Matrimonio por Accidente. La Verdad que nos Separa

Capítulo 6 – Soledad y miseria

Lucian

Respondo, con la rabia bulléndome en las venas haciendo que mi tono cambie en un instante, volviéndose frío, distante y cortante como una cuchilla de afeitar.

—Te lo advertí en su momento —continúa ella, y puedo imaginarme la sonrisa autosuficiente que dibuja mientras habla—. Te dije que no me iba a quedar de brazos cruzados viendo cómo me apartabas de tu vida para correr detrás de esa principiante.

Aprieto el puño libre con tanta fuerza que las uñas se me clavan en la palma de la mano. Siento una oleada de rabia oscura ascender por mi columna vertebral.

—Cometes un error si piensas que me asustas, Marcella —digo, manteniendo una voz baja, pausada y evidentemente peligrosa—. En cambio, tú deberías empezar a preocuparte. Tengo los recursos y los contactos necesarios para aplastarte profesionalmente antes de que termine la semana. Te metiste en un terreno que no te corresponde y hablaste más de la cuenta en el lugar equivocado.

Sabe que está pisando un terreno extremadamente movedizo, pero su soberbia le impide dar un paso atrás.

—Haz lo que quieras, pero no olvides que todavía tengo cartas que jugar —amenaza, intentando mantener la firmeza en su voz—. Recuerda que los negocios de mi padre dependen en gran medida de tus alianzas estratégicas. Si me destruyes a mí, te llevas por delante la reputación de su firma.

Dejo escapar una risa breve y seca, desprovista de cualquier rasgo de humor. Es el sonido de la pura incredulidad ante su torpeza.

—Entonces tu padre tendrá que agradecerle a tu falta de madurez la ruina de su patrimonio —sentencio sin dudar—. Acabas de condenar sus empresas, Marcella. Asegúrate de recordarlo cuando veas caer las acciones. Ten por seguro que me encargaré de ello personalmente.

Corto la llamada de inmediato. No le doy la oportunidad de replicar ni me presto a escuchar una sola de sus excusas.

Me quedo inmóvil en medio del salón, sosteniendo el teléfono con fuerza mientras siento los latidos de mi corazón retumbar en mis oídos. El enojo del momento comienza a disiparse, dejando al descubierto una desesperación mucho más profunda. Sin detenerme a calcular las consecuencias, busco en la agenda el contacto de Serena y me llevo el teléfono a la oreja.

El tono suena una, dos veces. Al tercer repique, la llamada se conecta.

—¿Siena? —dejo ir el nombre en un suspiro impaciente.

Al otro lado de la línea solo hay silencio.

Me quedo paralizado. La garganta se me cierra por completo y soy incapaz de articular la batería de explicaciones que había preparado mentalmente.

La atmósfera del ático parece volverse más pesada y oscura. No se debe al avance paulatino de la noche sobre la ciudad, sino a la culpa sofocante que se ha instalado en cada esquina de esta estructura de cristal y hormigón. Me dejo caer despacio hasta quedar sentado en el suelo, apoyando la espalda contra el ventanal del balcón, manteniendo el dispositivo pegado a la oreja.

Serena no me recrimina nada de inmediato. Solo escucho su respiración pausada al otro lado.

—¿Cómo está ella? —consigo preguntar finalmente, apartando el orgullo.

—Tiene fiebre alta —responde Serena, con una compostura madura que me resulta desgarradora—. Llegó a los cuarenta grados hace un par de horas.

Cierro los ojos, apretando la mandíbula con fuerza. El dato me golpea directamente en el estómago —Está muy débil —continúa la voz al teléfono—. No deja de temblar y ha pasado la noche llorando. Se niega a probar bocado y no quiere escuchar el nombre de nadie.

—¿La has llevado a un centro médico? ¿Necesitas que envíe a mi médico privado?

—Estoy cuidando de ella —responde con calma—. Le aplico compresas herbales para bajar la temperatura y trato de mantenerla tranquila. Le hablo de equilibrio, de permitir que el cuerpo exprese el colapso sin autodestruirse.

—¿Y qué dice ella cuando te escucha?

—Dice que necesita sentir este dolor. Que prefiere sufrir ahora para poder olvidarte más rápido.

Mis latidos aumentan y un dolor profundo se aloja en mi estomago como un fuego viejo amenazando con destruirme.

“Necesita el dolor para olvidarte más rápido…”

~ ✒️ Miliana Rubio ✒️ ~

«El control es la ilusión de los cobardes; cuando intentas sostener un amor con el puño cerrado, solo consigues asfixiarlo hasta ver cómo se te escapa entre los dedos.»

💋 M. R.




Reportar suscripción




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.