a salvo... por ahora. —Pero su voz... no sonaba bien.
Mati levantó la mirada y lo vio, pálido, más de lo normal. Sus manos temblaban levemente... y su respiración era irregular.
Mati: —Elián. —El niño vampiro dio un paso... pero tuvo que apoyarse en una pared de madera. La niebla a su alrededor... había desaparecido casi por completo.
Elián: —Estoy bien. —Mentía. Mati se acercó rápidamente.
Mati: —No, no lo estás. —Lo observó con atención y entonces... entendió. —Usaste demasiado poder. —Silencio. Elián no respondió, pero no hacía falta. —¿Cuánto tiempo llevas sin...? —preguntó Mati en voz baja, sin atreverse a terminar la frase.
Elián no respondió, se limitó a apretar los labios y desviar la mirada; temblaba, no de frío, sino de algo más antiguo, más visceral.
Mati: —No puedes volver al bosque, para poder alimentarte, ¿cierto?
Elián: —No por ahora —murmuró, apenas audible—. Me están buscando y, si me atrapan... te usarán contra mí.
Mati se acercó lentamente, con pasos suaves sobre el suelo de tierra, se agachó frente a él, vio cómo sus mejillas estaban más pálidas que nunca, casi grises. Sus colmillos apenas sobresalían, como una amenaza contenida por la voluntad.
Mati: —Tienes sed, Elián. —El niño no contestó. Solo asintió una vez, débilmente. —Entonces... aliméntate de mí. —Los ojos de Elián se abrieron de golpe, encendidos por una mezcla de horror y desesperación.
Elián: —¡No! —susurró, con voz rasposa—. No sabes lo que dices.
Mati: —Sí lo sé y no me importa.
Elián: —Podría hacerte daño, no soy como los demás, pero... sigo teniendo instintos. —Mati se sentó junto a él, sin soltar su mirada. Su corazón latía rápido, pero no de miedo. De certeza.
Mati: —Confío en ti, Elián. Me acabas de salvar hace poco; déjame hacerlo yo ahora por ti. —Elián tragó saliva, como si esa palabra "confiar" le doliera más que el hambre. Desvió la mirada y, por un instante, pareció más niño que nunca.
Elián: —Nunca... nunca bebí de alguien que me importa —dijo con voz temblorosa—. No sé si podré parar. —Mati alargó su brazo con suavidad, doblando la manga de su chaqueta hasta dejar al descubierto la piel pálida del antebrazo. Su pulso era fuerte, vivo, lleno de una calidez que contrastaba con el frío que rodeaba a Elián.
Mati: —Entonces empieza... y si en algún momento siento que no puedes detenerte, yo te diré. Te tocaré la mejilla. —¿Está bien? —Elián lo miró como si viera el amanecer por primera vez; un estremecimiento le recorrió el cuerpo. Luego, muy lentamente, tomó la mano de Mati entre las suyas. La sostuvo con tanta delicadeza que parecía temer romperla.
Elián: —Solo un poco... —dijo, casi en llanto.
Inclinó el rostro, temblando, y con una reverencia dolorosa, apoyó los labios en la piel del brazo. Mati cerró los ojos, sintió el pinchazo leve, más un roce que una herida, y luego una sensación extraña: como si parte de él fluyera hacia algo más grande; no dolía, no asustaba.
Elián bebía con cuidado, como quien toma un sorbo de agua después de años de sed. Sus colmillos apenas se hundían, su respiración se hizo más firme, sus manos, antes heladas, recobraban temperatura. Fue solo un instante, un momento en que todo el granero pareció suspenderse en un suspiro y entonces, Elián se apartó de golpe, como si lo hubieran despertado de un sueño.
Elián: —Basta... basta, ya —jadeó—. No quiero más, no puedo tomar más.
Mati abrió los ojos; había un pequeño hilo de sangre, casi invisible, corriendo por su piel. Elián lo limpió con la manga de su túnica y luego bajó la cabeza, avergonzado.
Elián: —Lo siento... —susurró—. No soy digno de esto. —Pero Mati le tomó la cara entre las manos, sin rencor, sin temor.
Mati: —Lo que corre por mis venas... es mío y hoy, quise darte una parte, porque te quiero, Elián, no por lo que eres... sino por cómo me miras, por cómo me hiciste sentir menos solo. —Elián lo abrazó, con fuerza, con desesperación y, por primera vez desde que se conocieron, su abrazo no fue frío, fue humano.
El abrazo duró lo que dura un recuerdo hermoso; el aire en el granero olía a polvo viejo y madera húmeda, pero en los brazos de Elián, Mati solo sentía algo tibio y seguro, como cuando su madre lo cubría en invierno.